Día uno de la peste. Prefiero lo de la peste, porque viene de antiguo. La vivieron mis abuelos, en el 18. Y antes, sus abuelos. Y así, hasta el infinito. Hubo una cada dos o tres generaciones. Pero ahora tenemos una encima. Una de las gordas, según parece.

Le he puesto el día uno, por fijar un día. Es lunes, y tenía curro. Pero no era un lunes como los demás. Era el primer lunes del Estado de Alarma. El Estado de Alarma de la peste. Y eso, para mí, es nuevo. El país de la pandereta deja de tocar las palmas. O de tocarlas por gilipolleces

Era lunes, los niños en casa. Lo de niños es un decir: ya tienen una edad. Pero para mí siempre serán los niños. Que estén recluidos en casa es una lata, y podía decirlo con palabras más vulgares… Pero aquí están, y no es por vacaciones. Están porque se ha decretado el Estado de Alarma. Estado de Alarma por la Peste. Por ello, en mi ridículo poder literario, decreto que hoy es el día uno de la peste.

El Aplauso

Pasé el finde en casa, con ellos y con mis vecinos. Los primeros dentro y los otros fuera, aplaudiendo a las diez. Nos dedicaban el aplauso a todos los sanitarios, pero yo tengo que matizar. En este día uno, la trinchera tiene primera fila, segunda fila y varias filas atrás. Y la primera son las urgencias, las UCIs y las plantas hospitalarias. A ellos, pues, el gran aplauso. Un aplauso que no cese. Un aplauso atronador. Porque este país lleva décadas ignorando ese esfuerzo. Cachondeándose de él incluso, cuando uno se va a urgencias porque no coge el sueño o porque la novia se la pega con otro. Despreciando ese esfuerzo, muchos directivos o cargos intermedios que se resistieron o pusieron mala cara cuando sus adjuntos jóvenes o residentes se acogían al derecho a librar el saliente de guardia.

Hoy, este país les toca las palmas a las diez. Es de justicia. Sin embargo, muchos pensamos que el castellano tiene un giro para eso: «acordarse de Santa Bárbara cuando truena». Porque la ola pasará, y la mayor parte querrá volver a la normalidad, como si nada. Y, como le pasó a los héroes de Verdún, que salvaron a Francia en 1916, nadie se acordará de esos sanitarios agotados o fallecidos en la ola fatídica de 2020. Seguirán sometidos a la lógica de la arbitrariedad, la precariedad y la burocracia. Cumpliste con tu deber, nada se te debe pues. Conténtate con el aplauso, como los actores tras una buena función.

Sevilla, no. Tokio o Berlín.

Pero hay noticias buenas, en este día uno. Tras un mes de «ser o no ser», cogiendo la calavera, el gobierno se decidió por fin a coger el toro por los cuernos y tomó medidas, vaya que si las tomó. Que estos ojos vieron poner firme a la turbamulta autonómica, y querrían verlos más firmes aún. Hay, pues, nación para lo importante. Y, cuando de lo importante se trata, se cancela lo único que he visto funcionar en Sevilla con precisión matemática: la Semana Santa. Que esto pase es un índice de la gravedad de la peste. Mis ojos no lo vieron jamás, y que no lo vuelvan a ver nunca. La alegría del Mediterráneo y el desorden sureño dieron paso a lo estricto, lo exacto, la precisión y el orden. El todos a una. Vi un lunes a mediodía en la Avenida, que no parecía siquiera domingo de agosto a las cuatro de la tarde, con 46 a la sombra. Podría haber sido domingo de enero a las cuatro de la madrugada, con seis grados y lloviendo. Pero con un sol que ya lo hubiera querido el Cachorro para salir este año si la peste no hubiera dictado su sentencia. Una espantá como no la vieron los siglos.

Somos capaces, pues. Y si lo somos para lo que importa. Lo somos para mucho más.

Larga me salió la crónica del día uno. No sé si la habrá mañana. Porque los de la fila dos de la trinchera también podemos caer. Pero ustedes sigan aplaudiendo. A los de la fila uno, por supuesto. Y yo les dejo tras la pausa para la publicidad.

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Firmado: Federico Relimpio

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio