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La Eventualidad como Sistema

Es curioso el ejercicio profesional en nuestro país. Los responsables de los órganos de dirección y gestión sanitaria conocen perfectamente hasta qué punto la eficiencia en el desempeño dependen de la implicación personal. Y, estando más que leídos y viajados en lo elemental de recursos humanos, es sorprendente la situación en la que nos encontramos en el Sistema Nacional de Salud. Podríamos invocar aquí al facilísimo “cualquier tiempo pasado fue mejor”, pero no. Nunca se ataron perros con longanizas en lo sanitario. Lo asombroso es que sigan pintando bastos en este sector, después del tiempo transcurrido. Y me explico.
No hablaré hoy del vil metal, por carecer de cifras concretas, y ser las que hay arma arrojadiza. Lo dejo, pues, para otra ocasión. Tampoco entraré en la espinosa cuestión de la progresividad y de la carrera profesional, en esta Comunidad Autónoma de un modo, y en aquélla de otro. También podríamos hablar de agendas y de guardias, de horarios y de mil otras peculiaridades con las que las distintas taifas sanitarias nos vienen tratando de toda la vida. Pero, por centrarnos en algo, tocaré hoy el tema de la eventualidad, que parece inevitable en la primera mitad de la carrera profesional. ¿Qué exagero? Pregunten, si inquietud tienen.
No, mire usted: no tengo cifras. Y las que hay, son mentira, sospecho. Sólo tengo compañeros y amigos, que son personas. Personas con sus vivencias. Y eso sí que son verdades como puños. Y esa verdad dice que, a día de hoy, entrar en la Facultad de Medicina es – casi – misión imposible. Entra Pitagorín – el de los tebeos de mi infancia -, haciendo palmas con las orejas, y hablando cuatro idiomas. Saca el M.I.R y lo dejan tirado – literalmente – en la puerta de urgencias, a echar a la gente a la calle (una vez mas, ¿Exagero?) y dar la cara por el Sistema. Y cuando concluye la residencia lo tiran – de nuevo, literalmente – al cubo de la basura. O sea, al paro. Diez a once años de formación, lo mejor de la comunidad universitaria, másters, cursos, guardias y un largo etcétera, a engordar las listas del paro durante una temporadita. A mendigar trabajo por esas gerencias de Dios. O soportar esos trabajillos de meritorio – becas, trabajos al 25, al 50 o al 75% – a la espera que Dios baje y le abra el huequito. A sonreír y aceptar contratos de veinticuatro horas, de una semana, de lo que nos quieran dar, que para eso somos jóvenes, y lo aguantamos sin rechistar. Que también nuestros adjuntos aguantan lo que les quieran echar: burlas por sus sueldecillos cuando todo iba viento en popa, y sueldecillos recortados cuando todo va mal. Que esto es así: «esta es Castilla, que hace a los hombres y los gasta.”

Profesión resignada. Porque siempre fue así, y no puede ser de otra manera. Incluso a peor: que antes las oposiciones se convocaban con más frecuencia. Ahora son de higo a breva, por voluntad de no se sabe quién. Vas a consolidar eso que se llama la plaza cuando tienes a la vista la jubilación.
Que, visto de este modo, con experiencias y realidades, con trayectorias vitales y discurrires humanos, son demasiados obstáculos, sinsabores y decepciones. Tras una década de formación y otra más de andar de acá para allá, de no saber dónde vas a trabajar mañana y si tienes que levantar la casa pasado mañana, las ilusiones profesionales se hacen poco menos que carbonilla, y tu paso clínico, un arrastrar los pies. Es por eso que, cuando te viene un iluminado de ahí arriba a hablarte de objetivos de gestión y de sostenibilidad del Sistema de Salud, se te instala en la cara una amarga sonrisa.
¿Sistema? ¿Qué Sistema? ¿El que me obligó a coger el coche lloviendo, y hacer cien kilómetros, casi sin previo aviso? ¿El que no me saca un traslado desde hace doce años? ¿El que hace y dispone a su antojo en mi contra, pasándose sentencias de altos tribunales por el arco del triunfo? Lo siento, Sistema: el amor es bidireccional; me llevas dada una buena zurra y me tienes contra la pared, sin poder salir, bien bajita de autoestima. Dime tú a qué se viene pareciendo lo nuestro.

@frelimpio.

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