Si la pandemia que vivimos fuera una novela catastrofista, podría relatarse de muchas maneras. Por ejemplo, como relato de ciencia ficción, de armas biológicas. Una potencia emergente, deseosa de hacerse con el mundo, prepara el arma y la suelta en su propio territorio. Tiempo ha tenido de preparar su erradicación. Siendo una dictadura, no le es difícil. Y unos miles de muertos no incomodan a un régimen totalitario. Pero provocan un crash mundial vía pandemia, y permiten que el país donde se origina la cuestión compre el mundo a un coste bajísimo. Guerras modernas.

¿Les gusta la trama? Hay quien difunde bulos como este. Tienen una aceptación elevadísima. Sin embargo, podríamos optar por relatos mucho más realistas. O, al menos, más aceptados por puntos de vista solventes. Son ganas de vender menos, claro está.

Una pandemia terrible era algo esperable y esperado. Porque las mutaciones víricas son conocidas desde hace tiempo y porque el mundo contemporáneo está ampliamente interconectado. Millones viajan — viajaban, antes del coronavirus — de un continente al otro todos los días. Estas bombas biológicas no las crea un cerebro maligno; las fabrica la naturaleza. Nosotros solo le hemos puesto el avión y el aeropuerto. Que llega hasta la última pedanía del mundo, por cierto.

Lo que cambian son los terrenos donde cae la bomba natural. Puede caer en Taiwán, por ejemplo, donde un cierre inmediato de fronteras ha reducido el impacto a casi cero, pese a la proximidad del epicentro de la crisis. O puede caer en Corea del Sur, donde una reacción organizadísima y una población receptiva están sorprendiendo al mundo. O bien puede caer en el Mediterráneo latino, acostumbrado a la calle, la reunión, la fiesta y cierto escepticismo con las noticias y con lo que no nos afecta directamente.

Que así pasara en Italia puede atribuirse a nuestra idiosincrasia latina. Que nos pasara a nosotros, viendo el caso italiano, tiene delito. Porque, como dicen en Estados Unidos, de Italia a España, en términos globales, es como cruzar de una calle a la otra. Si bien podemos recuperar el clásico taurino de que «a toro pasao, todos somos Manolete», es el sentir de muchas voces autorizadas de que nuestras autoridades — y, sobre todo, la fragmentación de nuestras autoridades — anduvieron lentas e irresolutas en las primeras semanas de la pandemia.

Ante el problema, está el modelo Taiwán: el cierre de fronteras. El resultado está a la vista: la inmunidad nacional. Pero Taiwán es un chalet, por así decirlo. Puede bloquear la entrada, y listos. Nosotros vivimos en una comunidad de propietarios llamada Unión Europea. Caída Italia, no podíamos fingir que esto no nos afectaba. Si la peste afectaba a la planta baja, terminaría por contaminar toda la escalera.

Pero en el segundo izquierda — o sea, nosotros — mirábamos a otra parte. Gobierno nuevecito, los morados tocan poder por primera vez. Lloraban de la emoción — literalmente —. Se tenía que notar, y enseguida. Arrebatar la bandera del feminismo a una compungida Carmen Calvo y lanzar a toda prisa el anteproyecto de Ley de Libertad Sexual. Hubo tensión en Quintos de Mora, y los días sucesivos. En aquel contexto, a ver quién tenía valor de insinuar la suspensión de las manifestaciones del 8 de marzo. A fin de cuentas, en aquel momento en España no estaba pasando «casi nada» en relación con el dichoso virus. Era cosa de los italianos, un mar de por medio. De las manifas moradas a la contraprogramación oportunista de Vox, causa y efecto. Pero nadie con poder y responsabilidad que se atreviera a toser. Y nunca mejor dicho.

pandemiaEn epidemiología es muy difícil sentar cátedra sobre la causa y el efecto. Si pasó el tren y usted estornudó, y entonces su constipado es debido al paso del tren. Pero el análisis de las circunstancias propone que en la población española ya flotaba el virus y que las aglomeraciones del 8 de marzo pudieron actuar de facilitador del contagio. La reacción en cadena de las bombas atómicas. Como dicen tantos para explicar estas crisis: matemáticos, más que médicos. La reacción exponencial.

El resultado a la vista es una Salud Pública Madrileña contra las cuerdas y un Estado de Alarma. Un número de infectados y muertos en rampa y el previsible colapso de las urgencias hospitalarias la semana que viene. Sin contar con las bajas sanitarias, que serán difíciles de reponer, en un Sistema Sanitario debilitado por décadas de gestión obsesionada por la eficiencia y sin planificación adecuada de recursos humanas. La tormenta perfecta.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor

Twitter: @frelimpio