fbpx

«Porque usted tiene el derecho a saberlo todo…»

Presentación de K.O.L. Líder de Opinión en el Salón El Apeadero el 4 de mayo del 2013, en la Feria del Libro de Sevilla.

Queridos amigos;

Buenas tardes a todos. En primer lugar, quiero daros las gracias por haber venido a acompañarme a este acto de presentación de mi primera novela, a compartir esta alegría y esta emoción tan importante para mí.

Hace unos meses mi amigo y compiche Alfonso Pedrosa, aquí presente, me invitó a participar en la primera edición del Curso de Extensión Universitaria Salud y Comunidad Rural, en un hermoso pero remoto pueblo de la provincia de Sevilla que se llama El Madroño, cerca de Nerva.

Reconozco que en aquel momento la cosa me coge en orsay. Hasta la fecha sólo me había dirigido a foros profesionales, en un lenguaje técnico, incomprensible para el común de los mortales. Llevo un tiempo reflexionando que esa jerga es una jaula de incomunicación, un muro que nos aísla y nos separa de las personas a las que debemos atender. No podemos resolver correctamente las dudas de la gente y expresar con nitidez las limitaciones de la profesión médica.

En todo brete, cabe la posibilidad de dar el paso adelante o quedarse en la comodidad de casa. Yo me dije: “¡Vamos a intentarlo!” Pero confieso que no fue fácil; surgieron muchas dudas. A medida que me sumergía en el apasionante proyecto de explicar a un aula de ciudadanos qué era la diabetes y cuál su tratamiento, no pude sino ser tentado por el diablo que siempre me ronda: ¿Les cuento algo acerca de los torcidos recovecos de este lado de la mesa? Reconozco que la duda, siempre presente, no me dejaba tranquilo.

Les confirmará mi compinche que mediaron correos de consulta: ¿Qué hago, Alfonso? ¿Les cuento, aún a riesgo de propalar el virus de la duda y la desconfianza? ¿O les hablo de hábitos de vida saludable y les dejo vivir alegres en el prado de Heidi, dejando las conjuras palaciegas para los taimados cortesanos?
Alfonso tuvo una contestación que he rescatado del correo. Leo textualmente:

Creo que te enfrentas exactamente al mismo gran dilema de los decisores políticos desde el Despotismo Ilustrado: poner en manos de la gente determinada información hace emerger el riesgo de erosionar la misma realidad asistencial. ¿Contamos o no contamos que los reyes magos son los padres?
Yo lo tengo clarísimo, porque esa pregunta esconde otras en realidad que me llevan a lugares de los que intento escapar desde hace tiempo: ¿La gente debe ser tratada en una minoría de edad permanente? ¿Qué quiere decir eso de ‘por su propio bien’? ¿El Sistema Sanitario Público es de la gente, de verdad, o decimos que son el centro del Sistema pero no los dejamos meter cuchara porque ‘no saben’?

Hazlos libres. Enséñales a saber. Explícales lo más honestamente que puedas por qué las cosas son como son. Sin odios. Sólo por amor a una vieja costumbre que algunos llamamos libertad. Sin miedo. Con sencillez y con respeto hacia unas conciencias que quizá estén despertando al escucharte, aunque lleven décadas arrastrándose por el mundo y luchando por la vida, y con las que, por eso mismo, adquieres automáticamente el compromiso de acompañarlas.

Este correo de Alfonso me dio la clave de la intervención. Tal vez porque yo llevaba en ello dos años. Justo desde que decidí ponerme a escribir la novela que hoy se pone en vuestras manos. Un texto sobre el que ustedes decidirán en la intimidad si bueno o malo, divertido o aburrido, si les mereció la pena o no, pero que, en el fondo, nace de la profunda necesidad que vengo sintiendo de hacer realidad la frase con la que recogí en El Madroño la idea de Alfonso Pedrosa:

“Porque ustedes tienen el derecho a saberlo todo, porque todo lo pagan y todo lo padecen…”
Pues en ésas estamos, éste y yo, que otra no hay.

