A estas horas, casi todos lo saben ya: Manolo del Valle nos acaba de dejar. Para los que estábamos cerca, no ha sido una sorpresa. La enfermedad lo enganchó en noviembre y, esta vez, el golpe fue mortal.

A la hora de partir, podría escribir de Manolo de muchas maneras, y de casi todas lo haría mal. Podría hablar del alcalde de Sevilla de aquella Expo-92 que se curró, pero que no pudo inaugurar. Podría glosar su trayectoria institucional o de partido. Pero todo eso lo harán otros, y lo harán bien. Me siento al teclado a comentar cosas que viví de primera mano. Con él y a través de él.

De entrada, anden tranquilos los puristas de la relación médico-enfermo y la confidencialidad. Si me atrevo a hablar en público de nuestra relación profesional es porque él lo hizo muchas veces, en contextos muy diferentes.

Se inició nuestra relación a iniciativa de Fernando Villamil, mi antiguo jefe y concejal del PCE, hace más de diez años. Y me pasa que, con algunos pacientes, la consulta se convierte pronto en el lugar donde se intercambian impresiones que exceden a lo estrictamente médico. De algún modo, se me adivinan inquietudes y curiosidades. Fue así con Manolo, y fue el comienzo de una relación de amistad, de la que me honro en público, a través de estas líneas.

Con Manolo del Valle aprendí mucho y bien acerca de los vericuetos de la política. O, mejor dicho, de la política de una época tristemente pasada en que uno podía discutir con acritud en el pleno del Ayuntamiento, y terminar tomándose copas de madrugada con su oponente. Aprendí a valorar lo inmenso de la obra de la Transición con “T” mayúscula, y a lamentarme de los excesos verbales de los niños que nacían en aquel mismo momento y que despreciarían después aquella obra titánica que les permitiría soltar todo tipo de excesos verbales, incluyendo que sus mayores lo habían hecho todo mal.

Sabedor de mis reticencias contra la gestión sanitaria del PSOE de Andalucía, Manolo se empeñó en presentarme al PSOE de otros tiempos y otras personas. El PSOE de otro discurso y otros hechos. Un PSOE de gente válida y formada capaces de formar parte, dirigir y defender un proyecto constitucional y autonómico. Pero, a la vez, no dudaba en transmitirme su decepción con los tiempos modernos y la segunda generación, donde la formación y el compromiso dejaban paso al personalismo y las penumbras en cuanto a la gestión. Algo de ello dejó dicho en sus últimas entrevistas, de las que recibió un estruendoso silencio orgánico por respuesta. Entonces, solo era alguien para los próximos. Pero los próximos le considerábamos muy alguien.

Manolo del Valle intentó enseñarme a medir la palabra, y ahí ando todavía, con la lección medio aprendida. No le recuerdo un taco o un exabrupto. Lo acompañé a la Casa Grande, que seguía siendo la suya, tantos años después de ceder el bastón a Alejandro Rojas-Marcos. Me impresionó verlo entrar y ser saludado por los agentes más veteranos de la Policía Local. Pero no como se saluda a un gerifalte, sino con la sonrisa distendida con la se recibe a alguien de casa, alguien de todos los días.

Pero el tiempo fluye de modo inexorable, y nos acerca al fin de la vida. Hace año tuvimos un susto, del cual hubo completa recuperación, afortunadamente. Me cupo, en noviembre pasado, la obligación de interpretar nuevos síntomas al teléfono. En menos de 24 horas tendría el diagnóstico cuyo desenlace acabamos de conocer.

Para mí, Manolo vive en mi memoria, no es fotografía ni recorte de prensa. Es charla, sonrisa, experiencia, libros compartidos, paseos y luz sobre tantas cosas. Podría terminar con el “Descanse en Paz”, pero creo que paz ya tenía en abundancia. Nos la comunicaba a todos los demás.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor