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Despedidas profesionales y otros sentimientos.

Jornada extendida hoy. Entrada 8:30 y salida 20:00 horas. Tiempo de sobras para hablar con los residentes. En especial, con el que sale. Me gusta la gente joven. Me veo en ellos, siento con ellos. Recuerdo como veía yo el mundo a aquella edad. Ha cambiado, pero no tanto.

La tarde ha sido desahogada y permite profundizar. ¿Cómo te lo planteas? La cosa está como está, para que intentar verla de color de rosa. Cuando terminé, hace tantos años, tampoco atábamos los perros con longanizas, ni mucho menos.

Siempre me reprocho por transmitir mi decepción profesional a los jóvenes. A su edad, me engañé. Pensé: «esto va a cambiar». Y cambió, pero poco y mal. Aquí estamos. Intento que veamos lo bueno de ese cambio: su mundo es mucho más amplio; no tienen que pensar forzosamente en esto y aquí. Internet – que sólo balbuceaba cuando yo concluí la residencia – ofrece todo un abanico de posibilidades y si bien aquí las cosas no van del todo bien, veo la materia de la que está hecha mi chavalería y pienso: «venga, vivid vuestra propia historia, tened vuestro propio desarrollo… Es preciso que contéis vuestra propia versión, que la hagáis a vuestro modo y medida… Aquí y ahora hay poco y malo, pero hay mucho en otros lugares… ¡Salid a buscarlo!»

Hace unos días, en la presentación de mi primera novela en el Ateneo de Sevilla, tuve que admitir en público que «veinticinco años de profesión dan para mucho. Incluso para llegar a plantearte si has elegido la profesión equivocada en el lugar y momento equivocados.» 

Hoy tengo que confirmar estas impresiones. Las jubilaciones de los médicos de Madrid no han hecho sino apoyarlas. Y no es nada nuevo, la actual consejera de Salud de Andalucía, recién elegida, tomó una medida similar.

Pero lo que me entristece, ahora, son las formas. Personas que en su mayoría se creyeron eso de la dedicación exclusiva, que crearon servicios y unidades, que se dejaron la piel y salud en peleas con insensibles gerentes para defender unas prestaciones decentes, son enviadas a su casa con la frialdad de una misiva en la que se les dice, sencillamente, que no son necesarios. Que cualquier erre cuatro hace lo que ellos hacen. Que ale, a cuidar de tus nietos, si los tienes.

Yo, a mi residente – como a ustedes -, les dejo el mensaje de mi novela… ¿Qué me queda del ejercicio profesional a mis cuarenta ocho, viendo cómo las gastan los de arriba y lo que soy y significo?

Pues me queda el día a día. La sonrisa de alivio de la joven preñada cuando le digo que esa TSH de 4.6 microUI/ml se corrige con una simple pastillita y que lleva dentro una criatura que – por este motivo – no va a tener tara alguna.

También me quedan mis resis. A ellos no les puede faltar la esperanza. El resto me va mereciendo ya poco la pena.

K.O.L. Líder de Opinión, de Federico Relimpio. Editorial Anantes.


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