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El Precio de las Emociones.

¿En cuánto valora usted su sonrisa? ¿Cuánto cree usted que puede costarle en euros la satisfacción, el bienestar o la dicha? O, por ponerlo de otro modo…¿Cuánto estaría usted dispuesto a pagar por sentirse menos triste, sola – o solo – y sin esperanza? Le encuentro un punto de desconcierto. Reconózcalo, le he cogido por sorpresa: este tipo de preguntas no se hacen frecuentemente en los blogs que pululan ahí arriba, por la nube, perorando de esto y de lo otro, de lo divino y de lo humano. Y ahora reconozca otra vez que me va a contestar – que se va a contestar – con una frase hecha: los sentimientos no tienen precio, y luego seguirá de lo más indignado: ¡al menos, no los míos!… ¿Se habrá creído el Relimpio ése que todo se tasa en euros?

Y tengo que decirle que comparto su más que justificada indignación. Pero me veo en el triste deber de alzar el leve paño de la duda. Y me explico. Es posible que parte de nuestras emociones tengan un precio. Un precio concreto, en euros. Algo que algunos cacúmenes en ciertos despachos tienen calculado y vigilado, contingencias con las que trabajan constantemente. Y le contaré cómo llegué a esta conclusión – que ni es mía ni es nueva, precisamente-, a raíz de una charla de familia que tuve recientemente.

Tengo un familiar que es alto cargo de una empresa energética. A raíz de sucesivas conversaciones de sobremesa, ha sido particularmente frecuente que él y yo terminemos en interminables – valga la paradoja – contrastes de opiniones acerca de la mentalidad del directivo – él, por supuesto – y la respectiva del técnico de sofisticada formación y que, para más inri, realiza su delicado trabajo con personas – es obvio decir que se trata de mí, que soy médico de profesión -. Durante estas conversaciones, en más de una ocasión me ha reprochado nuestro gremialismo, falta de visión macro y de compromiso institucional, estaticidad del funcionariado clásico y otros asuntos que ustedes pueden suponer.

Pero la última vez no, sorprendentemente. Esta vez, cercano el recortazo Griñán a todos los trabajadores de la administración andaluza, el hombre estaba escandalizado: “¿Cómo quieren evitar la desmotivación masiva de lo más formado y competitivo de la función pública?” Para añadir después, con sorna: “Está claro, éstos sólo escarmientan si doscientos tipos clave se les largan de la noche a la mañana…”

Y eso sería lo lógico…¿Verdad? Pues no, mire usted. No hay lógica aquí. Hay un confuso mundo de sentimientos y visceralidades que explican la situación, y así tuve que hacérselo ver a mi interlocutor. ¿Qué impide una estampida de doscientas cincuenta figuras clave – que las tenemos, ojo – a otras CCAA o al extranjero ante la triste constatación que los muchísimos méritos se compensan aquí con poco más que una palmadita en la espalda? Ahí entra el complejo mundo de las emociones, del que va esta entrada. Desgrano un poco la materia con algunas generalidades – no se me ofendan las excepciones -, aunque sin muchas profundidades.

1. Somos monolingües. Es un hecho. Hablamos y pensamos sólo en Español. Sólo unos pocos chapurrean el inglés y una verdadera minoría consigue hacerlo aceptablemente. Ni hablar de otras lenguas. Da alergia someter a la familia de uno a un traslado que el primer día te deja mudo y los meses siguientes te obliga a una dolorosísima adaptación. Y lo que digo vale para trasladar a tus hijos a Cataluña, donde serán sometidos a la inmersión. Al final, puede que consigas un mundo de riqueza para ti y para ellos, pero nadie puede negar que el tránsito es difícil e incómodo.

2. Somos caseros. Como E.T., decimos eso de: “Mi casaaa…” Quiero decir que nos gusta, donde vamos, comprar vivienda, decorarla y sentirla nuestra. No nos gusta la provisionalidad del alquiler; lo sentimos como vivir en casa ajena. Ello nos lleva a enraizarnos y ser gentes de baja movilidad. Es frecuente que aceptemos peores condiciones laborales antes de mover casa. El hecho de mudarte, tener que tirar obligadamente algunas cosas que no puedes transportar, dejar calles con amigos y experiencias… Triste, ¿No?

3. Somos familiares y nos gustan las bodas, bautizos y comuniones. Nos gusta reunirnos, a veces sólo para recordar lo mal que nos llevamos. Pero el espíritu del Mediterráneo es el de la “famiglia”. Nos gusta tenerlos cerca, aunque los veamos poco o tengamos broncas. Eso va en el carácter. Lo que aborrecemos sin dudas es el frío glacial – físico y emocional – del norte.

4. Somos sociales y nos gusta el amigoteo. Nos gusta la charla, el bar, la tapa, la barra del bar y echar unas cañas. Fútbol, cotilleos, política, lo que sea. Lo importante es pisar calle y estar ahí, ir dando holas y adioses y recibiéndolos. Y volver a casa con el subidón de cuántos me conocen y a los muchísimos que conozco. Patéate las calles de cualquier ciudad de por ahí arriba a las seis de la tarde – un poner -: verás que tristeza.

5. Somos sureños y nos gusta el sol – aseveración menos adecuada para los habitantes de la cornisa cantábrica -. Pero verdad del Evangelio por aquí abajo. Dependemos de su luz y su calor, aunque agobie hasta la asfixia en verano. Da igual, sin él morimos de angustia y de pena. Por eso el sol es el “buen tiempo” aunque estemos en el tercer año de sequía. Y con sirimiri muchos nos negamos a salir de casa, salvo para las necesidades indispensables.