Les añado, en el mismo sentido, que llevo muchos meses leyendo una novela hermosa, dura e interminable. La recomiendo. Vasili Grossman, en Vida y Destino, el domingo pasado me lo remachó en su página 842:

“La verdad es sólo una. No hay dos verdades. Sin verdad, o bien con fragmentos, con una pequeña parte de la verdad, con una verdad sesgada y podada, es difícil vivir. Una verdad parcial no es una verdad. Dejemos que en esta maravillosa y silenciosa noche reine en el alma la verdad, sin máscaras. Restituyamos a los hombres, por esta noche, la bondad, la grandeza de sus duras jornadas de trabajo…”

Creo que ya estamos en condiciones de abordar la pregunta fundamental: pero, ¿De qué va esta novela? 

Voy a comenzar a contestarles con una pregunta de la contraportada: ¿Se tomó usted su medicamento de esta mañana? ¿Se ha preguntado alguna vez los por qués de los tratamientos que usted o sus familiares se toman a diario? Muchas veces se les atribuye propiedades sanadoras. Al fin y al cabo, lo dice el médico. ¿Y por qué lo dice el médico? El señor de bata blanca que se sienta delante de usted se lo prescribe de buena fe, por su confianza en sus líderes de opinión que le hablan o le escriben artículos relevantes en la prensa científica. ¿Y quiénes están detrás de estos líderes de opinión? La respuesta es a la vez simple y compleja: Los otros… Gentes a las que con frecuencia pagamos demasiado por medicamentos que no están aportando realmente mucho. Pero… ¿Quiénes son los otros?

No es preciso ser muy sagaz para saber que me refiero a aquéllos que mueven las palancas de la Industria Farmacéutica, actriz secundaria de renombre y personalidad en esta obra. 

Voy a hacerles otra simple pregunta… ¿Se ha planteado quiénes son, dónde están y cómo piensan las personas que deciden qué pastilla le va a mandar su médico de cabecera para la hipertensión, el colesterol, la diabetes, el reumatismo o la depresión?
Quisiera sin embargo evitar caer en un discurso simplista de blancos y negros. Siempre he sostenido que no puede llamarse maquinaria demoníaca a aquélla que pone en el mercado la cimetidina, la ranitidina y por fin el omeprazol. Y, de este modo, la cirugía de la úlcera empezó a entrar en el desván de la Historia. Hay muchos otros ejemplos: rara vez una pulmonía cogida fuera del hospital es mortal. Del mismo modo, algunas personas de más edad recordarán que hace muchas décadas la tuberculosis hacía muchos estragos. Hoy, el panorama es sustancialmente distinto gracias a la emergencia de los antibióticos, si bien su amplio empleo nos ha creado el problema de las resistencias. La erradicación del hambre y las mejoras en los saneamientos favorecieron la prolongación de la vida tras la Guerra Civil. Pero, al llegar más gente a mayor, aparecieron nuevos problemas y nuevas fronteras. Los nuevos fármacos contra la hipertensión o el colesterol han sido decisivos para frenar el infarto y también se puede frenar la osteoporosis. Qué decir del SIDA, que ha pasado en dos décadas de condena a muerte a enfermedad crónica, gracias a la medicación antirretroviral. O simplemente la insulina, hace poco más de noventa años, pasando tantos casos de diabetes de enfermedad mortal a enfermedad crónica. No; es preciso destacar que la Industria Farmacéutica es una Industria benéfica y necesaria, que debe aportar muchas cosas más a nuestras vidas.

Pero herramientas benéficas, como el automóvil o un simple cuchillo de cocina, pueden ser mal empleadas en un acceso de locura. Desprovista de un adecuado sistema de inspección o contrapoderes y primando el mecanismo de hacer dinero, una maquinaria destinada a modificar nuestras vidas para bien puede hacerse autónoma y sacar los pies del plato.

Los años ochenta, pero sobre todo los noventa fueron un buen ejemplo de lo que estoy diciendo. La competición de unas compañías con otras, las fusiones, la dinámica de mercado, la emergencia apresurada de nuevos medicamentos y la necesidad de financiar costosas redes de investigación pero, sobre todo, la voluntad de obtener beneficio y el predominio en el mercado hizo a las cúpulas de las multinacionales apretar el acelerador. 

