Queridos lectores:
Os comunico el gran impacto que ha tenido el último artículo aparecido en este blog, escrito por una persona misteriosa que se hace llama @Ptoazulsanidad (es el nombre de su cuenta en X, sin que consten más datos personales).
Como medida del interés suscitado, algunos lectores se han dirigido a dicha persona preguntándole el porqué de su anonimato. La persona en cuestión ha querido explicárnoslo en un nuevo artículo; me he limitado a amplificar el volumen.
Antes del texto propiamente dicho, tengo que deciros que, para mí, aquí llueve sobre mojado. O, mejor dicho, la confesión personal que vais a leer me hurga en la herida íntima. Porque el acoso laboral en la profesión médica es, como sabéis, una plaga oculta, destructiva y más viva que nunca.
He escrito sobre el tema. Di acogida en este blog a los procedimientos efectuados contra el antiguo jefe de la UCI Pediátrica del Hospital La Paz y, más recientemente, contra la exjefa de la UCI del Hospital Virgen del Rocío. Trato de la cuestión en mi primera novela «KOL Líder de Opinión».
El/la jefe/a acosador/a vive en la impunidad más absoluta. Suele ser especialmente listo como para no dejar pruebas. La dirección del centro siempre queda lejos, y sus mecanismos suelen ser sordos y lentos, cuando no lastrados por un lamentable escepticismo. El individualismo médico y su consiguiente falta de solidaridad con el acosado son sangrantes: alrededor de este se erige un muro de silencio e invisibilidad. De este modo, para el que presencia el acoso de un compañero, es difícil pronunciarse y tomar partido por la parte más débil. Porque, con ello, se aceptaría la incertidumbre de un envite que puede salir bien o mal y, en este caso, acarrear dolorosas venganzas. Y, por si fuera poco, cuando la persona acosada se quiebra y termina en el diván del psiquiatra, el medio profesional lo toma como una prueba de las «fundadas» razones del jefe o jefa acosador/a y, por la misma, de la escasa consistencia del relato del acosado o acosada. Así acabaron, acaban y seguirán acabando muchas carreras profesionales. Os dejo, pues, con el texto de @Ptoazulsanidad, aunque quiero hacer un comentario final.
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Que ¿por qué mi cuenta es anónima?
@Ptoazulsanidad
Nueva York – Ago,9 2025
Aún recuerdo las clases de literatura de la señorita Marina. El espectáculo que se desplegaba al leernos un fragmento de cualquier obra era inolvidable: acentuaba las palabras de Quevedo con una sonrisa cómplice mientras las abrazaba con pausas solemnes e intrigantes; levantaba la mano al aire con los últimos versos de Espronceda; susurraba emocionada las palabras de Calisto en el huerto de Melibea mientras recorría el pasillo entre pupitres. De esa pasión me quedó una herencia. Y de ese recuerdo, hoy resurgen los nombres de Mariano José de Larra y Cecilia Böhl de Faber, dos figuras de la literatura que, por distintas razones, tuvieron que escribir en el anonimato. El primero uso el seudónimo de Fígaro para escribir panfletos satíricos donde criticaba duramente a la sociedad de su época, esquivando así la censura. La segunda tuvo la picardía de firmar su obra como Fernán Caballero, ganándose el reconocimiento merecido en un mundo literario dominado por hombres. Hoy, siglos después, la necesidad de ocultar el nombre real para poder hablar no ha desaparecido, solo ha cambiado de escenario.
¿Y tú de quién eres en X?
En las redes sociales, algunas cuentas muestran nombre y apellidos, lugar de trabajo, ciudad de nacimiento o profesión. Otras, sin embargo, se inventan un personaje para moverse por la red sin mostrar quién está realmente detrás. El anonimato actúa como una máscara contemporánea: un refugio que permite sortear muros sociales, laborales o legales. Detrás de un alias, alguien puede opinar, denunciar abusos o compartir vivencias que, a cara descubierta, tal vez no se atrevería a exponer. Esa invisibilidad voluntaria protege y da voz a quien la necesita, pero también diluye la responsabilidad inmediata de lo que se dice. Y esto último, quizá, alimenta la cara B del anonimato y explica por qué, a priori, hay que desconfiar de él.
No siempre es fácil conocer la verdadera motivación de una cuenta anónima, aunque muchas son instrumentos de crítica destructiva que empujan al odio contra quienes no piensan como los que las crearon. En este terreno ambiguo se lincha públicamente, se difunden bulos y/o se coordinan campañas de desinformación capaces de manipular la opinión pública. Las faltas de respeto y los insultos directos y explícitos afean lo que podría ser un espacio de diálogo y enriquecimiento personal, casi a la altura de leer un buen libro. El mundo, por probabilidad, no es de extremos, sino de matices. No es de insultos, sino de moderación y tolerancia — al menos dejadme que siga creyendo eso—. Por eso, para que una red social sea un lugar habitable, necesitamos más que nunca espíritu crítico: leer en vez de escanear y contrastar antes de compartir, independientemente de si la información procede de una cuenta anónima o no. El anonimato no siempre envenena el agua.
