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«Adiós a la Reina», o la Lectora del Instante

Diane Kruger (derecha), como María Antonieta

«Adiós a la Reina»… Porque hay reinas de las que es mejor despedirse, aun cuando todo en ti te pida lo contrario. Y mucho me demoro en meterme en harina. Así que, al grano.

            «Adiós a la Reina» es una película francesa del 2012. No es nueva, ni tiene visos de convertirse en un clásico. De hecho, la crítica la deja un poco malherida. Tiene cabida en este blog porque no estoy de acuerdo con parte de la crítica. Claro que ahora caigo que no les dije que la reina en cuestión es la glamurosa y guillotinada María Antonieta. Sobre esta versión, Lluís Bonet Mojica escribió en su día en La Vanguardia:

            «Sofia Coppola aportaba en el 2006 una ácida y hasta rockera imagen sobre María Antonieta (…) Pero esta aproximación de Benoît Jacquot le da mil vueltas. (…)».

            Llegué a «Adiós a la Reina» procedente de «Vatel», y por el mismo motivo. Francia siempre y, de fondo, los fastos de una monarquía glamurosa, carísima y ruinosa. Del esplendor ofensivo de la corte de Luis XIV en «Vatel» a la crisis revolucionaria y el hundimiento en la película que nos ocupa.

Léa Seydoux, como Sidonie Laborde

            El testigo de ello será una trabajadora de la corte, Sidonie Laborde. Y no una cualquiera, sino una destacada: la lectora de la reina. La que le selecciona pasajes, según el estado de humor de la soberana, y se los lee en la intimidad. Sidonie está deslumbrada por el honor que se le ha concedido en la vida, y siente por su soberana una mezcla de sentimientos que van desde la admiración a la veneración. María Antonieta es lo intocable, aquello que ella nunca podrá ser; disfruta de lo que ella nunca podrá disfrutar, viste los vestidos que ella nunca podrá llevar, y es objeto de las atenciones que a ella jamás se le dispensarán.

            Se nos transmite así la mentalidad de la época: un mundo concebido por Dios, en que su Divina Providencia designa por derecho de nacimiento seres que pasearán de seda en seda, de sonrisa en reverencia a lo largo de sus vidas, y a humildes personas como Sidonie solo les cabe estar agradecidas al Altísimo por poder servir tan íntimamente a Su Majestad.

            Claro que, de repente, llega un día como otros, un 14 de julio de 1789. Un día que, en Versalles, nadie se esperaba nada en especial. Y todo aquel mundo de elegancias nota un súbito crujido en lo más profundo de las entrañas. París… París ha osado sublevarse contra la autoridad real. La Bastilla ha sido tomada por el populacho, que ha paseado la cabeza del comandante de la guarnición clavada sobre una pica. Un día en que, de modo súbito, los sirvientes y los cortesanos — los de abajo y los de arriba — se lanzan a interpretar rumores y sacar consecuencias.

            «Adiós a la Reina» es, de algún modo, la «anatomía de un instante», y le tomo prestado a Cercas el título de su novela. El film retrata de un modo próximo y realista la cadencia de acontecimientos pero, sobre todo, una atmósfera de inquietud, de incertidumbre. Magistral, la alternancia de los planos del servicio con los de esa nobleza aterrada y apelotonada en los pisos superiores.

            Si un momento recomiendo de «Adiós a la Reina», es justamente ese, el pánico de los nobles confinados en la noche oscura, iluminados apenas con unas velas. Recordemos que estamos en una época muy anterior a internet, al teléfono y la electricidad, y esta gente aterrorizada comentan los rumores que van llegando de París, exagerándolos, distorsionándolos, magnificando el gran miedo y poniendo las bases para el abandono en masa de Versalles, sálvese quien pueda pillando lo que pueda.

            No digo más, que este solo es el planteamiento. ¿Qué pasará entre Sidonie y su adorada María Antonieta? ¿La abandonará, como hacen enseguida otras compañeras de servicio?

            Acabar con que, como en «Vatel» la lealtad no se concibe del mismo modo hacia arriba que hacia abajo. Y sí, les recomiendo que rescaten la película. Porque va mucho más allá de María Antonieta y el 14 de julio de 1789. Como concluí con «Vatel», no puedo sino extrapolar que el mundo contemporáneo está lleno de Sidonies entusiasmadas de servir a una serie de Marías Antonietas que no tienen para aquellas una consideración mínimamente recíproca.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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