fbpx

Kennedy, caso enterrado

El asesinato de John Fitzgerald Kennedy, 60 años después, más enterrado que nunca y, sin embargo, más abierto a todo tipo de especulaciones que ponen en cuestión el funcionamiento interno de la democracia más antigua de nuestro medio.

El crimen perfecto existe. Y lo mejor es retransmitirlo por la tele, delante de los ojos sorprendidos de millones de ciudadanos. Y si el asesinado es una figura pública, popular, a la que veneran las multitudes, tanto mejor. En el post de hoy, comentaré algunos aspectos de un ejemplo representativo.

            Se trata, como reza en el título, del asesinato del 35º Presidente de los Estados Unidos John Fitzgerald Kennedy (o JFK), en cuyo honor se nombró el aeropuerto de Nueva York que tantos habrán tenido la ocasión de conocer.

            Voy al grano. Kennedy es asesinado el 22 de noviembre de 1963, a las doce y media del mediodía, en Dallas, Texas. Muchos de los detalles ya los conocéis por la famosa película de Oliver Stone. Casi de inmediato, se captura y se inculpa a Lee Harvey Oswald, que no llega a juicio por ser asesinado a su vez, antes del mismo. Oportunamente, como veremos. Tras una investigación, la Comisión Warren dictaminó que el tal Oswald actuó solo. Caso cerrado, pues. Y a otra cosa.

            ¿A otra cosa…?

            Imposible agotar aquí las complejidades del caso. Las incoherencias de la Comisión Warren se ponen de manifiesto en la conocida película de Stone, y en muchos otros sitios. De modo muy-muy resumido, la evidencia de que la bala mortal procediera del frente del automóvil, no de la espalda, abriendo la posibilidad de que fueran dos o más tiradores, y sobre todo, la ausencia casi de medidas de seguridad del automóvil presidencial, sin agentes “escudo” y sin otro automóvil al frente que, del mismo modo, sirviese de escudo de protección. Demasiadas coincidencias. Y como saben bien los amantes del género negro, las coincidencias no existen.

            Situación, hoy

El informe Warren se dio por bueno, y es la versión oficial. Sin embargo, el rumor de complot es ensordecedor. Un rumor que va camino de los sesenta años, y donde han muerto “casualmente” muchos testigos presenciales. Para los entusiastas de la novela negra, se trata, por tanto, de un crimen perfecto. Un crimen que, sin embargo, no es ficción, sino realidad.

            ¿Qué nos queda, pues…?

            Nos queda la libertad de especular. Una especulación razonada y razonable. Y un intento de razonar podría ser el latinajo cui prodest? (¿Quién se beneficia?).

            Eran muchos los beneficiados por la muerte de Kennedy y no solo el complejo militar-industrial, como subraya Stone. El post se me haría imposible, ya digo, dada la complejidad del tema — hay muchos libros sobre el tema —, así que sitúo enseguida a un sospechoso de consideración.  Y no hay que pensar demasiado. Se trata de la figura que ascendió al cargo de Presidente de los Estados Unidos el mismo día del magnicidio. Sin lugar a dudas, es el principal beneficiado del asesinato: Lyndon B. Johnson.

            Lyndon B. Johnson era vicepresidente con el asesinado desde el 20 de enero del 1961. Siendo unos diez años mayor, cabe pensar que su papel de “segundo” en el ticket presidencial de 1960 le supo a poco. Pero había más. Afirman algunas fuentes que Kennedy no contaba con él para el ticket de la reelección, en 1964. Y razones había, no cabe la menor duda. En aquel momento, Johnson estaba sujeto a cuatro importantes investigaciones criminales: una por violación de contratos gubernamentales, otra por prevaricación, otra por lavado de dinero y una por soborno. “Sorprendentemente”, todas estas investigaciones terminaron cuando ascendió a la Presidencia.

                  Pero, además, algunas fuentes ligan a Johnson con un asesino convicto relacionado con el asesinato de JFK. Las relaciones de Johnson son múltiples y complejas: ex convictos tiradores expertos, Edgar Hoover, la Fed, la mafia, el anticastrismo y, por último, el descontento de la CIA. El post no puede más que animaros a bucear en lo mucho que hay, y a intentar también diferenciar el grano de la paja. En democracias tan aparentemente asentadas como la estadounidense, hay poderes que son mucho más poderosos que el poder oficial, y que están dispuestos a reaccionar como lo hicieron aquel 22 de noviembre.

            (Inciso: Johnson es el Presidente en ejercicio en el período álgido de la Guerra del Vietnam y, por tanto, cuando su cifra de bajas es máxima; el momento, en pura consecuencia, en que la contestación contra la guerra es mayor; el punto en que los Estados Unidos asumen que no podrán ganar y que, por consiguiente, tienen que elegir el modo en que abandonar el país; el es momento en que se sitúan las famosas películas “Hair”, “Apocalipsis Now”, “La Chaqueta Metálica”, “Platoon”; será el momento también en que Lyndon B. Johnson asuma que no podrá presentarse a la reelección como Presidente de los Estados Unidos)

            Os dejo, por fin, con el testimonio de Howard Hunt, agente de la CIA, en su lecho de muerte. A este agente nos lo encontramos, por poner un ejemplo, como uno de los “fontaneros” del Edificio Watergate, y mucho antes, en las tripas del asunto Bahía Cochinos. Podemos asumir, por tanto, que sabía lo que decía. Y, en grabaciones de audio, discusiones y escritos, Hunt dijo (de acuerdo a su hijo) que él y muchos otros estuvieron implicados en la conspiración para asesinar al Presidente Kennedy. Dijo que el nombre en clave que los conspiradores dieron para la operación fue «The Big Event,» y que Lyndon B. Johnson ordenó el asesinato.

            No, no es caso cerrado. Pero hay acumulación de indicios. Claro que la muerte de Johnson acaba con sus responsabilidades. Ignoro si alguno de los implicados aún está con vida. Y si, institucionalmente, el gobierno de los Estados Unidos mantiene el interés de que las pruebas — si las hay — no vean jamás la luz. Pero la trama da para un novelón que ponga negro sobre blanco los límites de la democracia en la democracia más antigua de nuestro mundo. Si una mano negra secuestra la obra antes de que llegue a las librerías o la web, y el osado narrador fallece súbitamente de infarto, cuando antes gozaba de una salud envidiable.

            Puesto a seguir en el negro, que no escueza al poder. Que nada tenga el menor parecido con la realidad. No tiene uno ganas de sustos.

Firmado: Federico Relimpio

Sobre mí

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error

¿Te gusta esta web? Suscríbete y difunde