Es el Jueves Santo que habríamos debido tener. O el que tenemos, en confinamiento. No hace ni un mes de la declaración del Estado de Alarma por el coronavirus en nuestro país. Desde entonces, hemos vivido confinados, atados al parte de bajas, como si de una guerra se tratase, aunque rechacemos el término.

A los que hemos opinado acerca del tema, no se nos escapa la instrumentalización política del mismo. En una España polarizada, la versión nacional de esta tragedia mundial nos situaba ante la tesitura de optar por el colaboracionismo o seguidismo acrítico frente a entregarnos a posturas radicales que intentaban aprovechar la tesitura para socavar el prestigio del gobierno, con la declarada intención de provocar la inestabilidad institucional a corto plazo. En estas, han valido el bulo, la información descontextualizada y otras maniobras reprobables.

Es cierto que lo trágico de la situación no es el campo propicio para un debate sosegado. Los que, desde el principio, intentamos tejer un relato consistente — con nuestros errores y destejidos — no pudimos hurtarnos a estar ahí y recibir bofetadas. En buena medida, porque la trinchera nacional solo permitía dos bandos, como acabo de señalar. Solo la acumulación de datos y el inapreciable punto de vista externo permiten un parte — provisional, como todos — a la espera de que la primera onda del coronavirus amaine y podamos efectuar un recuento de bajas y daños.

Ha sido el principal caballo de batalla de muchos — también de mí mismo — el destacar lo inválido de las cifras oficiales a lo largo de este período. En un país sin herramientas diagnósticas — ese es otro debate: ¿por qué no las teníamos? — el recuento de contagiados era una falsedad desde el principio. Nos proporcionó una cifra demasiado baja — si tenemos pocos tests, a pocos podemos confirmar la enfermedad —, y nos llevaba a otra falsedad: que nuestro virus era de una elevada letalidad. Que el que lo cogía tenía una probabilidad relativamente elevada de desarrollar una enfermedad grave o morir. Y de ahí, dio pábulo a otra falsedad — falso es lo que se apoya sobre un dato falso —: la teoría genética de que españoles e italianos desarrollábamos una versión maligna de la enfermedad.

Pero se trataba del mismo virus, la misma enfermedad que los coreanos. Solo que no teníamos herramientas para diagnosticarla, y ellos sí. Se hubiera agradecido un poco de transparencia por parte de los comunicados gubernamentales. Un matiz. Algo así como: «el dato de contagiados no es fiable. Tenemos dificultad para realizar los tests a todos los que deberíamos». La sempiterna tendencia al paternalismo informativo.

Del mismo modo, han tardado en admitir la infraestimación sistemática del número de fallecidos. Que solo contaban como muerto por el coronavirus a aquel con un diagnóstico cierto. Pero había más, muchos más, entre los fallecidos a los que no se pudo practicar el test. ¿Cuántos? Aún no lo podemos saber. Lo sabremos, dentro de poco.

A muchos nos da la impresión de que a los responsables gubernamentales les tembló la mano antes de ser transparentes con el dato y, por tanto, de la correcta interpretación del dato. Porque, de ello, cabía colegir la verdadera valoración de la dramática situación que vivían algunas partes de España a final de marzo del 2020, especialmente Madrid, Cataluña, País Vasco y otras. Y las deficiencias advertidas en la protección de los trabajadores sanitarios. De todo ello se ha hecho eco, vergonzosamente, la prensa internacional. Remitiendo ineludiblemente a errores fatales — sí, el adjetivo aquí viene bien — cometidos por este ejecutivo a lo largo de febrero y principios de marzo, y admitidos veladamente por algunos miembros del gobierno.

El análisis retrospectivo muestra cómo el gran disparo de «contagiados» y «fallecidos» se sitúa a raíz de la fecha fatídica del 8M. El momento de las grandes manifestaciones feministas, y muchas otras cosas, sin lugar a dudas. Pero siempre cabrá la duda de que un ejecutivo consciente de lo que pasaba en Italia y en el mundo despreció la amenaza por el interés político de celebrar su 8M. ¿Podría haber sido de otro modo y tener hoy unas cifras más parecidas a las de Portugal, ahí al lado? Diez veces menos muertos. Se dice pronto.

(Publicado en la versión impresa del ABC de Sevilla el 10 de abril del 2020).

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor