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Vacunas del Coronavirus: el Drama de «¡Que Inventen Ellos!»

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Algo más de un año de tragedia COVID-19. Lejos ya, aquellos primeros meses de catástrofe organizativa y carencia de material. Escépticos, ante las perspectivas del ¿próximo? fin de la pandemia. Exasperados, ante el problema de suministro de vacunas. Agotados y hastiados, ante las restricciones que la pandemia nos impone en el día a día.

            Cuando empezó esta calamidad, sin ser ningún experto en la materia, me hice dos cálculos elementales: tracé un paralelismo con la gripe de 1918, y extrapolé los datos de letalidad y contagiosidad del virus. De lo primero se deducía un avance por «ondas», asociadas al «agrupamiento humano» que favorece el contagio. De la elevada contagiosidad del COVID-19 se deducía el avance imparable a buena parte de la población, lo que, con una letalidad del 0.5 al 0.7%, podría anticipar un exceso de muertes entre cien y doscientos mil al final de la pandemia, una vez llegados al estado de «inmunidad de rebaño».

            Podemos describir la «inmunidad de rebaño» como un estado en que el virus deja de propagarse porque hay una proporción de la población que ya ha pasado la enfermedad de una forma u otra. El confinamiento de la población no es una herramienta válida para conseguir llegar antes a dicho estado. Porque, confinados, seguimos siendo susceptibles a la enfermedad, que comienza una nueva oleada nada más desescalar — es lo que hemos visto, ¿verdad? —. La única herramienta válida para modificar la historia natural social de la enfermedad es la vacunación masiva. Se trata de una «inmunidad de rebaño» terapéutica, que intenta proteger a los colectivos más frágiles.

            La ciencia contemporánea, en esto, ha demostrado sus fortalezas y sus flaquezas. Ha demostrado que, cuando se le inyecta dinero — como en este caso —, es capaz de desarrollar en tiempo récord herramientas muy eficaces de inmunización poblacional. Sorprende e irrita, por la comparación con las décadas que tardan en conseguir vacunas efectivas para otras enfermedades tanto o más graves. La flaqueza va asociada a la premisa anterior: «cuando se le inyecta dinero». Los fabricantes de las vacunas son las grandes multinacionales del sector farmacéutico. Cabe inferir que, para ellos, esto es un negocio, y no una pandemia con una letalidad definida. Y cabe inferir también que van a abastecer mejor al mejor postor.

            La ciencia como negocio a escala global. Ahí está el quid de lo que insinuaba en el primer párrafo: el grave problema de suministro de vacunas. Un problema que ralentiza la vacunación de la población mundial (el dato más actualizado arroja un 6% de la población inmunizada en nuestro país; en el resto del mundo los datos son más que dispares). Se entrega uno a los telediarios y sucumbe al hechizo de la pantalla: da la impresión de que la vacunación masiva se completará en unos días. Pero enseguida vienen las cifras, un verdadero baño de agua fría. Las noticias son como los partes oficiales: apacigüemos al rebaño, en tanto se inmuniza por medios naturales.

            La exasperante lentitud en el ritmo de vacunación hace imposible conseguir la «inmunidad de rebaño terapéutica» o protectora, y permite el avance diario de los contagios, hasta llegar a la «inmunidad de rebaño» por progresión natural de la enfermedad. Muerte tras muerte. Como hasta ahora. Sin pretender ser agorero, es previsible que completemos la vacunación de la población cuando esta ya sea inmune de forma natural.

            Dos apuntes, para terminar. La evolución COVID-19 en nuestro país es trazable, así como la eficacia de las medidas tomadas. El confinamiento duro fue eficaz — para limitar la transmisión y el impacto del virus —, pero, tras la desescalada, se advirtió enseguida el rebrote y la letalidad. La excesiva dependencia de la economía de nuestro país del ocio y la restauración agradecían las «pausas» estivales y festivas. Pero, tras ellas, se notó el aumento de la contagiosidad y la ocupación de las UCIs, una vez más. En este sentido, cualquier alegría con la «peste» por electoralismo parece una temeridad y una irresponsabilidad.

            Por último: la globalización especializó a distintos países a realizar tareas diferentes. En buena medida, a nosotros nos tocó el triste — según se vea — papel de «país de la fiesta y la playa»; no había ni mascarillas. Según se aprecia, la investigación médico-científica tiene más dificultades en la Unión Europea que en otras partes del mundo; ni en la patria de Pasteur ni en la de Koch parece haber sustancia gris ni músculo económico con que generar vacunas y suministrarlas. De modo lamentable, aquel dicho español de «¡Que inventen ellos!» ha terminado en nuestra aportación más funesta al proyecto europeo. Ya lo ven: se paga del modo más dramático.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

Observatorio de la Sanidad del Real e Ilustre Colegio Oficial de Médicos de Sevilla (RICOMS).

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