Es preocupante plantear si en esta carrera infernal, las multinacionales de la Industria Farmacéutica se hicieron con una cuota inaceptable de influencia en las sociedades científicas. Claro que ustedes se pueden preguntar qué son las sociedades científicas y para qué sirven. Les pondré un ejemplo: imaginen que en 1947 todos los cardiólogos del mundo o los de España se asocian para intercambiar sus conocimientos y promover el desarrollo de la especialidad. Imaginen que, en consecuencia, a partir de esa fecha deciden tener una prestigiosa reunión anual, que entonces se pagaban ellos, donde se efectúan una necesaria puesta al día de conocimientos y proyectos. Como consecuencia de ello se pone en marcha lo que es un órgano oficial de expresión, una revista que adquiere un elevado impacto entre los miembros de la especialidad y todos aquellos que, sin serlo, quieren estar al día de sus saberes. Pasa el tiempo y se acumulan trabajos y evidencias. Es preciso resumir y dar recomendaciones. Los mejores en cada campo son consultados y se reúnen para forjar lo que llamamos Guías de Práctica Clínica, convenientemente actualizadas, de seguimiento prácticamente obligado para todo aquél o aquélla que quiera ser y estar en este mundillo.

Claro que los años pasan y el mundo se hace complejo. En todas partes, los costes suben. De una forma lenta pero irreversible, las sociedades científicas y las revistas de alto impacto caen bajo el patrocinio o dependencia de la Industria Farmacéutica, que se hace esencial para el sostenimiento de sus actividades. Por último, es preciso destacar que la voluntad de los líderes de opinión de la comunidad médico-científica internacional no fue inmune a todo ello. Se trata de las personas que dirigían los ensayos clínicos donde se estudiaban los nuevos medicamentos, las eminencias que presentaban sus resultados en exóticos saraos y que redactaban las Guías de Práctica Clínica que todos seguimos más o menos al pie de la letra. Aquéllos que nos susurraban al oído qué estaba bien y qué estaba mal, qué estaba desfasado y qué era lo moderno.

Tengo que decir que la Industria Farmacéutica inventó sus moléculas – algunas excelentes, y otras no tanto – y, de alguna manera, compró a toda la cadena hasta llevar la pastilla a la boca del paciente. Porque es preciso reconocer que para nosotros, los facultativos, era cómodo y agradable ser traídos y llevados a viajes de lujo y que se nos dieran masticadas las verdades convenientes. Ni teníamos tantas herramientas de discernir a nuestro alcance ni queríamos molestarnos en adquirir la metodología necesaria para sopesar esa información en otra parte y de modo más completo. Y nuestras queridas administraciones sanitarias, aún hoy, delegan casi todo el esfuerzo formativo en los líderes de opinión de la Industria Farmacéutica… ¿A qué quejarse, entonces, de que se nos vaya a todos el gasto en novedades terapéuticas cuyas ventajas comparativas son muchas veces cuestionables?

Cuando escribí la novela pensé que retrataba una época cuyos manejos eran felizmente el pasado. Desgraciadamente, me equivocaba. Las administraciones sanitarias reaccionan alarmadas a partir de comienzos de este siglo: un cambio posiblemente bien intencionado, pero torpe, como todos los que no se basan adecuadamente en una relación de confianza mutua. También la Industria Farmacéutica movió ficha y presentó su Código de Buenas Prácticas. Muchos sostenemos la tesis de que dicho Código no fue más que un cambio cosmético o lampedusiano: “era preciso que algo cambiara para que todo se mantuviera igual.”

Con todo, puede proponerse que, actualmente, la Industria Farmacéutica es aun más poderosa que en los noventa, aunque sus prácticas sean menos ostensibles. Pero hoy no es día para aburrir con los detalles. Sólo deseo dejarles una idea clara: que la historia reciente de la Farmacología Clínica ha conocido avances, sí, pero también con frecuencia fármacos bluff, terribles errores de mercado o pastillas que no sirvieron para nada y que nos costaron y nos siguen costando un dineral, mientras lo mejor de nuestra juventud sanitaria sigue con el contrato basura o mira ya al extranjero, donde sabe de sobras que la consideración laboral suele ser diferente. En algunos aspectos, veinticinco años después, la vida sigue igual, como cantaba Julio Iglesias…
Al ver a este triste doctor Rafael, protagonista de la novela, muchos dirían que anduvo a bandazos. Tal vez. O quizás, pidiendo mil perdones por osar compararlo con el clásico, sólo tenga algunas cosas en común con Hamlet: dudas, demasiadas dudas. La búsqueda del propio camino. La cuestión es que, aún sin abandonar las amistades peligrosas, nuestro personaje se va a internar en su laberinto personal e intenta colaborar en lo que puede con esta Revolución de Octubre, detectando ahí cierta honradez de principiosY ahí tocamos otra de las comparaciones favoritas de la novela. Pero, de nuevo, me niego a ser más explícito. Ahí queda. ¿El resultado? Léanlo. El previsible. Lo que dan de sí los cambios bruscos de timón. Sólo que, entre unas cosas y otras, van pasando los años y, de los ideales de antaño, poquito va quedando, ¿Verdad?

