
Nunca me gustó el fútbol. Ni siquiera de pequeño, en una época en que había menos cosas. Eran años, además, en los que extrañarte del fútbol era convertirte en un raro, un marciano, un extranjero en tu calle o en el cole.
Hoy se comenta en todas partes nuestra victoria ante Francia (¡Enhorabuena a todos los que se la han currado y a los millones que la han disfrutado!). Me trae recuerdos de infancia: fútbol era lo que había entonces, a todas las horas que el horario de clases permitía. Se jugaba al fútbol en el recreo y antes de subir al aula. Siempre que se podía. Siempre que había más de cuatro, con una simple pelota de plástico.
Y si no se jugaba, se hablaba de fútbol. De la liga, la copa (aún no me enterado de la diferencia), las alineaciones, los fichajes o los partidos. De partidos robados y penaltis evidentes que se quedaron sin pitar. Debates acalorados en los que uno no entraba. Y no lo hacía porque no entendía una jota. Y no entendía nada porque aquello le daba igual. Solo que, en ese darte igual aquello que apasiona a tus compañeros, se te forma el carácter de ermitaño. Y en esas seguimos.
Se me ocurrió esta entrada por el partido de ayer contra los gabachos (en su día nacional), y por la frase de Rajoy que a poco que nos mete en un conflicto diplomático: la selección francesa como de altísimo nivel, pero tan escasa de franceses (reconstruyo de memoria).
No se trata de racismo; es pura sociología. A diferencia de un servidor, nuestro expresidente sí es aficionado al fútbol. Y sí sabe lo que ello significó para aquellas generaciones. Los que literalmente se dejaron codos y rodillas en infaustos campos de albero y chinorros. Hermandades y amistades que se generaron en torno al polverío, el sudor y el esfuerzo, pero también en torno al trabajo en equipo y alrededor del respeto al reglamento, al árbitro (si lo había) y al adversario.
Rajoy se lamenta de lo evidente: de la progresiva desaparición del fútbol de élite del europeo de origen. El europeo de antaño, el de toda la vida. Del europeo como él o como un servidor, como Beckham o Cruyff. Como tantísimos. Y no es por racismo, insisto, sino porque en ello se pone de manifiesto el propio declive.
Es más que un declive deportivo. Se trata de un declive demográfico. Los chavales no están porque, mucho antes, dejaron de jugar en las calles. Y por si fuera poco, ya no lo hacen tanto en los patios de los colegios. Unas y otros se les hicieron lugares extraños, cuando no peligrosos. Un retrato urbano que, con ser preocupante, no muestra aún lo peor. Lo peor, sin lugar a dudas, es que haya pocos chavales en nuestros barrios. Y no puede haber cantera donde ni piedra hay. Y no puede haberla porque nos olvidamos de que esas piedras son la vida, el futuro. Las piedras que fuimos. Los chicos del barrio, dándole patadas al balón.
Termino, y parafraseo al Pali, el cantor de la Sevilla de aquel tiempo: ya no se ven a los chavales, jugar al fútbol en los descampaos…
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.
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