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Algunos Polis Malos: la Salsa del Género Negro

polis malos
El personaje del capitán McCluskey en «El Padrino», interpretado por Sterling Hayden.

Estaba uno en «El Padrino», el otro día, y me percaté de que, en la obra, se dan varios de los elementos indispensables de la novela negra. Como, por ejemplo, la corrupción policial. Los polis malos.

            En «El Padrino» de Mario Puzo, la corrupción policial tiene rostro; no es una nebulosa. La actividad mafiosa es imposible sin su concurrencia. El crimen organizado domina la calle; es territorial y se acuerda con bandas rivales — «somos gente de honor» —. Las páginas de «El Padrino» nos recuerdan que lo elemental de la asociación mafiosa no es la violencia, sino todo lo contrario: «organizar y repartir» la «actividad» (ilegal) de modo que el empleo de la violencia sea anecdótico. Funcionar más con la intimidación que con cualquier otro arma. Y, cuando sea necesaria la violencia, esta se emplee contra un sicario, un «individuo de mala vida», alguien sin respetabilidad por la «buona società» y cuyo homicidio, por tanto, no precise ser investigado… demasiado a fondo. Y aquí entra el poli en nómina mafiosa.

            Los polis malos no ven lo que tienen que ver ni están donde tienen que estar. El mejor ejemplo es McCluskey, en «El Padrino», que tiene un alto cargo, y da la orden de retirar toda la vigilancia al hospital donde se recupera Vito Corleone del intento de asesinato… a fin de que la gente de Sollozzo pueda concluir su obra.

            Pocas cosas hay más chocantes para los jóvenes que éramos entonces que estos polis malos, que rompían el esquema poli-Ley-bueno y ladrones-criminales-hampa-malo. El poli — aún hoy — vive el salvajismo de la calle y, tantas veces, la impotencia de la Ley y el Orden. El poli — aún hoy — se juega el pellejo por unos valores de juventud que son nada en manos de una Ley alambicada y unos vericuetos donde mafiosos de distinta índole dominan el acceso y la salida. No extraña nada que algún que otro poli — en «El Padrino» y aún hoy — sucumba a esos mismos vericuetos y termine por no jugársela. O hacer la vista gorda. O compatibilizar su tiempo con servicios a los mafiosos.

            En «El Padrino», McCluskey termina de guardaespaldas de Sollozzo y pagará un precio por ello. Nada de esto es fundamental para la trama; no se me podrá acusar de reventarla por comentar estos pequeños detalles. Solo lo he tomado como personaje y ejemplo de un elemento crucial en la novela negra, como pueden verse en muchas otras. Como se ve en la vida real. Porque, sin ellos, el crimen organizado es imposible.

            Por ello, es preciso agradecer la fortaleza de la inmensa mayoría, esa masa anónima de polis silenciosos y anónimos que se mantuvieron y se mantienen fieles a sus sueldos mediocres y sus valores eternos. Como Serpico, que aún vive; una obra — y película, protagonizada por Al Pacino — de la que tendremos que ocuparnos en otro momento.

Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

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