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Aparcar en los Centros Sanitarios no puede ser misión imposible

Lo de la violación del aparcamiento de Valme ha sido terrible. Porque ha sido violación. Sí, señor. Violación, con V mayúscula. Agresión sexual ha sido el otro incidente. Los dos, uno detrás del otro. Los dos, muy recientes. Y, los dos, en el aparcamiento de un hospital. Y ahí voy.

Al hospital, como a cualquier centro sanitario, no se va por placer. Me consta que no. Ni los profesionales, ni mucho menos los pacientes, o sus familiares. Creo que no hace falta abundar sobre el tema. Sería deseable que estuviéramos en Dinamarca, y que todo te lo resolviera la bicicleta, el autobús o el cercanías. Ya nos gustaría, ya. Pero en esta Sevilla quinqui-canalla, la bici lleva un cartel que dice “róbame” (¿No es verdad?), y el transporte público tiene lagunas como mares, y limitaciones terribles. Andalucía no es Dinamarca, es mucho más extensa, y se viene de lejos, de muy lejos, a darse quimio o ajustarse la insulina. Un poné, como decimos aquí.

La cosa es que, para ir al hospital, o al ambulatorio, del coche no nos libra nadie, hoy por hoy. Y mucho más, si se vive lejos. Con lo cual, es obligatorio el perogrullo: ponerse en carretera y pagar la gasolina. Y aparcar. Que no es poco, en los tiempos que corren.

No tengo que decir que los hospitales y centros sanitarios se pusieron donde se pusieron, y que de ahí no los quita ni Dios. Ahí hay que ir, que a la fuerza ahorcan, porque ahí te ve el médico, o porque el médico es uno. O porque uno es enfermero o celador. Que lo mismo da, que da lo mismo. Que al final, tienes que encajar unos metros cúbicos con cuatro ruedas de alguna manera. El sufrido paciente – por priorizar -, se encuentra con el problema habitual de los centros sanitarios: se sabe sólo la hora de la cita. Pero nunca la hora a la que te van a ver. Y menos aún, la hora a la que vas a terminar y te puedes ir a casa.

En consecuencia, si uno mete el coche en el aparcamiento, que prepare el bolsillo a la hora de sacarlo. Si suficiente tenía con estar malo y hacer kilómetros o pagar la gasolina, que espere la estocada del aparcamiento. Si el hospital está rodeado de una zona azul, imposible prever para cuánto tiempo estará uno. Mejor pagar por el máximo, con la frecuente necesidad de salir del centro, para repagar si uno ve que es más que probable que se exceda. Y aún queda la tercera opción:

Que uno no tenga aparcamiento o no le alcancen los posibles. Que no haya zona azul o la hayan derogado – como quiere hacer Espadas en Bami -. Aparcamiento libre, para intentar congraciarse con usuarios y trabajadores. Resultado: el colapso de los pocos huecos disponibles en los cinco primeros minutos. No se aparca; no aparca nadie. Y los pocos huecos que surjan, son hábilmente administrados por una tribu particularmente sevillana conocida como los “gorrillas”. Adjunto un post que ilustra el modus operandi, en vivo y en directo.

El problema de los “gorrillas” no es de estética; va más allá. Es la toma de las calles de un barrio por un personal amenazador, contra el que nada se puede, salvo una medida muy simple: establecimiento de la zona azul.

El problema del aparcamiento en los centros sanitarios no es de incomodidad; va más allá. Tanto los pacientes y sus familiares como los trabajadores tienen todo el derecho a exigir que las autoridades faciliten la accesibilidad a los centros en automóvil – puesto que hoy en día muchos no pueden acceder de otro modo – a precios razonables. Y sin entrar en guerra con los vecindarios de los barrios vecinos. Y sin crear puntos negros para la seguridad ciudadana, como he descrito en el arranque de este post.

Creo que, a estas alturas de desarrollo democrático, queda medianamente claro que la seguridad, el orden y la limpieza no son valores de derechas ni de izquierdas. Son simplemente valores ciudadanos. Pero, en todo caso, son valores que cualquier poder que se precie deberá esforzarse en proteger para los más desfavorecidos, aquéllos incapaces de procurarse seguridad, orden y limpieza de otro modo.

Lo que un paciente de Osuna, un enfermero que vive en Mairena del Aljarafe y un señor jubilado de Bami tienen en común es que los tres son ciudadanos, los tres han convivido esta mañana en un espacio próximo (Hospital Virgen del Rocío y barrio de Bami), y ninguno de los tres tiene ganas de pelear para recibir su asistencia, desarrollar su trabajo o vivir su vida – respectivamente – en paz. Son las autoridades quienes deben armonizar todo eso. Hay imaginación y medios para que se aparque alrededor del Hospital Universitario Virgen del Rocío sin que la zona caiga de nuevo bajo las manos del lumpen, y sin que tengamos que revivir las lamentables circunstancias vividas en el aparcamiento del hospital de Valme. Usted tiene el poder y la responsabilidad, señor Espadas.

@frelimpio

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