Mujer, cincuenta y muchos. Docente veterana de secundaria. Su discurso atropellado evidenciaba nerviosismo, angustia casi. La desesperación de la que ve venir el tsunami desde la orilla de las aulas, y no puede hacer nada por impedirlo. Ni siquiera por huir a tiempo. Ahí está, inerme, a lo que suceda. A lo que le suceda.

            La enseñante me describía las condiciones reales de la docencia en un IES tipo de la corona metropolitana de Sevilla. Y su sonrisa amarga evidenciaba lo ridículo de la normativa de prevención del covid19 en el contexto de dichas condiciones.

            «¿Cómo pretender que no se mueva nadie durante seis horas en un aula de treinta?; ¿Cómo puedes denegar el permiso para ir al cuarto de baño?; ¿Cómo organizar turnos en el cuarto de baño asegurándose después que estos queden adecuadamente desinfectados?; ¿Quién es capaz de imponer autoridad y normas a un grupo de adolescentes acerca de riesgos de los que no tienen conciencia?; ¿Quién les impone el uso de mascarillas si no les da la gana (sic) usarlas?; ¿Quién soporta luego el broncazo del padre o la madre del compañero del anterior por no ser capaz de imponer normas de seguridad?».

            Escribo de memoria solo algunas de las muchas preguntas que me lanzaba la mujer, describiendo la lejanía de las autoridades educativas de la realidad de la secundaria. Ponía en evidencia algo de lo que se viene hablando con amargura estos días: la seguridad de que la vuelta al cole será un excelente acelerador para la segunda ola del covid19 y de que ellos, los docentes mayores, quedan literalmente a los pies de los caballos para un contagio y, potencialmente, para el desarrollo de la enfermedad.

            A estas alturas, uno ya no tiene la intención de subrayar el tiempo que perdimos al principio de la pandemia ni otros (muchos) problemas de gestión. Ni siquiera de cuestionar los ritmos de la desescalada y cómo se ha perdido la oportunidad de actuar desde entonces para controlar mejor la segunda ola.

             La evidencia muestra que hay problemas específicos en nuestro país que lo hacen especialmente vulnerable a esta pandemia. Y muchos de ellos son de índole organizativa. Por ejemplo, la ausencia de un mando unificado — y cualificado — en cuestiones cruciales, la dispersión territorial, la falta de coordinación y la cuestionable capacidad técnica de las cúpulas políticas. Todo ello ha creado una combinación letal, y nunca mejor dicho.

            En este momento, un observador mínimamente atento habría advertido que el manejo de la pandemia no es territorial, ni tampoco sanitario. Es nacional, como poco, y de gestión global. Lo educativo va intrínsecamente unido a lo sanitario. Controlado el ocio y otros entornos, el contagio favorecido por las aulas será una de las cadenas de transmisión más relevantes que repercuta sobre otras generaciones y, potencialmente, ponga contra las cuerdas al sistema sanitario.

            Solo un adecuado conocimiento del día a día en las aulas — del día a día posible, con los recursos disponibles — podría llevar a una vuelta al cole «con plena normalidad». De lo contrario, estamos abocados al caldo de cultivo perfecto para un virus que ha despertado progresivamente desde el fin del confinamiento — véanse los datos —.

            Al igual que fue el sanitario un colectivo especialmente malparado en la primera ola del covid19, todo conduce a pensar que ahora será el turno del profesorado. Sobre todo, de secundaria. Sin EPIs que valgan, por cierto. Los docentes de más de cincuenta tiemblan. Con toda la razón del mundo: se juegan literalmente el pellejo. Y, como a los sanitarios, se les dará por respuesta: «va en el sueldo». Puro cinismo

            La pregunta es si se podía haber hecho de otro modo.

Firmado:

Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor