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¿Prescripción por objetivos o receto lo que dicen en el Congreso?


En las últimas semanas he realizado algunas reflexiones acerca de gestión clínica, sostenibilidad, medicina basada en la evidencia y el papel que pueden tener los eventos científicos en los tiempos que corren. Se me acusará – fundadamente – de tocar muchos palos, y ninguno en profundidad. Tienen razón. Pero tal es el papel del post: invitar a la opinión y estimular el debate, no agotarlo. Creo que la actividad clínica del siglo XXI se desarrolla sobre un arco excesivamente tenso, en el que las ilusiones profesionales corren el riesgo de vaciarse antes de tiempo.

En los años recientes, uno de los puntos en los que he detectado mayor nivel de tensión es en la dialéctica indicadores farmacológicos frente a actividades científicas. Intentaré ser más explícito. Todo se entiende mejor desde el punto de vista de la inocencia o perplejidad de un residente mayor o un adjunto joven.
Empieza uno el ejercicio profesional, y todo es belleza e ilusión, capacidad y posibilidades. El sistema sanitario, aquí y en Pekín, nos presenta la idea de recursos finitos y dificultades financieras. Que, en un mundo en progresivo envejecimiento, no es lo mismo un medicamento que nos cueste al mes 2€ que uno que nos cueste 50€ – un poner -, si no hay una diferencia apreciable en variables de resultado en Salud. Y que, en estas, una gestión adecuada de recursos humanos intenta hacer variable parte del sueldo del personal facultativo, ligándolo a la prescripción de lo más barato, si ofrece la misma eficacia. Eso se llama primar la eficiencia. La herramienta adoptada se llamará indicador, aplicado a todos y cada uno de nosotros, antipática vara de medir y distinguir buenos, malos y regulares. Hasta ahí elemental, querido Watson. Y si me expreso mal, se me corrige, que así aprendo, que nunca viene mal.
Por seguir con nuestro joven profesional: descubriendo el mundo científico. Artículos y editoriales. Controversias y debates. Sus primeros congresos, los brillantes ponentes, del extranjero y de aquí. Se le habrá animado – supongo – a que aprenda eso de la escritura científica, y a presentar resultados. A dominar lo del póster o mejor, la presentación oral. Y ya sabrá que el culmen es publicar esos resultados en una revista. Le vendrá sonando lo del índice de impacto, y empezará a ver, preocupado, lo que son los codazos para colarse en la lista de autores. Pero eso es nada, de momento. Ahora acaba de descubrir a un personaje nuevo: el delegado de la Industria, que lo tutea y le paga el congreso. Dos eventos más, y sabrá el porqué. Nuestro joven muchacho se percata de que a su comunicación fueron el moderador y dos más, que casualmente presentaban resultados después de él. ¿Dónde estaban los demás?… No había que ir muy lejos. El sonoro aplauso los delataba. A unos metros, el simposio de presentación de tal o cual molécula había reunido a todo quién en el Congreso. A todo quién menos a él, claro, que todavía no se había dado cuenta de para qué servían los Congresos. Pero nuestros chicos aprenden rápido, y dos años más tarde helos ahí, en otro simposio. Familiarizándose con la novedades terapéuticas sin las que eres un pringado, un desfasado. ¿O para qué te creías que el delegado te pagaba el Congreso, eh?
Luego, de vuelta a la realidad, a la consulta. Los pacientes. El jefe. La agenda. Las sesiones. Los objetivos: que te has pasado prescribiendo novedades, macho. Que eres la ruina del sistema. Que tu perfil de prescripción no se ajusta a evidencia. La buena, la de verdad. La que manejan los puristas, no la que te presentan en el Congreso.
Y nuestro ingenuo muchacho se plantea… A ver, para ir al Congreso, tengo que cerrar la agenda. O si no, me tienen que sustituir. Días de trabajo perdidos. O según decís, invertidos. Invertidos en aprender… En aprender lo que no le conviene al Sistema, ¿No? Aprender cosas que, según parece, no son verdad. O son verdades a medias. O son verdades del laboratorio, del líder de opinión a sueldo de la Industria Farmacéutica, como cuento en mi novela. Y… ¿De verdad que quieres que vaya, jefe? ¿Para qué?…  Si luego hago seis recetas de lo que me dice el pope y vas tú, y me pones una multa… ¿De verdad quieres que coja el avión? Que mejor me quedo de cañas este finde con los colegas, ¿Sabes?

@frelimpio

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