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Los Trapos Sucios NO se Lavan en Casa

Hola Gloria;
Sigues sin hablarme. Y no te creas que te lo reprocho. Habiendo estado una ahí, pared con pared, habiendo convivido en tu espacio íntimo, yo también me enviaría a la hoguera, a la guillotina, a la checa, al gulag, donde consiguieran callarme, que no se me vea ni se me oiga. Damnatio memoriae, que decían los romanos, arrasar la casa, sembrar la tierra de sal.

No sé dónde os enseñan que, intramuros, no hay oposición o disidencia. O miento: sí la puede haber, pero es algo privado, charlas con una misma, sentada en la taza del váter, depilándose, soliloquios de gimnasio. Se puede pensar que eso de la acreditación es una chorrada del consejero, con lo que está cayendo. Pero se guardará una de sacarlo del cerebro. Lo confinará al parloteo con una misma, mientras toma café. Algo gracioso: se presta a que venga cualquiera y te suelte: “sigues como siempre, enredada en tu mundo…”
Peor es que se te vea en un corrillo de dos o tres, mascullando algo con cara descontenta. Y mucho peor si alguien próximo te cazó un tema caliente: que el consejo de gobierno impuso al fin las tardes por ovarios – aquí, y en ningún sitio más -. Y peor aun, si en el corrillo ronda un delegado sindical, o si el delegado en cuestión es de los llamados “sindicatos corporativos”.
Pero, íntimamente, te entiendo. Porque cometí el peor pecado. El más nefando, delito de lesa traición, felonía, falta grave, culpa atroz.
¿Que cuál es?… Respóndete tú misma, Gloria. Porque me lo llevas echando en cara toda la vida.
¿No te atreves? No me extraña. El continuado ejercicio de la censura – más o menos encubierta – lleva a hacerlo con el propio pensamiento, a veces de modo inconsciente. Te lo digo, pues: el peor pecado es hablar claro. Decir la verdad – la verdad de uno, se entiende -. Y decírsela a ellos. A los pacientes. Y a sus familiares.
Harta estaba de mentir. Y peor, de medio mentir, de calcular la mentira. De desviar la mirada, si me preguntaban si la demora por tal o cual procedimiento diagnóstico me parecía adecuada. O soportable. O simplemente peligrosa. Y si las condiciones del alta eran las adecuadas. Si eran seguras. Si no comportaban riesgos. Y así tantas cosas, la una detrás de la otra. Y, de este modo, empecé a decir la verdad, pura y llanamente, sin adornos o subterfugios. Lo que pensaba de esto o de lo otro. Que usted espera meses, sí, cuando al hijo del señor… se le pone la alfombra roja por una puerta distinta, eligiendo facultativo y horario, encontrando una sonrisa que usted no encuentra, facilidades imposibles para usted, y circuitos vips, mecanismos exclusivos, propios de la casta en el poder. Claro que no hay pruebas de lo que estoy diciendo. Ya se guardan de que no las haya.
Que no me callo, Gloria, se acabó. Que esta casta que nos veja a voluntad no puede esperar que le pongamos eternamente la alfombra roja, y que encima nos callemos la boca.
Que si quieres, no me hables, Gloria, que te conste: aquí estoy pa lo que haga falta. Pa atender a quien tú quieras, que eso lo decides tú. Que una lo hace lo mejor que puede, como siempre lo he hecho. Pero si esta o la otra preguntan, allá que se encontrarán con la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, como en las pelis americanas, que no esperes que este piquito se quede cerrao. Eso, ni pa Dios, Gloria. Los trapos sucios van a salir. Esos trapos no se van a lavar en casa. Al río van, a refregarse, a que todo el mundo los vea.
@frelimpio

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