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Voy a Sobrevivir

Vamos a imaginarnos un escenario curioso, en el trabajo.

1.     Abundancia de normas, una exageración. Algunas incomprensibles, incluso contrapuestas. No se habla, no se discute. Vienen de arriba y “ellos” saben. Tú no. Tú no eres nadie. Tú te callas y acatas. Se te comunican tus objetivos y firmas, todos los años. Lo que hay, y sin rechistar. Estés de acuerdo o no. Y luego, la vigilancia. Cada teclazo de ordenador. Si tuviste que reiniciarlo y cuándo. El número de veces que fuiste al baño y cada pequeño elemento de tu actividad profesional. Una cámara colgada a la oreja. Y otra a la mano derecha. O a la izquierda, si eres zurda.
2.     No te mates, que no te cunde. No sirve realmente para nada. Ni siquiera para levantar una sonrisa de la jefatura. El que sonríe es el que está ahí, al fondo, a medio gas. No cambian las cosas sustancialmente entre matarse y no. Bueno, sí: que tu marido – o mujer – te pone de gilipollas cuando estás liada – o liado – un sábado tarde con esto o con lo otro. Porque no sirve de nada, salvar el mundo. Ni dinero, ni medalla, ni cargo. Todo ello se consigue de otra manera.
3.     Y luego, la sorpresa: ¿Cómo me machaca a mí y no le dice nada a aquél, que no da un palo al agua? ¿Cómo a mí no me pasa una y al otro no le chista? Peculiaridades de palacio y de sus nichos ecológicos. Así los hicieron e inmutables que parecen.
4.     Publiqué tal artículo. Es difícil. Pocos lo hacen. Es el resultado de varios años de trabajo. Y de conseguir una ayuda oficial. Que también es difícil. Y que, por ello, pocos lo hacen. Un papeleo de la hostia. Pero nada. Ni una palmadita en la espalda. Como si se diera por supuesto. La vida sigue igual, gris y cansina. Luego me firmó una felicitación una paciente. O mejoré sustancialmente las ventas en esto o en lo otro. O desbloqueé una negociación empantanada. Pero lo mismo, nada. Ni mencionarla. ¿Lo ves? – dice mi marido -, mejor irnos al cine.
5.     Doce años rodando por este pasillo, por este ala, por este despacho, por esta oficina. Y, de esta tipa, una colección de holas desabridos, no más. Vine al tajo mal respuesta del aborto. Y ni preguntar qué  tal. Falté un día por una fiebre de treinta y nueve. Y la solución fue más trabajo los cuatro días siguientes. Por supuesto, ni preguntar si me rechazaban un artículo o me denegaban una ayuda. O qué tal las negociaciones con la parte contraria. Eso sí, que no comprendía por qué no llegué al objetivo de tal indicador.
6.     No entiende nada de este tema. Ni entiende, ni quiere entender. Le expliqué mil veces su importancia, cómo cambia la vida de la gente, la historia natural de la enfermedad, lo crucial para resolver el procedimiento, y en su cara sólo vi indiferencia y cinismo. “¿Y de verdad te lo crees?”, me espetó un día. “Es como vaciar el mar a cubitos”, me soltó el otro. Y ahí que me tiene de allá para acá, poniendo parches, viendo esto y lo otro, zascandileando de un lugar para el otro, en lugar de apoyarme en un área de importancia creciente.
7.     Pese a todo me río, nos reímos. Cuando está lejos, el miedo desaparece por ensalmo. Porque el trabajo puede ser un lugar agradable, divertido, donde la gente se reúne y congenia, y se curra, sí, y se curra bien y en serio, pero también se ríe una con todas y con una misma. Se relativiza de las gilipolleces, de las normativas estúpidas de una organización enferma de desconfianza y se centra en lo que debe ser, en la salud misma de una organización de personas sanas que trabajan para todos, cada una en su área.
8.     ¿Os gustó? Escribí esto porque sé que otro mundo es posible. Otro mundo laboral, quiero decir. Leí un artículo (picar) y me dije: no, no quiero dejar mi trabajo. Voy a hacer como Gloria Gaynor, voy a sobrevivir. Y empiezo ahora mismo: le echo cuenta a mi marido y nos vamos al cine. Que me quiero seguir riendo. A morirme de risa.
@frelimpio

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