
Confieso que es difícil ordenar mis ideas respecto a lo de Ceuta- Marruecos. Un cóctel explosivo de rostro humano, sobre todo joven o muy joven. La tendencia natural, por tanto, es centrarnos en lo humanitario, y ya se verá lo demás.
Un problema humano de por medio.
Hay todo un Mediterráneo de tinta al respecto; es preciso reunir puntos de vista muy diferentes. Dos pinceladas, de entrada: Marruecos es un país en paz donde no se pasa hambre. Es más, se aprecia un desarrollo económico notable, según en qué zonas. Los setenta y pico mil de Ceuta, por tanto, no huían de la guerra de Siria ni del hambre del cuerno de África. Otro aspecto diferente es el desarrollo de las libertades civiles, pero intuyo que la marea humana del Tarajal no pasó el espigón por esa razón.
Los españoles tenemos muy recientes los años de falta de libertad, insuficiente desarrollo económico y expectativas de una vida mejor al otro lado de los Pirineos. Y emigramos en su momento. Pero nunca creando una crisis fronteriza. Dudo mucho, además, que el gobierno de la dictadura lo hubiera permitido.
Una frontera de dos caras.
La frontera ceutí y melillense se ve diferente según desde donde la mires. Para nosotros, es territorio español, Unión Europea, amparado por la Historia y el Derecho Internacional. Para ellos es purita Geografía: Marruecos en el continente africano. A fecha de hoy, es imposible casar las dos perspectivas. Ni siquiera para los ceutíes de origen marroquí, que conocen bien las ventajas de España y que no parecen reivindicar la marroquinidad de Ceuta y Melilla.
Décadas de interacciones, sobre todo comerciales, han trenzado nuestra relación con el vecino del sur. Interpreto que el conjunto de intereses comunes le ha hecho matizar (o, al menos, no priorizar) sus reivindicaciones territoriales. Tanto que, cuando el régimen recuerda al fin la marroquinidad de Ceuta y Melilla, parece que lo hace en un tono mitinero, dirigido hacia una feligresía cuya mirada se pretende desviar de otras cuestiones más enojosas.
El Sáhara, siempre entre ambos.
Estas interacciones no han borrado el desastre del antiguo “Sáhara español”, si me permiten rescatar el término de mi antiguo libro de texto de primaria. Dicho territorio y su población se sitúan en la encrucijada histórica de las descolonizaciónes, en nuestro caso de modo simultáneo con el desprestigio final, envejecimiento y muerte de la dictadura y, por tanto, de la acentuación de la debilidad de nuestra posición internacional, donde, por si fuera poco, inciden los Estados Unidos con su dinámica propia, comprensible solo en el contexto de la guerra fría.
Solo así se comprende que la monarquía marroquí pudiese apropiarse del territorio, forzando a la población saharaui al estado de súbditos de la corona. Claro, fue la guerra.
Es imposible intentar aproximarnos aquí a la hondura del problema. Destacar solo que la posición tradicional de la izquierdas españolas fue la de defender la soberanía y la independencia del pueblo saharaui, y condenar el modo en que España cedió el Sáhara a Marruecos, sin más. Una línea argumental quebrada solemnemente hace poco por Pedro Sánchez, sin que consten las contrapartidas. Y sin que la izquierda alternativa que comparte coalición de gobierno se rasgara las vestiduras y dejará plantado al socialista en su indignidad de Real Polítik.
Pedro Sánchez frente a la triple alianza.
Real Polítik, pues eso es lo que tenemos. Una dictadura marroquí, firme aliada de un Israel de comportamiento genocida y de unos Estados Unidos cuyos valores democráticos y republicanos no pasan por el mejor momento. El control simultáneo del estrecho de Gibraltar y el canal del Suez, vitales para la supremacía del coloso americano en su lucha global con la dictadura China.
Ante esa triple alianza, que Pedro Sánchez mantuviera la dignidad del antitrumpismo y antisionismo tenía mucho de heroico. Imagino que al hombre se le ocurriría que, después del inexplicable renuncio histórico del Sáhara, algo “geopolítico” había que decir, al menos de cara a su parroquia. Pero lo combinó con lo de la nacionalidad a los “viejos” saharauis y con ciertos movimientos con el “enemigo” argelino de Marruecos. Algo que este no podía tolerar. Una vez más.
Conclusión 1: el chantaje permanente.
Cualquier gobierno español tiene que tener muy claro que somos frontera sur de la UE y que, más allá, vive un vecino muy especial. Un vecino que conoce al dedillo nuestras “debilidades humanitarias” (así lo entienden en Marruecos) y que las usará a placer y conveniencia si nuestros actos soberanos de gobierno se apartan de lo que ellos entiendan por razonable y admisible.
En mi tierra, esto se llama chantaje. Y es curioso: en este caso, el pobre chantajea al rico; el del ejército africano (Marruecos, número 56 del Global Firepower) chantajea al ejército de la OTAN (España, número 18 de la misma clasificación). Del todo incomprensible.
Conclusión 2: tomarnos Ceuta y Melilla muy en serio.
Pasará otra vez, sin lugar a dudas. Pasará si esta frontera no recibe un diseño arquitectónico y funcional especial, que haga imposible un paso masivo como el del 30 de julio de 2026, organizado, alentado y permitido por Marruecos. Cualquier gobierno entrante debe tener un plan a medio y largo plazo para asegurar la españolidad viable y atractiva de Ceuta y Melilla. Y nada más atractivo e irrenunciable que lo predecible de la seguridad. Una frontera blindada y una ciudad segura.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.
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