A estas alturas, la noticia es conocida: la esperadísima vacuna que nos protegerá a todos contra el coronavirus no está tan a la vuelta de la esquina. Lo cual nos devuelve a la casilla de salida del fin de un verano que es ya segunda ola de la pandemia en nuestro país.

Es preciso poner de manifiesto el tremendo esfuerzo mundial por conseguir la vacuna. En este momento, los mejores grupos de investigación de varias partes del globo disponen de recursos financieros sobrados en esta «carrera antiCOVID» que en algo nos recuerda a la «carrera espacial» de los 50 y los 60. Y en efecto, comparte algunos elementos.

Los que de un modo u otro somos próximos al mundillo del desarrollo de medicamentos sabemos que no se trata de un proceso altruista, ni mucho menos. En un momento de miedo universal a esta nueva «peste bíblica», el grupo farmacéutico que desarrolle y comercialice la vacuna se embolsa una lluvia de millones. Ganancias aseguradas por la venta anticipada de la ansiada vacuna y por el subidón en bolsa de sus activos: el prestigio de la empresa relanzado de la noche a la mañana.

Los CEOs (ejecutivos jefes) de dichas empresas achuchan a los pobres científicos que pueblan sus estratos inferiores a diseñar, progresar, avanzar, como si estuvieran en una guerra multipolar, una especie de «juegos del hambre».

Pero hay más, en esto.

Los que hemos vivido las últimas tres décadas en el mundo del desarrollo farmacológico rara vez hemos visto la emergencia de un medicamento relevante fuera de Occidente. La geopolítica ha cambiado, y ello tiene una repercusión inmediata en la ciencia. La ciencia médica aplicada es prestigio. Ninguna potencia internacional que se precie podrá sostener su posición si sus avances médicos dependen de la potencia rival. Ello se ve ya en la «carrera antiCOVID»: de los proyectos mejor situados, dos occidentales, uno ruso y uno chino. Algo sustancialmente nuevo bajo el sol, de culminar con buenos resultados.

Pero…

El desarrollo de nuevos fármacos (y una vacuna lo es, de un modo u otro) está sometido a ciertas reglas. Controles estrictos, que imponen plazos. Y una de ella es la seguridad, como estamos viendo — con alivio — en el caso del parón de la vacuna de Oxford. Una vacuna es un agente extraño que se administra a una serie de personas con el fin de provocar una respuesta de su sistema inmune. Una respuesta que prevenga el desarrollo de una enfermedad cuando, más tarde, una proporción de esas personas sea expuesta a un agente patógeno.

Sin embargo, imaginemos que una proporción de las personas tienen una reacción anómala a la misma vacuna. Una reacción grave, incluso mortal. Que habría que calcular con finura hasta qué punto el remedio es peor que la enfermedad. A cuántos les evitamos la enfermedad viral, por ejemplo, y a cuántos otros les provocamos la reacción por la vacuna, dado que la vacunación va a ser masiva. Ello puede justificar el parón de un proyecto que hasta el momento iba sobre ruedas.

E insisto: no se detiene el estudio porque la compañía nos quiera mucho, sino porque, caso de progresar en su desarrollo y difusión, y verse luego su peligrosidad y precisar su retirada, la compañía se hunde en bolsa y su CEO estaría acabado. Lo que les digo.

Por tanto…

No habrá vacuna tan pronto. Estamos como estábamos. Aquí, en España, con una segunda ola que da miedo. A plantarse la mascarilla hasta para ir a la ducha y a lavarse las manos con agua y jabón hasta desollarse.

(Publicado el 12 de septiembre de 2020 en Sevillainfo.es)

Firmado:

Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor