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Manuel del Valle presenta a Federico Relimpio (Ateneo de Sevilla, 25 de abril)

Presentación realizada por Don Manuel del Valle Arévalo (alcalde de Sevilla entre 1983 y 1991) a la novela K.O.L. Líder de Opinión de Federico Relimpio Astolfi (Excmo. Ateneo de Sevilla, 25 de abril del 2013):

Hace algún tiempo nuestro amigo Federico Relimpio Astolfi me sorprendió hablándome de sus aficiones literarias, y me confesó que, incluso, había escrito una novela. Por entonces era solamente un sueño encerrado en un cajón, o mejor dicho, tras la clave alfanumérica de un ordenador. Era un original que, como en los tiempos felizmente pasados, circulaba de manera casi clandestina por Internet.

Me la envió, la leí, y me llamó poderosamente la atención la osadía del personaje que no había esperado a jubilarse para poner a gran parte de su profesión literalmente a caer de un burro. El autor dejaba al descubierto una intrahistoria de la Medicina tan antigua como la existencia de los laboratorios farmacéuticos.

Porque ustedes convendrán conmigo que, en Sevilla, el que se decide a decir lo que piensa, no es que sea un impertinente, un inconsciente o alguien sincero. Es simplemente un suicida.

Sin embargo, se había atrevido a escribir una novela en una ciudad en la que, alguien que la conocía muy bien, como Manuel Chaves Nogales, dijo: “en Sevilla, de la vida intelectual no nos queda más que lo que les resta, ya al final, a las religiones viejas: la liturgia.”

Sigamos, pues, con la liturgia.

Pasó el tiempo, y un buen día me preguntó si entre mis conocidos había algún editor capaz de poner la novela en los escaparates de las librerías. Repasé el listado de mi agenda, incluso nos entrevistamos con alguno conocido, pero no hubo suerte. Al cabo de casi un año, el autor me llamó para darme la buena nueva: había encontrado editor y necesitaba un abogado.

No hacía falta. Salvo algún pequeño inciso para su mayor tranquilidad, el contrato de edición no tenía mayor problema. A continuación, nuestro amigo, el autor, me pidió que hablara en este acto, cosa que, en el acto, yo también acepté.

Siempre es difícil hablar de un amigo, lo mismo sea para bien que para mal. Si es para bien, como en el juego de las siete y media en “La Venganza de Don Mendo”, se corre el riesgo de pasarse, y ay de ti si te pasas…; o de no llegar a satisfacer el ego del amigo, y si no llegas es peor.

Reconozco, para empezar, que de mi amigo Federico lo desconozco absolutamente todo, salvo lo que dice la contraportada de su novela, y lo que se puede encontrar en ese gran ojo que penetra en toda nuestra vida, que es “Internet”.

Premio Extraordinario en muchas cosas, Mejor Expediente Universitario de su Promoción en Medicina, eminencia en su especialidad de Endocrinología, etc. Pero no son precisamente estas cualidades las que yo más aprecio en alguien. Para mí son más importantes otras señas de identidad. Aquéllas que a alguien lo hacen “Persona” con mayúscula.

Por tanto, sólo puedo comentar las conjeturas que hace un paciente diabético como yo (y como casi todos los que él procura mantener en este mundo) de las conversaciones que mantenemos al final de la consulta, y ello, en las dos ocasiones que nos vemos cada año.

Pero esas dos veces cada año dan para mucho, sobre todo si se es observador (ambos lo somos) y se sacan conclusiones lógicas de esas conversaciones sincopadas por las prisas, y el afán de intentar abarcar muchos temas en muy poco tiempo.

Para empezar, y como una declaración de principios, a Federico no le cuadra aquella frase que se atribuye a Don Miguel de Unamuno de “sevillano fino y frío”. Nuestro personaje es un volcán en permanente erupción, comprometido con lo que hace, con una pasión que lo lleva a la compasión.

Pero compasión no entendida en el simple sentimiento más superficial de caridad o de piedad hacia otro, sino en toda la profundidad que tiene la palabra latina de la que procede: “cum-passio”, padecer con otro, o junto a otro; o bien, ya que estamos con la etimología, una compasión en la vertiente griega, “simpateia”, que es la capacidad de involucrarse en los problemas de otro.

Yo diría, en otra faceta que creo haber descubierto en él, que es un obseso de la perfección, a la que pretende llegar en un proceso de anarquía también perfectamente controlada.

