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La agresión en sanidad pública: la acción necesaria

agrresión

La agresión al trabajador sanitario comparte mucho con la perpetrada a cualquier trabajador público. En cualquier caso, es difícil de comprender desde fuera. Ni de prevenirla. Porque es más que un incidente o una lesión con esta consecuencia o la otra. Se trata de todo un clima laboral, de algo con lo que convives desde que abandonas tu vehículo o el autobús, y enfilas la calle hacia tu puesto de trabajo. Me intentaré explicar al respecto, y les ruego que permanezcan conmigo.

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            Sostengo que uno de los errores más comunes es intentar analizar el fenómeno agresiones a través de las páginas de sucesos. “Ayer, en Murcia, un par de energúmenos le dieron a una doctora una paliza de escándalo; tres costillas rotas. Manifa en la puerta del Centro de Salud, #stopagresiones”. La cuestión se asemeja a las limitaciones obvias de intentar analizar la violencia machista a través de la cifra de mujeres asesinadas.

            En ambos casos, el suceso trágico solo es la punta infinitesimal de una violencia cotidiana extendida, aceptada e inaceptable, sufrida en silencio tanto por el/la trabajador/a público/a (sanitario en este caso), como de la mitad de la población femenina.

            El fenómeno va en ascenso, las cifras cantan. Pero sobre todo la agresión de baja intensidad, la amenaza velada o la simple falta de respeto que no tendrá recorrido penal. De hecho, apenas la tienen agresiones de consecuencias más severas. Sin embargo, el impacto lo tiene, y mucho, en la vida emocional del médico, el enfermero, el celador o el administrativo. Porque nadie-nadie se va a acostumbrar nunca a la amenaza o la falta de respeto. Al “sé dónde vives” o “sé a qué colegio van tus niños”. O “ándate con cuidado; cuídate las espaldas”.

            Sobre todo cuando nada de eso es denunciable; no es figura delictiva. Y si lo fuera, sería difícil probarla. La mayor parte de las injurias o amenazas se realizan a puerta cerrada. La instancia a la que acuda el trabajador pondrá, con demasiada frecuencia, cara de incredulidad, y situará al presunto agresor en plano de igualdad con el agredido. “Es tu palabra contra la suya”. El trabajador amenazado o vejado se chupará el insulto o la amenaza ante la sonrisa cínica de su agresor, obligado a atenderlo mañana, pasado mañana y el otro, a placer del tipo o la tipa, que le espeta “¿aprendiste la lección?” con todo el desparpajo. Y a esperar la siguiente.

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            Este clima es espantosamente real y solo se parece — a distancia — al infierno de décadas que sufren tantas mujeres maltratadas. Al trabajador sanitario no le cree casi nadie. A veces, ni siquiera su familia. Porque sus derechos laborales — y a uno se le considera un “privilegiado” por tener trabajo, ojo — se sitúan muy por debajo del derecho del ciudadano-agresor a recibir asistencia sanitaria en el punto que considere más conveniente.

            Solo que… Solo que ciertas categorías de trabajadores sanitarios se están convirtiendo en bien escaso en los tiempos que corren. Ello se aplica especialmente a enfermeros, pediatras y médicos de familia. La ola de jubilaciones, la depresión y la ansiedad — acabamos de esbozar algunas de sus causas —, la emigración y la comprensible búsqueda de destinos más cómodos han mermado la trinchera. La política de Recursos Humanos en Sanidad Pública — cínica, despreocupada, ausente, burda, si no con un regusto de crueldad — ha ignorado todos estos aspectos hasta que cubrir una baja se está convirtiendo en misión imposible. Tarde. Tarde para una miríada de cargos directivos e intermedios, formados en despachar sin contemplaciones, apoyados en una normativa obsoleta.

            Participo de una comunidad profesional exhausta que pide a los poderes más protección contra la agresión. Entre otras medidas, proponemos reforzar la disuasión y exigir, por ejemplo, la consideración de “autoridad” para el médico, como lo han conseguido los docentes. Puede que, de este modo, alguno consiga refrenar el impulso agresivo.

            Sin embargo, nada se va a conseguir si como sociedad no cala el problema de que, con la agresión continuada de “baja intensidad”, peligra el sistema sanitario. Que se convierte así en un lugar invivible, una arena donde se llega con armadura emocional, se aporta lo mínimo, y se sale corriendo apenas le sea a uno posible. La movilización debe llegar desde todos los colectivos implicados a las administraciones y órganos de poder, para promover una acción pública de sensibilización, al modo en que se hizo con la violencia de género.

            No se trata de una campaña puntual de un ministerio. Al contrario, consiste en planificar una toma general de conciencia. Trasladar a la ciudadanía en su debida medida que la agresión al trabajador sanitario es el resultado de la frustración. Una frustración social subyacente, donde hay muchos elementos preexistentes. Pero donde hay, sobre todo, una desproporción mayúscula entre las expectativas del paciente y sus familias, y las posibilidades reales del trabajador sanitario. Y, entre estas posibilidades reales, no tiene menos importancia su grado de sobrecarga, su escasa capacidad de conciliar, las horas trabajadas supliendo a un compañero de baja y mil deficiencias reales de los servicios sanitarios.

Los poderes públicos deben, pues, cesar en su promoción propagandística de la excelencia de las carteras respectivas de servicios sanitarios. Porque la realidad, después, son una serie de carencias dolorosas, insufribles, de las que el sanitario de a pie tiene que informar. Dar la cara, que se dice. Y recibir las caras desencajadas. Eso, en el mejor de los casos.

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Es evidente que abordar la frustración social no es tarea fácil, ni a corto plazo. Pero sí se puede hacer mucho para dar una idea mucho más exacta a la población de cuáles son las posibilidades concretas en asistencia sanitaria pública, a la hora de acortar la distancia entre expectativas y realidades. Y, por supuesto, cual es el empleo adecuado de los recursos sanitarios, como las urgencias hospitalarias.

La agresión al trabajador sanitario es un síntoma, la punta del iceberg tóxico. El mal, debajo, es la frustración social, agravada por la debilidad de los valores que permiten expresar esta frustración de cualquier modo, sobre quien sea, ante la mirada de una ciudadanía que lo considera una comprensible “válvula de escape”… Siempre que no pase a mayores.

Este es un punto de vista erróneo, enfermizo, y debe abordarse. Y abordarse ya, por quien debe y puede. De frente, en profundidad y de modo articulado. Porque, de no hacerlo, progresaremos en el deterioro de uno de nuestros pilares básicos de nuestro Estado del Bienestar. Por decirlo de un modo simple: “sigue pegándole, que se refugiará, huirá… Hasta que llegue el día en que vayas a atizarle y no haya nadie en la consulta”.

Firmado: Federico Relimpio, médico y escritor, en nombre del Real e Ilustre Colegio de Médicos de Sevilla (RICOMS).

https://federicorelimpio.com/libros-de-federico-relimpio/la-mole-mas-que-hospital-maquina-de-poder/

RESEÑA de Juan Luis Pérez Borrego: «Sí, NOVELA, con mayúsculas . De género inclasificable, es más que novela negra o thriller al uso, es una pepita de oro a encontrar entre tanto Best Seller elaborado en laboratorio digital. Se echa de menos narrativa como esta».

Mucho más que gran hospital, máquina de poder. Una novela negra de Federico Relimpio (CLICK AQUÍ).

Firmado: Federico Relimpio (CLICK: “sobre mí”).

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