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Juventud y Precariedad: Mal Sistema en Medicina

Hace cuarenta y ocho horas, El País nos pretendía sorprender con una noticia que, a la vez, era reportaje express: una profesión, la médica, hecha precaria.

La medicina española tiene cara de mujer joven, precaria y agobiada. Valiente novedad. O para espetarle a El País el viejo dicho: “¡A buenas horas, mangas verdes!”. Como diciéndole: “¿Ahora te inclinas sobre el problema?”.

Dice mi correligionario y amigo Javi Padilla que no seamos corporativos ni nos rasguemos las vestiduras: que normal es que la precariedad sea norma en una profesión que pretende curar a un país enfermo de precariedad, a todos los niveles. Un país cogido con alfileres. Un país que solo da por seguro que mañana abrirá sus puertas El Corte Inglés o Carrefour, que el hospital público no sabemos.

Algo de razón lleva, el hombre. Aunque yo no lo vea así, exactamente. Por ejemplo: no me suena que haya precariedad en la Guardia Civil, ni en el Ejército de Tierra. Que a lo mejor sí la hay, y no me he enterado.

Yo siempre me pregunté, y pregunté a quienes saben cómo fue esto de la precariedad progresiva, si fue azar o mala leche. Cómo fue que en los setenta oposiciones había cada dos años, y luego las fueron espaciando. Y nos fuimos aguantando, sin más. Era lo que había.

Es lo que venía yo comentando en tuíter: en nuestra ingenuidad, tendimos a confiar que los de arriba eran buena gente, y que alguna razón poderosa tendrían para retrasar las oposiciones.

Las décadas posteriores vieron reemplazar las oposiciones por los concursos-oposiciones. Lo importante era meter la cabeza como interino como fuera, a acumular puntos spar. Luego, a los diez o doce años, venía eso, un concurso oposición donde el examen más brillante era laminado por el paciente acumulador de puntos local, que había estado en el lugar oportuno y en el momento justo. Fundamental para no deshacer los desequilibrios ecológicos endogámicos que sustentan la medicina española, fundamentalmente la hospitalaria.

Luego vendrían sagaces inventos como el contrato por perfil y otros inventos para traerte exactamente al candidatos deseado por encima de otros que se aburrían en la bolsa de parados.

De fondo, muchos problemas – sin ser exhaustivo -: en primer lugar, que el modelo funcionarial gusta a pocos, y sirve menos. Que blinda sí, y protege frente al déspota. Esa es su gran ventaja. Y su gran rigidez. Esclerosa las instituciones sanitarias como una coraza de cemento. Trabaja el que quiere en lo que quiere; puro voluntarismo. Cobra igual el vago que el currito, y la carrera profesional no pasa de pantomima, qué quieren que les diga. Lógico que las administraciones retrasen cínicamente la consolidación: el jovencito precario aterrorizado es dúctil, manejable: “lo que usted quiera, señor”.

Claro que, quita el blindaje funcionarial, y vuelve el feudogilismo político, pero aplicado a la medicina. Ahora mismo tenemos un sistema rígido-funcionarial-sindical. Y funciona, con dificultades. Ahora quítalo, que se contrataría… ¿Al bien conectado con la mafia político-sanitaria local? ¿Al que garantiza un sí-bwana permanente y además te saco el perro a pasear por las mañanas? España es un país demasiado instalado en el nepotismo, el oscurantismo, la prevaricación y el “porque lo digo yo” como para dar saltos en el vacío.

Funcionariado en medicina: la base de la medicina basada en el cabreo, como escribí recientemente (no le gusta ni a la gente, ni al profesional, ni a la clase gestora), base de lo descrito en mi novela KOL Líder de Opinión. Pero es muy difícil concebir nuestro Sistema de otro modo, sin que revienten las costuras – más de lo que lo hacen ya -.

Y la médica joven, precaria y agobiada, no da más de sí, aviso a navegantes. Estamos ante un cambio de paradigma, sin el que el Sistema vivirá una verdadera implosión. Más enfermería, más domicilio, más atención centrada en el crónico, más cuidados, más humanismo y menos todo lo demás. Y todo, todo, muy conectado con la tecnología – buena tecnología, se entiende -, que los nervios descansen.

Cuídenlas, que a más de una le puede dar por tirar la toalla. Cuídenlas que el cinismo gestoril no mola, que no hay quien lo aguante. Que la precariedad no es inevitable, y estas son oro. Oro para el paciente-ciudadano. Para la Salud de la gente, ajada por la falta de continuidad de los equipos y las personas. Fastidiada por encontrarse una sucesión de caras y de criterios sin hilo conductor. Como tuve ocasión de discutir con Javi Padilla, la precariedad en Sanidad Pública es un problema que repercute mucho más allá de las condiciones laborales del propio trabajador. Repercute en la calidad del trabajo de este y, por tanto, en la Salud del ciudadano. Justamente de aquel que depende del Sistema Público para su atención.

Erradicar la precariedad de los sanitarios es una medida humana. Y progresista. Hacer el bien, vaya. El bien para todos.

Federico Relimpio

@frelimpio

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