Un labio roto. Una mascá, que decíamos en el cole, cuando éramos chicos. Una paliza. Total, ¿qué le ha pasado, a fin de cuentas? ¿Lo han matado? No, ¿no…? Pues dos puntos de sutura y de guardia, otra vez, dentro de cuatro días. Y aquí no ha pasado nada. Nunca pasa nada. Es lo de siempre.

El cuento de nunca acabar, en la atención de cara al ciudadano. Esta vez, ha tocado en la segunda planta del Hospital Virgen del Rocío, a un residente de Medicina Interna. En breve, las concentraciones habituales de repulsa al bárbaro, al violento, a la mala bestia. Todos los comunicados comunicables. Caras de consternación y condenas variopintas. Hasta la próxima. Mañana, o pasado mañana. O tal vez el otro.

Hace casi dos años, se hizo viral la carta de Eva Romero, profesora de Marchena (Sevilla):

«Yo no estoy aquí para aguantar, y utilizo las palabras textuales que un padre me dijo por teléfono cuando lo llamé para que corrigiera la actitud de su hija, que no me dejaba hacer mi trabajo».

Lo acaban de ver: la cuestión sigue igual, o peor, si cabe. Que puede un tipejo, en el corazón de un hospital público, estamparle dos certeros puñetazos en la cara del médico residente y, una vez en el suelo, brearlo a patadas. Que el salvaje puede permitirse amenazar a todo el control de enfermería: «vosotras seréis las siguientes». Que, según parece, no les ha dado tiempo a avisar a Seguridad, ni a la Policía: el tipo se larga con toda la tranquilidad del mundo. Y ni siquiera está identificado en el momento de escribir este artículo: el familiar ingresado afirma no conocer de nada al agresor, según se desprende. Pero, con ser muy gravísimo, no es lo peor.

Lo peor es que esto no es nuevo, desgraciadamente. De hecho, está a punto de dejar de ser noticia, a entrar en el parte de lo cotidiano, como los accidentes de tráfico. Las agresiones a profesionales de la Salud o de la Educación han llegado a hacerse algo tan común como los atascos: nadie les presta ya la menor atención. Simplemente, son gajes del oficio. Mañana calientan a este, y pasado te puede pasar a ti. Así que ándate con cuidado. Demasiado que tienes curro: valóralo. Si te cae una yoya, no es tan terrible, a fin de cuentas. Un poquito de betadine, y p’alante.

Son curiosos, este tipo de incidentes. Algunos contactos que tengo, que me transmiten un punto de vista peculiar. Si un usuario te zumba la badana en el curro, es tu culpa, a fin de cuentas. Porque, contrariando al relato de la profe, más arriba, tú no estás aquí solo para curar o para enseñar — o para lo que sea —. Tú estás para más, para mucho más. Si el usuario se calienta, se te suponen habilidades diplomáticas supremas, capaces de reconducir el conflicto israelo-palestino, por ejemplo. Y si el encono se sale de madre y te ganas dos tortas, la conclusión es que necesitas un curso para mejorar tus competencias en la gestión de conflictos. No se me rían, por favor, que esto se lo he oído a señores muy serios, que disfrutan de puestos – y sueldos – que ya nos gustaría, a usted y a mí. Señores estos, por otra parte, que hace tiempo que olvidaron lo que es el trato al público, y mucho menos un conflicto.

Curiosa también, la reacción de la víctima. El labio roto y a casa, sin chistar. Sin declaraciones. Nada. Porque sabe que no está bien visto, eso de cantar las cuarenta, en público. Y, estos chicos — quiero decir, los médicos residentes —, no quieren estar mal vistos. Tienen mucho que perder. Muchísimo. Así que derechito a por el betadine, y a la siguiente guardia. O una baja laboral corta, como mucho. Y mucho ojito con hablar con la prensa. Porque, no lo olviden, la víctima pierde dinero, con esto. Es baja laboral, no más.

¿Qué pensará el agresor de todo esto? Es muy posible que piense: «así aprenderá, el estudiaíto ese… Cuando me eche el ojo encima, ya sabe cómo las gasto. Cuidadito con pasarse un pelo conmigo». Porque casi nunca los cogen. Es casi imposible. La Policía dice lo mismo que los médicos: que son pocos, para todo lo que hay. Y que están atados de pies y manos por el procedimiento. Y que, si llegan a coger al tipo, no pisa la cárcel. No se encarcela a uno por estos «acaloramientos», como aduce la defensa. Y que el salvaje que así procede, suele ser insolvente. Ná de ná, a la postre. A la calle. Al hospital, otra vez, a visitar a su familiar, ante la aterrorizada vista del turno de enfermería. A que les pregunte el tipo: «llame al médico de guardia, ahora mismo».

Termino: convivimos con una serie de personas que se comportan como adolescentes malcriados, tirando a personalidades psicopáticas — esto da para otro artículo —. Ante cualquier frustración o contrariedad, lo destrozan todo o le destrozan la cara al primer médico, profesor o enfermero que tiene la mala suerte de encontrarse en su camino (todavía no se atreven con un guardia civil o un juez). Y todo esto viene pasando, en buena parte, porque quienes tienen que tomar las medidas oportunas no padecen los estragos del problema. Y las medidas se nos antojan claras y urgentes: que la Justicia actúe con toda la contundencia y el peso de la ley. Mientras esto no se lleve a cabo, estos indeseables podrán seguir amenazando, atemorizando y agrediendo sin ningún tipo de consecuencias para estos actos tan viles.

(Artículo publicado por el ABC de Sevilla el 30 de diciembre del 2018, en versión impresa)

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, Observatorio de la Sanidad del RICOMS.

Twitter: @frelimpio

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