Si Federico hubiera nacido cien años atrás, a estas alturas de su vida, hubiera disfruta, creo yo, siendo un médico de pueblo. Pero médico de pueblo de aquéllos que conocían a todos sus pacientes desde su nacimiento, porque habían asistido a los partos del pueblo a falta de matronas. Y que tenían tu historial clínico en la cabeza y no en un ordenador.

Me contaba mi abuela Zamudio, de Setenil de las Bodegas, cómo en la rebotica de la farmacia del lugar, allá por los finales del siglo XIX, se reunían el médico, el maestro, que era mi abuelo Manuel del Valle, el boticario y, a veces, el cura, para comentar los rumores sobre las andanzas de los partidarios de Cánovas o de Sagasta en una lejanísima Madrid. O los asaltos de la supuesta “mano negra” a los cortijos de la serranía de Ronda.


Aquéllos eran médicos que hacían medicina para las personas a base, muchas veces, de fórmulas magistrales sin patente conocida, pero que normalmente sanaban, si es que estaba de la mano de Dios.

Aunque Federico sí que tiene una tertulia. Pero una tertulia del siglo XXI, en la que a través de ese invento diabólico que es la informática se comunica con todo aquél que quiere oír “su verdad”, pero su verdad en el más amplio sentido machadiano, no imponiéndosela a otro, sino invitándolo como hacía Don Antonio: “la verdad, vamos juntos a buscarla, la tuya, guárdatela”.

Y habla a través de un tonto, “El Tonto de Santa Justa”, que es el personaje literario que utiliza para decir, públicamente, sus verdades, y compartirlas con todo aquél que las quiera oír y entender. Y es que, como se suele decir, los tontos, los locos y los niños son los que dicen siempre la verdad.

En aquellas historia de Christian Andersen, “El Rey Desnudo”, solamente un niño del lugar se atrevió a gritar la verdad en medio de la avaricia del sastre, la hipocresía de los cortesanos, la estulticia del Rey, y el papanatismo del pueblo. “Pero si el Rey va desnudo”, dijo. Y toda la gente se rindió ante la evidencia  que sólo el niño se había atrevido a poner de manifiesto.

Nos hacen falta muchos locos, niños o tontos, de Santa Justa, de Santa Rita, o de Santa Rufina; que en esta ciudad somos muy dados a santos y cofradías. Y nos hacen falta esos tontos, o niños, para que nos griten la verdad en medio de la plaza del pueblo, o en medio de esa plaza de aldea global que es “Internet”.

Nuestro médico, se transforma aquí en un agitador intelectual. El Tonto de Santa Justa, o Federico Relimpio, nos traslada sus pensamientos, sus desengaños, y sus desencuentros, en esos escritos que provocan la respuesta del lector, y el diálogo con el discrepante.

En su tribuna virtual no hace sino la misma representación que los griegos en el “ágora”, pero en el siglo XXI. El maestro sugiere, plantea los temas de debate, y los concurrentes participan en la discusión mostrando sus acuerdos, o rebatiendo al maestro. Es la “paideia“, la introducción al conocimiento, mediante el debate de temas concretos, a través de la dialéctica y de la demostración lógica.

En estas proposiciones, el Tonto destila cierto desencanto. Los sueños, o no se han hecho realidad, o más bien, las personas que representaban esos sueños no alcanzaron a satisfacer nuestras esperanzas.

Pero el Tonto, o mejor dicho Federico, sabe, o al menos así lo espero, que el fallo no está en las ideas o en el sistema, que es el menos malo de los conocidos, sino en las personas que las encarnan y las aplican. Y sabe, que también son culpables aquéllos que nos mienten en sus noticias, o magnifican los errores o los delitos que se comenten por algunos, no por todos, o bien nos ocultan las actividades realmente criminales de aquéllos a quienes, además, les debemos pagar sus fechorías.

Hubo una generación, hace ya algún tiempo, que insufló ilusión y entusiasmo a mucha gente, incluso al Tonto de Santa Justa; y ahora hay muchas personas sumidas en la desconfianza y, a veces, en la desesperación, porque otras generaciones no respondieron a las expectativas. Espero que Federico, a través de su personaje, nos ayude a encontrar de nuevo el camino, sin tener que llegar a decir como el filósofo: “no es esto, no es esto”.

Y es también en este “ágora”, junto con otros varios foros incluido el literario, donde nuestro autor desnuda ese tenebroso mundo de las multinacionales farmacéuticas. Medicinas novedosas, que no lo son. Simples placebos, que se publicitan como si fueran “El Bálsamo de Fierabrás” para venderlos a precio de oro y, sobre todo, una maquinaria bien engrasada que nos tritura en su particular engranaje.

