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«Esquilache», o el drama de querer cambiar el mundo

Esquilache
Fernando Fernán Gómez (izquierda) como Esquilache, y Adolfo Marsillach, como Carlos III

Hoy les escribo acerca de una película antigua. Una película española que vi a otra edad, y no me entusiasmó, la verdad sea dicha. La acabo de ver ahora, con más películas encima, y el efecto ha sido diferente. Me refiero a «Esquilache» (1989), de Josefina Molina. La primera vez, tenía uno 24 años y todo era posible. Hasta no valorar adecuadamente «Esquilache».

            No les daré la brasa con una introducción histórica. Pero sí con mi experiencia: la necesidad de dar a tantas obras una segunda oportunidad. Porque, en la juventud, es frecuente que uno no tenga el bagaje para apreciarlas.

            «Esquilache» es un magnífico Fernando Fernán Gómez. O, mejor dicho, Fernán Gómez se mete bajo la piel de Esquilache, lo resucita y nos presenta sus cuitas. Nos traslada a la angustia del reformista bien intencionado, que choca contra los elementos. «Esquilache» son dos dramas en uno: el de la edad — y el amor imposible —, y el de proyecto que no puede ser.

Fernando Fernán Gómez, como Esquilache, y Ángela Molina, como Fernanda

            La trama arranca en plena noche, como si se tratase de la peor noche de los tiempos de España, o peor aun, de la noche del fracaso personal. La casa de Esquilache ha sido saqueada en el motín que comienza. Ante el hecho, el marqués y su secretario — José Luis López Vázquez — se trasladan con una sirvienta aterrorizada — Ángela Molina — al Palacio de Oriente.

            El trayecto servirá al guion para retratar la violencia y el cómo se llegó hasta aquí, a través de una serie de flash-backs. Las desavenencias conyugales, las tensiones cortesanas y el difícil encaje del «Madrid de las Luces» en el contexto de una nación fuertemente instalada en la tradición, la religión y el atraso.

            Los tiempos cinematográficos son lentos, como lento era el transcurrir de la época. Algún que otro diálogo inverosímil, como el sostenido con Ensenada respecto a la inmadurez del pueblo. No suelen ser adivinos, los gobernantes. Sí es atinado lo formal: iluminación, attrezzo, lenguaje y toda una serie de detalles que permiten al espectador meterse en el Madrid de 1766, en el momento que las calles pasan de polvorientas a empedradas, y de oscuras a iluminadas.

Adolfo Marsillach, como Carlos III

            Dejo un párrafo para reseñar lo excepcional del reparto. Desfila ahí una época de la escena española, en la gran pantalla y en las tablas. Ya hemos hablado de Fernán Gómez, López Vázquez y Ángela Molina. No haríamos justicia sin reseñar las apariciones maduras de un creíble Adolfo Marsillach como Carlos III, Concha Velasco como la esposa de Esquilache y Ángel de Andrés como Ensenada. Pero reservo un párrafo aparte para lo que considero una interpretación muy breve, central para la historia, y sobresaliente desde todos los puntos de vista.

            Los que han visto la película saben que me refiero a la gran Amparo Rivelles, una de las grandes damas de la escena española durante décadas. El diálogo nocturno con Esquilache en el Palacio de Oriente es de lo más recomendable de la película. Para los amantes del cine político — como el que les escribe — se trata de la anatomía del instante, con permiso de Javier Cercas.

Amparo Rivelles, como Isabel de Farnesio

            «—No sé a lo que juega Vuestra Majestad.

            —¿Y tú a qué juegas, marqués…?».

            Y, un minuto más tarde:

            «¿Hacer política tú, marqués…? ¡Pero si te pusimos ahí porque sabes llevar las cuentas! ¡Es mi hijo el que hace política, y ni siquiera las ideas son suyas!».

            Les dejo. E insisto: «Esquilache» es teatro. E interpretado por los mejores de una generación. Es cine político. Cine de personajes, para los que nos gusta el oficio de Molière. Se trata del drama de los hombres que intentaron cambiar algo, y se dieron de bruces con la inercia del suelo. Y sobre todo con la maldad intrínseca de los otros, los demasiado interesados en que no cambie nada.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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