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Farmacia del Pilar: más de ochenta años en Sevilla

Les dije yo hace poco que el 20 de noviembre quedaba rebautizado: que, por acuerdo solemne entre mi prima Yayé (dra. Isabel Relimpio, oficialmente) y yo – con el respaldo masivo del Hospital Virgen Macarena -, el 20 de noviembre será recordado como el día que el maestro de la oftalmología – y de la vida – Rubén Ángeles Figueroa salió por la Puerta Grande. A los que aún no sepan de la crónica de ese grandioso día, les dejo el enlace: http://tontosantajusta.blogspot.com.es/2013/11/tarde-de-toros-en-la-macarena.html

Lo que no les he dicho aún es lo que hice en el camino de a la plaza, quiero decir, camino de la Macarena. Pude acabar pronto en Marqués de Paradas y a pie me dirigí al sitio con tiempo de sobras. Da gusto, la verdad. Digo que da gusto tener tiempo y disfrutarlo. Son las cosas bonitas de esta ciudad. Lo hice ex-profeso porque la calle Feria no es para mí cualquier lugar. Hace muchos, muchos años -creo recordar que en el 86 -, me aficioné a atravesar la ciudad desde el campo de la Feria, en los Remedios, hasta la Facultad de Medicina – que sigue estando donde está ahora -, yendo por esta calle. Aunque a veces tirara por las calles de detrás, con objeto de ir explorando un barrio que se desperezaba. Hacía yo el cuarto curso y no eran buenos tiempos, la verdad. Pero los de ahora tampoco son mejores. El post podía dar para eso y para más: el barrio visto entonces y visto ahora, pero eso se lo voy a dejar a mi compañero y amigo José Javier Ruiz Pérez, amante perdido y explorador incansable de los barrios de la Sevilla intramuros, con el que tengo alguna aventura conjunta que ya difundiremos.

Pero vuelvo al hilo principal: que yo iba a ver salir al maestro por la Puerta Grande y decidí ir por la calle Feria, rememorando mis paseos mañaneros de hace veintitantos años. Pero, hace veintitantos años, yo no pasaba por ahí por una razón cualquiera. Mis pasos me dirigían a esa calle por razones que no conoce la razón, porque al corazón pertenecen. O más que al corazón, a la nebulosa de las primeras imágenes de la memoria. Pero, gracias a ciertas personas, la memoria puede vivificarse y resucitar. Y te permite entrar en el túnel del tiempo.

Hace unos ochenta años (más o menos, el dato cierto no lo puedo dar), mi abuela paterna Anacleta Ferrer de Luna (para nosotros la abuela Ana, en la foto el día de mi bautizo) abría añeja botica en lo que sería el moscú sevillano de la segunda república. Aún cuelga en casa de mi tía Elena su orla de promoción de la Facultad de Farmacia de Madrid – los primeros títulos de la República, dos o tres cabezas de mujer en una marea masculina -. Pues esta mujer brava – de lo de brava, da uno fe – se metió a abrir botica en lo más pobre y más rojo de España. Fue en muchos sentidos su vida la farmacia. Porque luego, muchos años después, anticipando el fin de su vida, le pregunté acerca de sus vivencias de tan turbulento período en lo político y lo social. Poco me dijo. Esfuerzos del día a día. La familia y la farmacia. Entonces, el que podía no se metía en muchos jaleos. Crónicas de la tercera España. De donde viene uno, ni más ni menos.

Pasaron décadas y el hogar familiar, situado a pocos metros, se mudó a Los Remedios, entonces tan en boga. El piso de la calle Feria, vacío en consecuencia, fue el primer lugar donde mi padre, el dr. Relimpio – para mí el dr. Relimpio siempre será él, yo encajo en ese nombre como en un traje extraño – pasaba consulta. Recuerdo aquellos últimos sesenta y primerísimos setenta en que, niño latoso – latoso sigo siendo, niño un poco menos – me llevaban allá a la rebotica a perderme mientras mi padre pasaba consulta. Recuerdo el viaje larguísimo por aquella calle Torneo de infausta memoria. Y zaragutear aquí y allá por la botica. Hacer los primeros deberes en el despacho de mi abuela. Recuerdos de don Manuel, el practicante, pero sobre todo – y por otras razones – de nuestra queridísima Seño (Rafaela Álvarez Peso, recientemente fallecida). La memoria me llega hasta los primeros ochenta, cincuenta aniversario de la botica y fecha de su traspaso. Tengo por ahí alguna foto de adolescencia, atendiendo al mostrador con mi abuela. Aún recuerdo algunas peculiaridades suyas: «nuevecientas pesetas».