Pero también en esas noticias informáticas de nuestro peligroso “Gran Hermano”, he visto a Federico Relimpio, como un Quijote del siglo XXI, megáfono en ristre, y bata blanca, a las puertas de un ambulatorio, alanceando a los poderosos molinos de la administración. Me hubiera gustado oír la soflama dirigida a sus compañeros de profesión, en medio de la calle, como un sindicalista antiguo, fiel creyente de la defensa, no de los privilegios de clase, sino del derecho fundamental de la sociedad a una salud pública simplemente decente.

Federico encarna aquí, para mí, una larga tradición de Relimpios, médicos, científicos, catedráticos, creadores de servicios municipales de salud. Sobre todo médicos. Siempre en defensa de la salud pública y los derechos de los ciudadanos, desde la perspectiva de una burguesía liberal.

Entre estos Relimpios hubo uno, médico también, José Luis Relimpio Carreño, que pagó con su vida la defensa que hizo del orden constitucional republicano, y por su dedicación al auxilio de los obreros como Delegado de Trabajo en Sevilla.

Es curioso, y hago una pequeña disgresión: en esta época a la que me acabo de referir, hubo también otros médicos en la vida pública de la ciudad; dos de ellos Alcaldes de Sevilla (Don Horacio Hermoso Araujo y Don José González y Fernández de Labandera), y otro médico Presidente de la Diputación Provincial (Don José Manuel Puelles de los Santos).

Todos ellos acabaron igual, y por el mismo motivo. No hace falta aclarar el por qué, ni el cómo. Ten cuidado Federico, porque la defensa de los derechos ciudadanos, en su más amplia consideración, parece que trae funestas consecuencias. Y ya que eres un buen aficionado al cine, acuérdate de aquella película titulada El Jardinero Fiel” y de lo que algunos son capaces de hacer.

Por todo ello, me imagino tu alegría ante esa sentencia de India denegando la patente de un nuevo fármaco que nada añadía al preexistente del mismo laboratorio, y que me hacía recordar unas consideraciones de el Tonto de Santa Justa, creo que de 2011.

Y llegado a este punto, con permiso de Don Federico Relimpio Astolfi, me voy a meter en un jardín. Sé que esto es solamente la presentación de un amigo, como he dicho, casi desconocido. Sé que después de lo que voy a expresar, tienes todo el derecho a decir que no es verdad. Pero es el riesgo que corres al pedir a otro amigo, casi desconocido, que te presente.

Pues bien, después de todo este recorrido personal y familiar, no sé por qué, te veo más Relimpio que Astolfi, sin desmerecimiento para ninguna de las ramas que en ti confluyen. Es una simple percepción.

Perdona Federico. Porque ésta ha sido, quizás, una presentación un tanto deslavazada del autor de la novela, producto de las nueve u ocho veces que, en nuestra vida, nos hemos visto en tu consulta del Centro de Especialidades de la Seguridad Social.

Es una presentación en base a intuiciones y percepciones, que me han llevado a la consideración que de ti tengo, y que podría resumir aplicándote los versos de Don Antonio Machado, cuando, en una estrofa hace su retrato; pienso que, como él, tú también podrías decir:

Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,
Pero mi verso brota de manantial sereno;
Y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,
Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.”

Pero, como también decía Umbral, “aquí hemos venido a hablar de mi libro”, de tu libro, es magnífica novela en la que se ponen al descubierto esas tramas, en algunos casos siniestras, que intentan administrar nuestra salud sin dar la cara, pero hurgando en nuestros bolsillos.

En esta su novela, el autor cree haber expulsado a sus particulares demonios, como nos dice al final de la obra por la boca de su protagonista. Espero que no, Federico. Espero que la nómina del infierno, como la del Servicio Andaluz de Salud, sea tan extensa que te queden muchos compañeros de Belcebú por expulsar y por tanto, muchas novelas que escribir como mágico pretexto.

Por otro lado, entre el cielo y el infierno, estoy seguro que este último lugar debe estar lleno de historias de personajes mucho más interesantes que en ningún otro sitio. Siempre me han llamado más la atención las historias de réprobos y depravados, que la vida de los santos, que suelen ser mucho más aburridas.

Pero, en fin, hablemos de tu libro, Federico.
Sevilla a 25 de abril del 2013.
Manuel del Valle Arévalo.

K.O.L. Líder de Opinión, de Federico Relimpio. Solicítelo en su librería más próxima o directamente a través de Anantes o de sus librerías asociadas:

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