Día tres, población confinada. Estamos en lo peor. Lo más negro. Ni siquiera sabemos cuántos enfermos tenemos. Cualquier cálculo es aproximado. Me sonrío cuándo leo en la prensa 13716 contagios, con esa exactitud. El secreto, para no perderse, son las dos palabras que preceden a la cifra: «al menos». Al menos 13716 contagios. Que por ahí debe andar la cosa. Que igual son 15232. Porque cualquier estimación es aproximada.

Esta ola negra nos ha cogido en el primer mundo — dicen — pero con cosas de segunda división — los de Sevilla estamos acostumbrados a ello —. Sin mascarillas, ni guantes. Sin capacidad de fabricarlos de la noche a la mañana. Y sin capacidad de traerse los kits de diagnóstico para establecer con certeza quién tiene el virus y quién no. Lo cual es particularmente crucial, especialmente para el ejército sanitario profesional.

Día tres, y estamos en lo peor, decía más arriba. En lo más negro. Haciendo lo correcto, pero con los contagiados y los infectados subiendo de día en día. O eso nos imaginamos por estimadores indirectos ya que, lo que se dice contar, está complicado. Pero sabemos, por ejemplo, cómo va lo de las UCIs y los respiradores. Y cómo va lo de los fallecidos (descansen en paz; y a sus familiares, expresar nuestro pesar). Ahora luchamos denodadamente por no ser un remedo de Italia ya que no pudimos serlo de Corea del Sur, pese a que la población y la capacidad económica es similar.

Estamos en lo peor; por tercera vez lo digo. Porque así estaremos unos días más hasta que el número de fallecidos e ingresados empiece a menguar. Hasta que los kits de diagnóstico lleguen (¿llegarán?) y hagamos cuentas exactas de lo que tenemos y lo que no. Hasta que sepamos más acerca de la inmunogenicidad del virus. La individual y la colectiva. Y si existe la reinfección. Cosas de la que no sabemos nada. Para prever no solo la salida, que saldremos, sino un otoño que puede ser terrible, donde nos encontraremos con la vuelta del virus con segundas o terceras mutaciones. Este infierno se nos mete en 2021 y nos cambia profundamente nuestra relación con el mundo, con la medicina y con nosotros mismos.

Pero, en lo peor, veo un comportamiento cívico digno de encomio. Lo dije anteayer y lo reafirmo hoy. Mi actividad asistencial, mi horario laboral, son los mismos, pero convertidos en telefónicos. Una experiencia novedosa. Por ahí recibo a diario muestras de afecto y compresión. Cuando le digo a alguien que le voy a pedir un TAC de cuello y tórax, la buena señora contesta: «¿cuándo será eso, doctor»?». Se le explica que todo está supeditado a las necesidades del momento y encuentra uno una aceptación sorprendente. Es curioso: se trata de la misma población que hace apenas un mes necesitaba campañas de concienciación contra la agresión al personal sanitario. Parece que este «estado de guerra» nos acaba de cambiar lo que decimos coloquialmente «el chip». La despedida, siempre, como a un soldado reclutado para la trinchera de Verdún: “¡mucho ánimo”, “¡ustedes se lo merecen todo!”.

No sé a qué volveremos cuando la ola pase. Es probable que, cuando esta desgracia colectiva complete su curso maligno, los que queden en pie se miren extrañados. Y, como cuerpo social, redefinan sus relaciones de otro modo. Porque no sacar lecciones de esta experiencia común irá, sin lugar a dudas, mucho más allá de lo preocupante. No reflexionar, no aprender nos entregará, por ejemplo, a la inconsciencia autodestructiva.

Y yo les dejo tras la pausa para la publicidad.

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Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio