
Fascismo. Te topas a diario con la palabra en los medios (en la calle no se oye tanto). En casi todo lo que pasa se denuncian una marcha hacia el fascismo, cuando no actitudes pro o filofascistas. Parafraseando a Marx, cabría escribir: «un fantasma recorre el mundo; el fantasma del fascismo».
El que les escribe ha dedicado muchas horas a intentar comprender la historia reciente. Y en esas sigo, generándome siempre más dudas que certezas. Mis dos últimas lecturas: «El Hijo del Siglo», de Antonio Scurati, y «A Sangre y Fuego», de Chaves Nogales. Este último ha sido, a la vez, labor atrasada y descanso del primero, largo y digerido integralmente en su italiano original. Una vez concluida la lectura del último, estoy ya en la segunda de la pentalogía de Scurati: «El Hombre de la Providencia».
Recomiendo a Scurati — en español, por favor, a menos que uno desee, como un servidor, mantener vivo su torpe italiano —: cada palabra, línea o página de esta su extensísima obra magna sobre el fascismo está rigurosamente documentada. Y con una técnica narrativa que oscila entre la tensión del thriller y una altura poética poco común en un texto de esta índole. Creo que cualquiera que emplee la palabra fascismo debería pegarse un buen paseo por Scurati.
Violencia. Tal es el núcleo del fascismo. Violencia siempre: planificada, metódica, dirigida. Violencia física, concreta, desarrollada por quien sabe ejercerla: esos miles de veteranos de la Primera Guerra Mundial en Italia, humillados, pésimamente desmovilizados en la postguerra, convertidos en bandas de matones, y luego reclutados por un capitalismo que se asustó (y mucho) ante las movilizaciones (algunas también violentas) obreras y campesinas del «bienio rojo», de 1919 a 1920.
Se trata, pues, de violencia política sistemática, organizada, pero sobre todo tolerada, apenas reprimida por la «vieja política» de la época. Había demasiadas conexiones entre esta y los que financiaban el escuadrismo salvaje. Demasiada simpatía hacia los camisas negras en la Policía y el Ejército. El resto es historia. Se aprende bien con el texto de Scurati.
¿Y a qué viene todo esto ahora, Relimpio?
En la opinión del que les escribe, hay que utilizar los términos «fascismo» o «fascista» con más cuidado. Con menos ligereza. O hay que aplicarlo según dónde y según quién. Y me explico:
La entrada de Vox en los gobiernos autonómicos ha sido repetidamente señalada como un avance terrible del fascismo en nuestra sociedad. En un sentido estricto, no cabe sostener el aserto. Los de Abascal no son un grupo de exmilitares o matones instaurando el terror con la porra, la manopla o la pistola. Y un servidor vio de ello a sus 14-15 años: eran los de Fuerza Nueva, de Blas Piñar, y acabaron sin un lugar en la nueva España de las libertades. Hoy, nadie les echa de menos.
Lo de ahora no tiene nada que ver. Afortunadamente, no se ve hoy una manifa de izquierdista o sindicalista apaleada por neofascistas. Ni una «horda» de Vox irrumpiendo en el Orgullo, aporreando a diestro y siniestro. Sus métodos son, que uno sepa, los previstos por nuestro ordenamiento jurídico para la acción política.
Claro que aquí solo hablamos de procedimientos, no de opiniones ni de programas. Ni de mentiras, tergiversaciones o medias verdades. De todo esto, podemos discutir hasta el infinito; faltaría más. Insisto siempre en que este es un país libre (o, al menos, mucho más que otros). Expreso mi deseo en que continúe así, mejorando cada día. En este sentido, se pueden poner a parir los programas, dichos o hechos de cualquier formación política o de sus líderes (dentro de los límites de la legalidad); para eso están. Eso es salud democrática.
Léaseme bien: estas líneas no pretenden blanquear nada. Me limito a lo dicho: aquí estamos hablando de fascismo. Y fascismo, lo que es fascismo, no hay. Cuidado, pues, con los neologismos o, peor aún, con la aplicación interesada de conceptos antiguos en contextos modernos aprovechando el desconcierto o la falta de información del personal.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.
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