«Enterrar a los muertos y dar de comer a los vivos». La frase tiene su historia; enseguida la explico. Ahora se nos queda un poco corta. Habría que intercalar atender — bien — a los enfermos. Y proteger — mucho — a los sanitarios.

Coronavirus. La emergencia nos arroja cifras y sufrimiento. Enfermos sin ver a los suyos. Gente sin poder enterrar a sus muertos. Imágenes de sanitarios desbordados, agotados, enfermos, crispados. Algunos de ellos mueren, finalmente. Todos ansiamos ver la confirmación de ese «pico» de casos y muertos que nunca llega. Que se atrasa, un día y el otro. Que nos mantiene en una meseta infernal de UCIs y hospitales reventados, y de una población confinada en casa, preguntándose «¿hasta cuándo?». Y rogando que esta peste no toque a los suyos. O si lo hace, que la cosa sea leve.

Observamos, sin embargo, unas cifras que revelan poco. Y revelan poco porque el número de contagiados «confirmados» depende de nuestra capacidad de realizar el test, algo que ha estado en cuestión en nuestro país desde el principio. Hemos realizados pocos tests — no entro en el porqué —. Por tanto, no sé cómo interpretar la cifra de 94417 casos «confirmados» en España (hasta hoy 31 de marzo). Las estimaciones indirectas indican que el número real de contagiados podría ser diez a veinte veces más elevado.

Podríamos centrarnos, por tanto, en el número de fallecidos, pero también esta cifra arroja dudas. Porque las 8269 muertes atribuidas al coronavirus hasta la fecha podría representar también una infraestimación grosera. A muchos fallecidos no se les determina la enfermedad y, por tanto, no cuentan en las estadísticas oficiales.

No sabemos hasta cuándo llegará esta primera ola — habrá una segunda y, a lo mejor, una tercera —, y cuándo será aconsejable relajar el confinamiento. Lo que leen: relajar, que no eliminar del todo. Porque el virus ya está con nosotros, y permitir los festejos multitudinarios del verano podría ser suicida. Esperaremos la segunda ola, en otoño. Que ojalá nos coja preparados de material y personal.

Pero el problema será el año que viene, el otro y el de más allá, pasada la pandemia global. Rescato la frase magnífica del Marqués de Pombal tras el terremoto de Lisboa, en 1755: “enterrar a los muertos y dar de comer a los vivos”. Porque de eso se trata, tras la hecatombe.

Las cifras que estamos viendo en Estados Unidos son espeluznantes. El nuevo continente ha tomado el relevo, y está ahora a la cabeza de contagios. Y muy pronto lo estará en mortalidad. No son por azar los preparativos que se hacen hoy a toda prisa en Central Park (New York) para adecuarlo como un gran hospital de campaña. Y tampoco una conjetura las advertencias de Mnuchin (Reserva Federal) acerca del impacto económico de la pandemia en Estados Unidos: sin medidas especiales, el país podría tener que afrontar un desempleo del 20%.

Es importante destacar lo que esto significa para millones de ciudadanos estadounidenses. En un país acostumbrado a tasas mínimas de desempleo (respecto a las habituales en el área Mediterráneo) y sin Sanidad Pública como tal, las prestaciones sanitarias dependen en buena medida de pólizas de seguro ligadas al puesto de trabajo. La pérdida del empleo podría tener, por tanto, trágicas consecuencias para millones de estadounidenses que perderían la cobertura sanitaria y el acceso a las prestaciones. Muchos pacientes crónicos simplemente no podrían pagar su tratamiento y estarían en riesgo de empeoramiento significativo de su salud o incluso de muerte en un plazo relativamente corto.

De modo global, una gran-gran recesión sin mecanismos de solidaridad podría profundizar y prolongar el sufrimiento de amplias capas de la población. No podemos excluir ahora escenarios de tensión y violencia, así como de retrocesos significativos de las libertades y los derechos humanos.

Y, por fin, de modo circular, este desastre terminaría afectando de modo significativo a China, el lugar de origen. La dictadura china de partido único ha basado su supervivencia sobre su éxito económico. El abandono de la ortodoxia maoísta durante el mandato de Deng permitió la edificación de «la fábrica del mundo» y que millones de sus ciudadanos abandonaran la pobreza extrema. De lo expuesto más arriba, cabe deducir que el retroceso del volumen de ventas de esta enorme fábrica china a consecuencia una gran-gran recesión mundial será apreciable. Del mismo modo, cabe anticipar que el régimen chino trasladará esta pérdida de ingresos a sus clases trabajadoras. La reacción de las mismas dependerá de la magnitud de la pérdida de ingresos, de la prolongación de la misma y de otros factores impredecibles. Pero la ausencia de canales de protesta propia de una dictadura no facilita una solución pacífica.

La respuesta de la dictadura contra la agitación de sus trabajadores o la búsqueda de un conflicto externo para desplazar la atención son ahora el terreno de la hipótesis. Pero podrían trasladarnos de lo circular a la espiral.

Mientras tanto, más nos vale centrarnos en adaptar la frase de Pombal a los tiempos que corren: «enterrar a los muertos y dar de comer a los vivos».

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor

«Escapar del Paraíso»: la epopeya de un doctor que dijo NO. Porque las «misiones médicas» NO son solidaridad internacional, sino un negocio con mano de obra esclava. Novela de @frelimpio. No te pierdas los comentarios de los lectores. LINK: rxe.me/1707877033

Escapar del Paraíso