
Queridos lectores:
El artículo de hoy no es mío. Me llegó, como otras tantas cosas, a través de mi amiga Mónica Lalanda. Y me extrañó el formato: un JPEG del artículo a tres columnas, como si fuera una captura de pantalla de un diario digital.
El título me pareció provocador y el estilo, de articulista consumado. Pero lo mejor es el contenido, sin lugar a dudas. Le pregunté a Mónica sobre la autoría, y me dijo que ni idea. Estaba publicado en una cuenta de X que nada informaba sobre la personalidad del dueño o dueña de la cuenta.
Dos cosas me sorprendieron: en primer lugar, que la cuenta no tiene demasiados seguidores. Y en segundo, que este servidor de ustedes era seguido por la cuenta en cuestión. Ellos me permitió contactar directamente con la persona, de la que aún nada sé.
Le dije cómo me había impresionado su artículo y, por tanto, que merecía todo nuestro apoyo. Y le ofrecí difundirlo aquí, como estáis leyendo, con la firma que la persona eligiera. Qué eligió, por cierto, seguir en el anonimato. Firmará, pues, con su seudónimo en X. Si veis mi foto al final, es una simple cuña publicitaria. Y, a continuación, el artículo:
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El gen egoísta de la profesión médica
@Ptoazulsanidad Nueva York – Ago,5 2025
Como médica, conozco las contradicciones de la profesión. La medicina es compleja, exigente y, en ocasiones, contradictoria. Se supone que su fin último es curar —o al menos, aliviar—, pero la forma en que se ejerce varía mucho de una persona a otra. Algunos ejercen con una implicación real y sostenida. Otros optan por ejercer con un compromiso más funcional, viendo en la medicina simplemente un trabajo estable y técnicamente desafiante, pero sin una motivación más allá del desempeño correcto. Y también hay quienes adoptan una lógica más estratégica en busca de influencia o prestigio, y la gestionan como quien diseña una trayectoria empresarial, con objetivos claros para el ascenso social e institucional. Todo cabe. Porque al final, no somos héroes: somos personas.
El declive del reconocimiento social
Durante finales del siglo XIX y buena parte del siglo XX, la figura del médico gozó de un gran reconocimiento social. Fue el tiempo de los grandes descubrimientos: la teoría microbiana, la anestesia, la asepsia, la neurología, la fisiología clínica. Charcot, Virchow, Osler. Los hospitales se transformaban, la medicina se convertía en ciencia, y con ello, el médico pasaba de ser un sabio artesanal a convertirse en símbolo del progreso humano. En muchas sociedades —y especialmente en la nuestra—, la bata blanca se cargó de una autoridad casi sagrada. Ese respeto no era gratuito. Se asentaba sobre el conocimiento, y sobre una ética que implicaba dedicación y disponibilidad perpetua. En las comunidades pequeñas, el médico (pues era siempre varón) era una institución; en las grandes ciudades, una figura pública. Se le recibía de pie al entrar en una sala, se le hablaba de usted, y su palabra tenía un peso que iba más allá de lo clínico. Durante décadas, la reputación médica se mantuvo hasta finales del siglo XX para pasar a mantenerse en un estado de equilibrio frágil que la pandemia pareció reanimar. Ante el esfuerzo y la exposición de los profesionales sanitarios el país aplaudió. A los trajes EPI, a los ojos agotados, a los llantos impotentes ante la muerte, a los que no lo contaron. Pero fue breve. Sin una transición clara, la percepción social del médico comenzó a erosionarse. No hubo un punto de inflexión definido.
La animadversión
El agotamiento postpandemia se asoció al deterioro de las condiciones en la sanidad pública, especialmente en atención primaria: la falta de recursos, de tiempo, de profesionales, la precariedad prolongada y la mala gestión acumulada por parte de los gobiernos y las consejerías autonómicas. Todo ello ha contribuido a una creciente insatisfacción de los pacientes que, en lugar de dirigirse a las estructuras responsables, se vuelca muchas veces contra los propios profesionales. A esto se suma un fenómeno nuevo: la presencia visible del médico en redes sociales. Si durante años el respeto al médico se alimentaba también de cierta distancia simbólica, hoy esa barrera se ha desdibujado. Algunos profesionales comparten experiencias, otros opinan sin filtro, algunos incluso ironizan sobre pacientes o sobre la profesión misma. Se viralizan errores, quejas, actitudes poco empáticas hacia pacientes. El resultado es que la imagen del médico pierde empatía, complejidad y autoridad. Y esta nueva mirada ha dejado a la vocación en una posición vulnerable, como un eco que se va apagando.
