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Con «La Muerte de Stalin», la muerte del terror

La Muerte de Stalin

«La Muerte de Stalin». Que algún día se tenía que morir, el tipo. Y cuando lo hizo, pilló a todos con el pie cambiado. Por no haber, no había apenas médicos para atenderle. Stalin se había cargado a los mejores. Pero destripo el asunto antes de tiempo.

            «La Muerte de Stalin» es una película británica de 2017 dirigida por Armando Ianucci. Se trata de una sátira negra-negrísima en la que se presenta una ficción de las cuarenta y ocho horas que siguen a la muerte del zar rojo — por comunista, y por la sangre vertida —.

No fue baladí, la muerte de Stalin. El historiador Robert Conquest considera que Stalin fue «probablemente la persona que más influyó en el curso del siglo XX». Robert Service lo calificó como «uno de los políticos más destacados del siglo XX».No es preciso explicar que la interpretación de esta influencia es muy negativa o positiva, según el punto de vista. Pero hoy se trata solo de comentar una película.

            «La Muerte de Stalin» tiene un tono jocoso, sin que se oculte la tragedia. Arranca del terror, y este está omnipresente en toda su crudeza. A los lectores de este blog, el tema les resultará familiar: fue el objeto de un post acerca de la novela «Todo Fluye», de Vasili Grossman. La detención arbitraria, en masa. Las torturas, los gritos. El gulag, las ejecuciones. Las acusaciones falsas, las pruebas inventadas. Los uniformados, de casa en casa. Gente que se despide, probablemente para siempre. El terror que llega hasta los niveles más altos, hasta el consejo de ministros. La muerte, convertida en algo trivial, en el día a día. Y en el centro, Beria, convertido en el protagonista del filme. Estrella negra a su pesar, como se verá a lo largo de la película.

            Beria (una creíble y excelente interpretación de Simon Russell Beale) ha sido el carnicero de Stalin durante más de una década. La encarnación fiel de la paranoia de su amo Stalin. Se le representa personalmente en la tortura y en la muerte. Organizando y conspirando. La esencia de un régimen asesino, mucho más allá de lo ideológico. Sin embargo…

Sin embargo, sabe de sobra que la máquina de la muerte carece de sentido una vez muerto el amo. Tiene un instante de lucidez: extinto el ogro, solo le queda una carta. Y esta será detener, él mismo, el terror por él dirigido durante tanto tiempo y convertirse de ángel en diablo. Para ello, jugará con las armas de que dispone, que no son pocas: información mortal de todos sus compañeros de viaje. Todos los que, de un modo u otro, llegaron vivos y poderosos a la muerte de Stalin. Y Beria tiene las pruebas de sus tropelías.

            La salida es forzosa: detener el terror. E igualmente forzoso el dilema: Beria o los demás. A partir de ahí, una carrera ridícula y trágica que pone de manifiesto el alcance del miedo y del culto a la personalidad. Ridículo como la repetición del concierto con que empieza la película para conseguir una grabación con que satisfacer al propio Stalin. Absurdo como los dos guardias intimidados a la puerta del dormitorio de Stalin, que no osarán echar un ojo ante la sospecha de que algo muy serio le ha pasado al ser supremo. Grotesco como la llegada sucesiva de cargos a dicho dormitorio para constatar que cualquier atención médica al premier es difícil: se han cargado a los mejores médicos de Moscú. Trágico y criminal como como el tiro a la cabeza como método expeditivo de silenciar lo que pasa en cada momento.

La Muerte de Stalin
Beria y Malenkov, en el funeral de Stalin
La Muerte de Stalin
Simon Russell Beale, como Beria, y Jeffrey Tambor, como Malenkov, en «La Muerte de Stalin».

            «La Muerte de Stalin» tiene una excelente ambientación y vestuario. Animo a los lectores de este blog a comparar la película con las fotografías disponibles de lo sucedido en realidad. Ello no obstante, la ficción se toma licencias significativas, como por ejemplo que la ejecución de Beria no sucedió sino unos nueve meses después de la muerte de Stalin. En cualquier caso, la secuencia cinematográfica rápida, de la Dacha al Kremlin, y del Kremlin a la Lubianka; los diálogos ágiles, llenos de sarcasmo y cinismo, harán la delicia de los aficionados al cine político. Porque no se oculta nada del terror y la sangre, ya digo. Es más, sirve de vehículo perfecto para poner de manifiesto la indigencia moral y personal de una caterva de supervivientes aferrados al poder a base de terror y sangre. El talento del cineasta es, justamente, poder morirnos de asco mientras nos aparece una sonrisa.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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