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Anger–Based Medicine (o La Medicina Basada en el Cabreo)

 

Somos una sociedad envejecida, no cabe la menor duda. Nada más hay que mirar la pirámide demográfica. Y lo que te rondaré morena, por otra parte: nuestras tasas de natalidad son las más bajas del mundo, y no hay quien las levante.
Como sociedad, hemos cambiado hábitos en los últimos decenios. Podríamos decir muchas cosas, pero vamos a lo incontestable: somos más gordos, en términos generales. Y, como consecuencia de los dos hechos anteriores, hay más enfermedad cardiovascular y diabetes. Un hecho paradójico, en parte consecuencia, y en parte limitación de la prolongada duración actual de la vida. Una vida que es, en general, mucho más larga que antes. Larga, pero achacosa. Y ahí voy.
Puede proponerse que nuestra medicina científica occidental es hospitalista y asistencialista, fragmentaria y tecnificada, deshumanizada y particularizada. No seré yo quien la relacione con la elevada esperanza de vida en la actualidad; no caigo en ese simplismo. Pero, por contra, a nadie se le escapa que la medicina que ejercemos es mucho más eficaz y efectiva que la que practicábamos en décadas previas. Mucho más basada en hechos contrastados. Eficiente hasta el extremo, de la manos de gestores cuya mano raya lo insufrible. Y, por subrayar otro punto de vista, ha sufrido una tensión terrible entre el volumen de conocimientos adquirido y la insuficiencia de medios para aplicarlos de un modo medianamente equitativo a nuestro cuerpo social. Pero es una medicina cuya estructura y funcionamiento chirrían por todas partes en relación a la sociedad que quiere o debe sanar, y a sus modos fundamentales de enfermar. Lo que comentaba en los dos primeros párrafos, vaya.
Es la base para la muerte (¿de éxito?), o la lucha a tres de la que surge una propuesta de paradigma: la medicina basada en el cabreo (anger-based medicine, que la acabo de bautizar). No por chusca, menos realista.
Una población que envejece y, por tanto, que enferma. Una población con un acceso inaudito a la información de lo más variada: la buena, la mala y la regular; la desinteresada y la sometida a oscuros intereses. Una población capaz de buscar información, pero sepultada bajo toneladas de datos y de opiniones, y con serios problemas para filtrar adecuadamente aquello que le afecta. Una población vapuleada por una burocracia fría, por listas de espera y por masificaciones. Por tratos desconsiderados y personal carbonizado. Huérfanos, a veces, y otras tomados por gilipollas, al escribir reclamaciones de las que se tiene la impresión que tienen el valor del papel higiénico. Una población tentada de pagarse una compañía de seguros, porque allí todo va mejor, o más rápido, hasta que les llega el tío Paco con la rebaja y la sonrisa profidén. Gente que quiere más de nosotros, pero que piensa – no sin razón – que ya paga “hasta por respirar”, como escribía Quevedo. Gente instalada en el cabreo – mal reconocido en las encuestas de satisfacción -, aunque – por otra parte – nunca tantos tuvieron acceso a tanto, y de un modo algunas veces tan inmediato. Pero, de repente, todo está en la cuerda floja. Es que nunca tantos tuvieron acceso a tantas prestaciones que costaban tanto, con tan poca población activa. Cosas de la demografía, oiga.
Una profesión sanitaria – médica, enfermera y mucho más, oiga – achicharrada, estirada como el chicle. Gente que, en general, disfrutan de lo que hacen. Y si no disfrutan, disfrutaron tiempo ha, hasta que se lo pusieron poco menos que imposible. Que llevan el rescoldo dentro, casi apagado o apagándose a puro palazo en la boca, oiga. Gente que estudió hasta dejarse los ojos, Luego sufrió los males de un país en el que trabajar era misión imposible y ahí fue con los bártulos, de un lugar a otro, dejándose la sonrisa a jirones. Que ya saben de los contratos y los derechos, de los gritos de los jefes, de precariedades y de amenazas – veladas o declaradas -. Pero, lo peor, con todo, es tener en la cabeza la idea de mil conocimientos y cuidados que se podían hacer y no se hacen. No hay lugar, no hay tiempo. “Lo que yo haría por ti, si el otro me dejase”, parecen decir sus ojos resignados. Y callar. Y callar siempre. El miedo o la abnegación. Porque, puertas afuera, no se entiende nada de esto: “os quejáis de vicio”, dicen las almas mezquinas. Mejor seguir en silencio; «algún día me jubilo». Lo de antes: gente instalada en el cabreo. Un cabreo silencioso, gruñidos de barra de bar.
Una gestión clínica entregada a la cuadratura del círculo. Gentes venidas de la profesión sanitaria – o huyendo de ella -. O venidas de la abogacía, o caídas del platillo volante más mono. Da igual, mínimo común denominador: no les llega el olor a humanidad, ni el ruido de los gritos. O no les llega lo suficiente. Forman la llamada mesocracia, lo intermedio, lo que manda. Manda más que arriba, pero mucho más que abajo. Podría explayarme aquí, y ponerlos a parir. No caigo en la fácil tentación: alguno que otro – u otra – hay que tiene buenas intenciones y se lo curra, para qué vamos a decir otra cosa. Lo que no quita que el buen hombre – o el cínico redomado – siga ante un imposible, la cuadratura del círculo: un presupuesto con el que es imposible contentar ni a tirios ni a troyanos. Sea en la pública o en la privada, ojo, que la pela es la pela. Pero en la pública, además, con la puta política, sus plazos y sus rentabilidades. A cuadrar lo imposible, a disimular lo indisimulable, a la sonrisa fija y la palabra hueca. A negar lo obvio: que no hay un gordo para esto – ni lo hay, ni se le espera -, y que la gente está más exprimía que un limón. Pero a machacar que este Sistema – y por ende, el gobierno respectivo – es el mejón del mundo. Un cabreo disimulado bajo la máscara de la sonrisa, y la puñalá trapera de puertas a dentro. Y el paripé, de puertas afuera: el espectáculo debe continuar, que mañana mismo hay elecciones, y la presidenta venga a inaugurar quirófanos. Lo de siempre.
Al final, el cabreo. El cabreo siempre. El cabreo como base del Sistema. El cabreo ineludible. El cabreo exasperante. El cabreo cabreante. El cabreo porculizante. El cabreo, pese a todo. El cabreo a la entrada. El cabreo a la salida. El cabreo para el desayuno, el almuerzo y la cena. Y si te vas de tapas, el cabreo también. El cabreo al acostarte y al levantarse. Y no te hagas ilusiones, que el cabreo te persigue en tus sueños. 
Y ahora, pégale otro tijeretazo al cabreo. O diles que volvemos a las 35 horas, y que acabe no siendo verdad, por esto o por lo otro. O niégale a Granada sus #2hospitalescompletos. O sigue con las fusiones hospitalarias, patadas en las espinillas. O que se encuentre una mordida en medio del cabreo. Que sí, hombre que sí, que puede uno cabrearse más todavía. ¡Hasta el infinito…Y más allá! Por lo pronto hasta 
Pausa para Publicidad (Que el cabreo yo me lo quité escribiendo. No es mala terapia, que la aconsejo. Y el producto, mi primera novela, también lo vienen aconsejando gente de relieve. No os la perdáis; interesados, picar aquí).
@frelimpio

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