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Reflexiones sobre una Sentencia


La Comunidad de Madrid ha sido condenada a indemnizar con 30.000 euros a una mujer que tenía un carcinoma en un pecho y a la que se le aplicó un tratamiento erróneo consistente en cremas que al final tuvo que se atajado con una mastectomía.


No tengo todos los datos. Sólo la escueta noticia (pinchar arriba). No es la negligencia de un profesional. En su primera visita al médico de atención primaria (MAP), se piensa en otra cosa y se aplican pomadas. Pero la señora pasa por el hospital de Fuenlabrada, donde no se le diagnosticó patología alguna. Y volvió a su MAP que, reforzado, insistió en otras medidas. Retorno al mismo hospital, esta vez mediando mamografía y ecografía, según recoge la noticia, «no depararon un diagnóstico claro». En enero 2008 se realiza una biopsia que depara el diagnóstico de carcinoma.

Sentencia del TSJM: el caso es una «clara negligencia» del centro de salud y del hospital fuenlabreños con el resultado de «un empeormiento de la patología tumoral de la paciente y que tuvo como consecuencia una intervención más agresiva».

Repito, no tengo el auto en las manos. Pero sí más de veinte años de Medicina a mis espaldas y el conocimiento de lo que esto da de si. No somos tan mantas. O, por lo menos, no somos tan mantas todos, incluyendo al de la ecografía y la mamografía. La señora pasa por muchas manos y nadie-nadie da con el clavo. Solución, de modo figurado, todos al trullo.

Para desesperación de los profesionales de la Medicina, poca gente ajena al mundillo parece entender a veces que no es ciencia exacta y que hay casos infortunados que vienen de suyo enrevesados. Que eluden el diagnóstico o que van buscando el error, vaya. Por hacerles un mal símil – pero claro – : que es el típico toro traicionero que no te deja hacer faena, pero que busca desde toriles el cuerpo del torero. Sólo que el torero aquí es el enfermo y luego, todos los demás. En Medicina les llamamos falsos negativos. Es decir, que el paciente tenga la enfermedad,  dándole negativo el test para diagnosticarla. Situación temible en Oncología, porque el tiempo corre velozmente en contra. Existe, pero nada sabe de ello la población ni la judicatura.

Me cuesta creer que la paciente fuera desatendida a conciencia. Hasta el personal de administración y servicios de la Facultad de Medicina sabe que un bulto en la mama es cáncer hasta que no se demuestre lo contrario. Gentes en la profesión amargadas o desencantadas hay, no me cabe la menor duda, pero no una cadena completa. Más me suena a caso difícil. Pero la paciente del caso difícil nada sabe ni tiene que saber de ello. Es mi caso, y ustedes han fallado. Les acuso y exijo una compensación. Y, sin ver lo datos del auto, todos los miembros del Sistema Sanitario Público que han participado en el caso son acusados de negligencia, nada menos. ¿Qué confianza van a tener mañana miles de españolas que se despierten con un simple forúnculo en la mama? El corolario para algunos queda claro: para estas cosas hay que ir a la privada.

Los redactores de la noticia no se dan cuenta del efecto multiplicador de la misma, sobre todo en los tiempos que corren. Y lo que es una verdadera negligencia, señalo y destaco, es que los poderes públicos no se coordinen para insistir lo suficiente a la población de que la más correcta de las actuaciones sanitarias – de ésta no opino, al no tener los datos – tiene un porcentaje de errores, desgraciadamente. Preparémonos para asumir que practicamos una ciencia estadística y, por tanto, una expectativa de error, que intentaremos detectar lo más precozmente posible y paliar en sus estragos. Y decir esto, por seguir con la torería, no es echar un capote corporativo a los compañeros de Madrid. Es explicarles cómo funciona esta ciencia. 

Sepan, además, que la comprensible ofuscación ante el error médico ha alimentado una cohorte de buitres dedicados a movilizarles interesadamente en busca de la indemnización – como sucede en Estados Unidos -. Entiendo que la legítima disección entre la negligencia profesional y el fatídico hecho de ser víctima del infortunio corresponde a jueces bien asesorados. En cualquier caso, me dolería que esta nota se leyese como una monición contra la reclamación o denuncia de una dudosa actuación sanitaria. El ciudadano tiene sus derechos y valedores ante los tribunales. Sólo reflexiono ante consideraciones que juzgo probables y, sobre todo, sobre las repercusiones del tratamiento informativo de la noticia. En este sentido, lo que queda es, como dije antes, un efecto multiplicador que genera desconfianza, una medicina defensiva y cara («detrás de cada paciente, un posible litigante») y el interesado desprestigio de instituciones sanitarias que son justamente las que garantizan que las actuaciones sanitarias se rijan bajo criterios mínimamente científicos. Haciendo mínimo el error. Error que se producirá inexorablemente, incluso en las mejores manos.

Termino y voy a lo importante: a la señora, su pronto restablecimiento. Esto no es un análisis del caso. No puede serlo. No tengo los datos (¿Cuántas veces lo he dicho?)

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