Hoy quiero compartir con vosotros el largo camino emprendido para aclarar todas estas dudas:

¿Cómo es uno de mayor utilidad? ¿Siendo un empleado obediente y callado de un Sistema a cuya cúspide se supone buena voluntad y sabiduría? ¿O un díscolo protestón posicionado frente a una organización calificada como monolítica incluso por gente muy comprometida con la misma?

Sé bien que algunos piensan que hay una tercera opción: integrarse en el Sistema a intentar introducir tus puntos de vista al modo del condimento que penetra en los buenos guisos. Hoy tengo que confesar que, en alguna medida, esta novela es el resultado de mi experiencia en ese intento. Tal vez me faltara una dosis suplementaria de paciencia para soportar sus interminables reuniones. O quizás sea preciso aprender un poco de diplomacia. Pero también puede que sea verdad el rumor que va camino de convertirse en clamor: que puede sugerirse que el gobierno de nuestro Sistema Sanitario Público es reticente a asumir las percepciones, experiencias o contribuciones de su periferia. 

Termino ya y quiero dejarles una idea clara. Esta obra no va contra nada ni contra nadie. Es la historia de un reencuentro, de una reorientación. Después de veinticinco años y a mitad de camino, podemos y tenemos que buscar un sentido a lo que hacemos porque es importante. Probablemente, entendiendo que éste sí es un país para pacientes, vendrá por añadidura que forzosamente es un país para profesionales sanitarios. Pero profesionales sin miedos a la amenaza más o menos velada. Profesionales expresando su opinión. En una organización vertebrada de arriba abajo, pero también de abajo arriba, prescindiendo de grasa inútil o ruido de fondo que sólo contamina y no enriquece. 

Por último, me gustaría intentar ser justo y citar aquí y ahora a algunas personas con las que estoy en deuda en este proyecto. 

Gracias a Alfonso Pedrosa por su atención sobre la obra y sobre mi persona. Ha sido el inicio de una relación personal estrecha y de una complicidad enriquecedora y divertida. 

Gracias a todas y todos los que me acompañasteis desde el principio. A todos los que me dijisteis que así no. A los que me llevasteis de la manita. Porque en esto de escribir, no soy más que una criaturilla que da sus primeros pasos y tropieza. Gracias por supuesto a la atención de Ruth y de Ismael, de Anantes, que han evitado que la obra quedase perdida en Internet.

Sin esta tropa conmigo, nunca habrían caído los muros de la fortaleza más dura: la que llevo dentro de la cabeza; mis miedos, mis resistencias, mis “no puedo”, mis “es imposible”,  mis “no sirve de nada”. A todas y todos, gracias. 

Eso es todo, tengan mi más sincero agradecimiento por su presencia y su paciencia.


K.O.L. Líder de Opinión, de Federico Relimpio Astolfi, editorial Anantes. Solicítelo en su librería más próxima o directamente a través de Anantes  o de sus librerías asociadas:

PUNTOS DE VENTA:
Librería Nuño. San Luis, 83. 41003. Sevilla. España.
nuno@librerianunoeditorial.com
La Extravagante Libros. Alameda de Hércules, 77. 41002 Sevilla. Teléfono 954900816
laextravagantelibros@yahoo.es
Molino de Cienta. Avda. Emilio Lemos (Edificio Realengo). Sevilla. Teléfono 954440970
elmolinodecienta@yahoo.es
Yerma Librería. Calle José Recuerda Rubio (frente al IES Murillo al lado del Edificio Viapol). Bloque 5. 41018. Sevilla. 954923238
yermalibreria93@gmail.com
Un Gato en Bicicleta. Calle Regina 8A. Sevilla. 955295651
ungatoenbicicleta@gmail.com

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies
error

¿Te gusta esta web? Suscríbete y difunde