6. Somos españoles y aquí se come. Podría decir que aquí se come bien. Pero no, simplemente voy a decir que aquí se come porque lo de por ahí no es comer. Lisa y llanamente. Y no me vengan con restaurantes. Digo comer, día a día, ir al mercado, llenar el frigo, hacerse un potaje. Ahí me puede un ultranacionalismo exacerbado – que para nada tengo en otros aspectos – del que sólo libro a Portugal – desde donde escribo estas líneas, por cierto -.

7. Sigan ustedes añadiendo cosas. La lista está abierta y esto es un blog interactivo;  para ello está abierto abajo el recuadro de comentarios, sin moderación, para que todos ustedes pongan por qué nos gusta tantísimo lo nuestro pese a tantos peses.

A estas alturas usted se cree que me he perdido por las ramas. Pues no, mire por donde. Partía del valor monetario de los sentimientos, planteé qué puede impedir emigrar a trabajadores cualificados maltratados por su patrón e intenté encontrar ese por qué en un mundo de sentimientos. Esa constelación es bien conocida y se ha llama salario emocional. Porque con él se rellena el vasto espacio que queda entre nuestros raquíticos emolumentos reales y lo que deberían pagarnos.

Empezábamos peleándonos porque usted pensaba que sus sentimientos no tienen precio y yo le insinuaba que probablemente sí los tengan. Y, en vez de teorizar, le voy a poner un ejemplo. Usted es ginecóloga del Servico Andaluz de Salud y está hasta el moño de su jefa, de la corrección política, de la Agencia de Calidad y del Contrato Programa. Usted sabe inglés bien y un día tiene un cabreo en condiciones con la jefa, pega dos voces y se va con la bilis puesta diciendo que se pira. Venga, teclazo e internet. Al google: “gynecologist” y “medical jobs”. Ahora, dejar escapar la imaginación: que si te quieres ir al Reino Unido, a Portugal o a ganar pasta a Emiratos – donde, por cierto, sólo quieren ginecólogas, no ginecólogos -. Y llevas un ratazo. Y se te baja la bilis. Y te llama tu amiga Carmen. Que quedamos para las rebajas y luego nos tomamos una cerve con las otras… Al carajo.

Y vuelvo a la conversación con este familiar mío directivo de energéticas. Porque lo cogió enseguida, el aguililla. Claro, es que en el fondo, todos los directivos son parecidos. “El secreto es manteneros en un sueldo bajo, pero que no sea tan bajo como para forzaros a tirar por la borda vuestro mundo de emociones… Traspasado un determinado umbral, hacia abajo, la vida se os haría tan insostenible que os replantearíais si podríais de algún modo reconstruir vuestro mundo en otra parte…” Entre eso y otros pagos, como el que te da el poder del carguillo – hay quien funciona así -, la magia de la medalla y la investigación, o el matrimonio y la unión de dos sueldos, la profesión se fragmenta y se diluye toda ilusión de acción colectiva.

Y termino contestanto a la pregunta que inició la entrada: sus emociones tienen un precio en euros, y está calculado. Es la diferencia entre el sueldo miserable que le echan a la cara todos los meses y el nivel mínimo por debajo del que usted se resolvería al fin a levantar la casa y buscar mejor horizonte. Lo sorprendente es la alta calidad de servicios y cuidados que se ha dispensado a la población hasta ahora con tal filosofía.

Mis cosas, en twitter…

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3 thoughts on “El Precio de las Emociones.

  1. Anónimo says:

    Me ha encantado esta entrada. En épocas de grandes debacles económicas para algunos sanitarios (y solo para algunos) uno se plantea qué es lo que realmente le impide dar un portazo y empezar una nueva vida muy muy muy lejos de aquí.

  2. Rumiante says:

    Impresionante y desconcertante entrada. Felicidades.

  3. Alfonso Pedrosa says:

    Este post es de lo mejor que ha salido de la Factoría Relimpio. Debe guardarse, anotarse y volver a él. Porque puede servir de guía cuando haya que replantear la reconstrucción. Es uno de los hilos de la madeja que hay que intentar desenredar. Veo en él un salto cualitativo especialmente relevante: la superación en el análisis de los porqués del nivel retributivo de los clínicos de la sanidad pública española del apriorismo, del porque yo lo valgo, del lamento de siempre por los bajos sueldos. Es otro enfoque que, paradójicamente, puede ayudar a dotar de fundamento futuros planteamientos de, precisamente, incrementos retributivos. Y puede afilar nuevas armas de negociación, porque lo afectivo, las emociones, serán entonces elementos de reciprocidad reconocidos: ya hay algo con lo que construir una dialéctica que antes sólo se entendía 'desde el otro lado', a través de las exigencias de compromiso y sentido de pertenencia. Enhorabuena, porque lo afectivo, lo emocional, acaba de salir de esta manera de la cueva sagrada de eso que antes se llamaba relación médico-paciente. Y eso es bueno para todos: sois seres emocionales y a la vez profesionales más allá del contexto meramente terapéutico. Y me gusta (porque ayuda a clarificar el análisis) que esta vez hayas pasado de puntillas, Dr. Relimpio, por el pantano de decretazos, contratos programas y culturas de consigna. Tiempo habrá de diseccionar. Y habrá que hacerlo. Es más, es imprescindible, será imprescindible cuando se apaguen los fuegos, desaparezcan las pancartas y haya que gestionar la realidad cotidiana con un horizonte baldío por delante. Y no estás solo. Hay más gente dándole vueltas a esas cosas que tú planteas, intentando pensar con sensatez, buscando un poco de silencio para, efectivamente, actuar.

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