Y ustedes dirán que vaya rollo patatero y que valiente tío nostálgico. Y no les quito la razón. Les voy a decir por qué les hago perder el tiempo con mis ataques sentimentales. Hace unos meses pasé por allí. Tenía que ir a una lectura de una tesis doctoral en la Facultad de Medicina y me cogía de paso. Al igual que me sucediera hace unos días, iba con tiempo. Y como en esta ocasión, pasé por la calle Feria, por la farmacia. Y me quedé petrificado. Estaba igual. Lo que les digo. Exactamente igual. Como en mi infancia. Federico; sueñas. No puede ser. Doblé la esquina – la farmacia hace esquina – y fui repasando las ventanas. La ventana del despacho que fue de mi abuela estaba abierta. Y allí estaba el mobiliario. El mismo. Suspendido en el tiempo. El mismo lugar donde uno había hecho deberes – condenado a galeras, por malo -, los mismo muebles. Y no lo pude remediar (ya digo que iba con tiempo). La farmacia desierta, llamé la atención de la joven adjunta y me di a conocer. Presenté el DNI.

«Que yo me he criado aquí, oiga. Sé que les sonará a una historia rara, y tienen todos los motivos para desconfiar, pero déjenme entrar, por favor.»

Y la chavala me miró a los ojos. Y me creyó. Y entré. Y culminé mi viaje en el tiempo.

«Mi madre – la farmacéutica titular, que compró en su momento la farmacia a mi abuela – no quiso cambiar nada y no quiere que nada se cambie hasta su jubilación… Es un monumento a la farmacia sevillana…»

Palabras de la chica.

Pues vuelta a la jubilación del maestro oftalmólogo. Porque ya les he dicho arriba que el veinte de noviembre pasado repetí el ritual: caminar hasta el Hospital Virgen Macarena. Por donde siempre. Pero, esta vez, me pilló con cámara en mano. Y en esta ocasión, hablé con la madre. Y, como no lo teníamos acordado, cogimos la farmacia a la deshabillée. Viva. Pero intacta. Antigua. Ahí están: mis suelos, mis anaqueles, los desconchones de mi infancia. Les paso el enlace del álbum que he pergeñado:
http://www.flickr.com/photos/federicorelimpio/sets/72157638151766873/

Recuerdo las palabras de despedida de la boticaria: «cuando me retire y lo venda, seguro que hacen aquí un supermercado…» ¡Uff! ¡Suerte que tuve de rescatar mi memoria antes de que esto suceda! Porque no es sólo mi memoria. Es la memoria de una familia y de un barrio entero. En fin, lo que ustedes están pensando: que va uno viejo.

3 thoughts on “Farmacia del Pilar: más de ochenta años en Sevilla

  1. Anónimo says:

    Gracias por recordar tu infancia, que fue mi juventud, en aquella farmacia tan querida. Allí pasé los mejores momentos de mi infancia junto a mi abuela Isabel -tu bisabuela-, mi madre -tu abuela Ana-, la Seño, Anita, Manolo -al que temíamos por sus inyecciones- y mis hermanos. Ha sido como volver por un momento a la calle Feria.

  2. Federico Relimpio says:

    Intenta uno enfadarse menos. No merece la pena. Y creo que voy centrándome en lo que la merece y los que la merecéis. Voy tarde – soy torpe -, pero llego a tiempo.

  3. isabel relimpio says:

    Sabes primo?eres un encanto,me gusta mas verte nostalgico q enfadado,pero que aunque yo sea mas cobarde que tu soy tu mayor fan!muchos besos!!

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