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Serpico: sobrevivir al «plata o plomo»

Serpico
Al Pacino, como Frank Serpico

Escribía yo el otro día sobre  los polis malos, como la salsa de la novela negra. La sal y la pimienta. Y acabé en el contraejemplo: la miríada de polis ejemplares, gente anónima que no van de nada ni quieren ir. Que ni siquiera se plantearon lo de la honradez porque asumieron lo dicho para los tercios: «no supieron vivir de otra manera…».

            Muchas veces, te la juegas con eso ser fiel a tus principios. Lo escribí el otro día con lo de Serpico, y hoy no resisto dedicarle este post.

            Frank Serpico no es un personaje de ficción. Es real, y cuando digo «es», significa que vive aún. Tiene 84, y desde aquí le deseo lo mejor. Fantaseo con que alguien le haga llegar este post y se lo traduzca. Pero me basta con que su nombre no se pierda. Porque su gesta va más allá del momento y el lugar, para convertirse en un ideal. Y me explico.

            La epopeya — sí, he escogido la palabra, y no exagero — de Serpico se materializó en una biografía. Porque hay vidas de novela. En este caso, de novela negra. La de Serpico — obra de Peter Maas —  vendió más de tres millones de copias y luego, cómo no, se materializó en una excelente película dirigida por Sidney Lumet, e interpretada por Al Pacino. Que parece que no salgo de este actor, de «El Padrino» a «Serpico», siempre Nueva York, siempre italoamericanos. Y que no se me olvide, a propósito de «Serpico», la maravillosa banda sonora de Mikis Theodorakis — el autor del famoso syrtaki de «Zorba el Griego»—, hoy nonagenario, que nunca renunció a meter a Grecia en sus notas.

            Lo de Serpico casa bien con mi post de los polis malos. Porque cuando el ambiente está demasiado podrido, se hace imposible ser otra cosa. Poli malo sí o sí; imposible hacerte a un lado o mirar a otra parte. Porque, si hace falta tu colaboración, se te ofrece «plata o plomo», como decía Pablo Escobar. Plata, en primer lugar; deseable para todos. Te lleno el bolsillo y formas parte del sistema. Si te resistes, una ración de plomo y se acabó el problema, viejo. Imprescindible para resolver el obstáculo, y porque da ejemplo: o conmigo o contra mí, la placa no te salva.

            Con Frank Serpico no pudo la plata. Fue a muerte contra la corrupción policial justo en la época en que se rodaba «El Padrino». Los amantes de la novela negra hacen bien en rescatar su biografía o la película para adentrarse en el cenagal que se había convertido el Departamento de Policía de Nueva York a final de los sesenta y principios de los setenta. La época en que se desarrolla el currículo criminal de Frank Lucas, protagonista de «American Gánster», que muchos habéis visto. El contacto de la juventud norteamericana con el desastre de Vietnam no solo fue un matanza allá, sino algo terrible para los que volvieron. Pero ese es el noir de otro día.

            Serpico no quiso la plata que le ofrecieron y se atrevió a declarar en un juicio en contra de la corrupción de su propio Departamento; por eso hablamos hoy de él. E, inexorablemente, se ganó el plomo: en una operación antidroga, se quedó aislado y desarmado. Pidió ayuda a sus compañeros, que encontraron en esta la ocasión perfecta para librarse de un compañero molesto. El narcotraficante le disparó a quemarropa en la cara. Pero Serpico sobrevivió. Y al año, dejó el Cuerpo. Hoy vive, como decía al principio del post.

Serpico real, hace poco

            Creo que el simple relato de los hechos vale más que cualquier adjetivo. Lo tuyo ya no es solo tu historia, “Paco”. Visto lo que ha llovido después, te mete derecho en la leyenda.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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