Las cuentas terapéuticas y el anonimato reivindicativo
Hay algo profundamente sanador en la escritura de un diario personal que no aspira a ser leído jamás. Escribir nuestros pensamientos en el momento del dolor agudo tiene el poder de fragmentar el trauma en pequeñas piezas más manejables, las palabras. Ese primer gesto ya es terapéutico: permite mirar la herida desde fuera, y empezar a entenderla. Pero pese al beneficio innegable, como todo acto solitario, hay un momento en que surge la necesidad de compartir, de liberar la carga.
Quienes creamos cuentas anónimas en X seguimos, de alguna manera, el modelo de Alcohólicos Anónimos: buscamos una red de apoyo para sentarnos en ese “círculo virtual” con aquellas personas sin nombre que como nosotros necesitan compartir sus historias, alineándolas con las nuestras, con sus parecidos y sus diferencias. Y, aunque casi siempre se empieza desde el “yo” —“Esto me ha pasado”, “Estoy destrozada por…”, “Fueron injustos conmigo”—, pronto llegan los primeros pasos hacia el interés colectivo que cristaliza en una motivación clara: prevenir, advertir, denunciar. Ponerle cara a este tipo de cuentas puede tener implicaciones legales o ser causa de represalias. De ahí que nazcan como cuentas anónimas.
Desde esas cuentas, el síndrome de estrés postraumático que ha generado una energía bastante destructiva, a modo de catarsis, genera la necesidad de levantar la voz frente a situaciones tan injustas y desiguales, y con alto precio emocional. Se convierte en un propósito nuevo para quien siente que le han arrebatado todo, y a la vez en un refugio para otros que atraviesan el mismo camino. Porque no es solo contar la propia historia: es tender un puente, ofrecer una voz donde otros aún no se atreven a alzar la suya. Un trabajo después del trabajo.
¿Que por qué mi cuenta es anónima?
A raíz de mi anterior artículo de opinión me preguntaban que por qué prefería quedar en el anonimato y no obtener el crédito de haber escrito un texto muy valorado. La respuesta está en mi historia.
He sufrido en primera persona las consecuencias de un sistema hospitalario feudal y de lo que me atrevería a llamar un despotismo nada ilustrado. Tras años de trabajo y con una buena relación con mi entorno, vi cómo se ponían en riesgo mis proyectos y mis planes de futuro por negarme a someterme a las acciones y desventuras de mi inmediato superior. La respuesta a mi petición de ayuda fue pedirme un perfil bajo, un “aguantar hasta que se jubile” o un “siempre hay jefes gilipollas”. No concibo que en pleno siglo XXI se siga dando pábulo a personajes tóxicos y egocéntricos que siegan amapolas en flor. Ni que existan meros espectadores que vean la injusticia y no levanten la voz, incluidos otros superiores y sindicatos que presumen de perfil progresista. Probé todos los cauces disponibles para denunciar la desigualdad, esos mecanismos que se presentan como solución a los “conflictos” que, en realidad, nunca son conflictos. El coste fue devastador: una carrera científica y clínica prometedora se vino abajo. Y el resultado fue la soledad, la frustración, el silencio y finalmente la migración.
Contar que has sido víctima de acoso laboral todavía se traduce por algunos en un “por algo será” o un “no queremos a nadie que genere conflictos”, frases que funcionan como condena y que te colocan una etiqueta imposible de quitar. Esa vergüenza, que debería recaer en los perpetradores, es la que me anonimiza, como se ha anonimizado mi dolor y el de tantas otras personas. Por eso, y por la responsabilidad de encontrar un sentido a una lucha de casi cinco años, hoy comparto sin rostro. No para esconderme —quienes me conocen saben que no me falta valentía— sino para que se sepa que esto ocurre, que sigue ocurriendo, que es frecuente, y que no hay mecanismos de protección ni de reparación. No mientras haya piezas clave del establishment colocadas como muros de contención para evitar el escándalo y proteger la reputación de quienes tienen poder, ya sea por sus cargos, por sus ensayos o por su prestigio internacional. Esta historia no es la primera y no será la última. Porque el problema no es individual, es estructural. La dignidad arrebatada es un daño que no cicatriza, y hay que reivindicarla de vuelta. No hacer nada también es una forma de responsabilidad.
Quizá, después de todo, mi anonimato no sea tan distinto al de Larra o Böhl: un escudo para poder decir lo que debe ser dicho cuando las estructuras que deberían protegerte se convierten en amenaza. Un salvoconducto para contar mi historia sin que el nombre eclipse el mensaje. Una cuenta anónima con un fin mayor.
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Hasta aquí el artículo de @Ptoazulsanidad. No quiero dejar pasar el texto sin un último comentario. Honor a aquella profesora de Literatura de @Ptoazulsanidad. Se trata de una excelencia anónima. Ha dejado una fuerte impronta en una alumna que, no solo recuerda gestos y contenidos, sino que exhibe un estilo de articulista que habría atraído la atención de Larra, sin ir más lejos. Vaya aquí con esto mi reconocimiento a los docentes. A esos docentes. A ese tipo de docentes, capaces de transmitir a un par de cerebros privilegiados y jóvenes su enamoramiento profundo por la materia que imparten. A esos profesores abnegados capaces de soportar un ambiente hostil por dejar en la vida esta huella. La mejor de todas.


Desgraciadamente por más que los avances técnicos no dejan de producirse en la ciencia médica. El desprestigio, el acoso y la burla de aquellos que no se “amarran” al sistema sigue vigente como en siglos pasados.