La metamorfosis de la vocación médica
La vocación durante décadas ha funcionado como un adjetivo inseparable del médico como inherente a una motivación superior y desinteresada en la atención a personas. Y se ha idealizado tanto que hoy resulta incómodo decir que no es suficiente. O que a veces simplemente no está. Y es que, la entendemos como el compromiso profundo con el acto de cuidar, como una autoexigencia crónica, un dejarse la piel, incluso cuando el entorno ya no lo permite. Y eso, lejos de ser virtud, acaba siendo trampa.
En ese caldo de malas condiciones laborales, y en un mundo cada vez más individualista, es entendible que la vocación haya sido desplazada por la búsqueda del estado del bienestar: la elección de especialidades tranquilas, bien remuneradas, compatibles con la vida personal. Aunque yo no siento como propia esta metamorfosis, nada de esto es ilegítimo. El problema surge cuando se expone de forma tan explícita en las redes sociales y las personas “usuarias” se preguntan si la vocación ha dejado de ser necesaria para ejercer. Esa tensión entre lo que se espera y lo que se declara ha erosionado el pacto simbólico entre médico y sociedad. No se trata ni de apoyar ni de censurar la honestidad de quienes admiten que no estudiaron medicina por vocación, pero sí de comprender el impacto de esas palabras. La sociedad puede tolerar el cansancio del médico, pero no su desafección. Cuando se rompe esta confianza ciega, todo se vuelve más frágil, incluso haciendo al médico objeto de agresiones físicas, un síntoma alarmante del deterioro de esa relación.
¿Cómo reconciliarse con la sociedad?
Es en este contexto cuando se empieza a atribuir al colectivo médico una especie de ‘gen egoísta’: una tendencia a proteger sus intereses, su tiempo, su estatus. ¿Hasta qué punto esa atribución se sostiene o es una lectura interesada por quienes quieren hacer desaparecer la Sanidad Pública? ¿Si existe, es un rasgo colectivo?
Las condiciones actuales no están pensadas para favorecer la buena práctica clínica, ni para sostener la implicación emocional que el trabajo requiere. El sistema no protege, ni estimula, ni premia la entrega. Las valoraciones de los pacientes sean positivas o negativas, apenas tienen impacto real en la organización del trabajo ni en la toma de decisiones. Se sigue evaluando el funcionamiento del sistema a partir de indicadores fríos como camas ocupadas o tiempos medios de atención. En ese vacío, el trabajo clínico pierde sentido, y con él, la motivación para implicarse más allá de lo estrictamente funcional. En cambio, se promueven dinámicas de eficiencia mal entendida, protocolos desbordados y estructuras de liderazgo que, en no pocos casos, se han acomodado al deterioro. La medicina deja de ser, para muchos, un proyecto vital.
Las reivindicaciones actuales del colectivo médico —como mejoras del maltrecho Estatuto Marco para la regulación de la jornada, adecuación de los recursos— no buscan privilegios. Buscan proteger algo que es más frágil de lo que parece: la capacidad de seguir cuidando y de seguir queriendo cuidar. La Ministra de Sanidad no lo entiende, o finge no entenderlo. Habla como si nunca hubiera hecho una guardia. Como si esto fuera una cuestión de productividad. Pero el acto médico no es mensurable en unidades de eficiencia. Cada decisión afecta a alguien que está en una posición de vulnerabilidad. Y para sostener ese lugar, uno necesita estar entero para creérselo. Tampoco lo entiende “el usuario”, que ha perdido, como decíamos, la confianza.
No se trata de pedir indulgencia, pero sí de conseguir la reconciliación entre la sociedad y una profesión que ha sido encumbrada y denigrada con la misma intensidad. Hay médicos egoístas, sí. Hay excelencia y mediocridad. Hay vocación y búsqueda de bienestar. Lo que no se puede hacer es generalizar. La distancia entre médico y paciente se acorta cuando se reconoce la humanidad en ambos lados. Pero eso solo ocurre cuando se dan las condiciones para que el vínculo exista, unas condiciones para ejercer con dignidad. Y la sociedad necesita médicos a los que no haya que idealizar para poder respetar.
Firmado: @Ptoazulsanidad
