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Orgullo Malaje: No me gusta la Feria

Soy de Sevilla. De Sevilla capital, oiga. Padre y madre sevillanos. El padre, de la calle Feria. La madre, de la calle Carlos Cañal (a dos pasos de San Buenaventura y a cuatro de la Plaza Nueva). Vi la luz del sol la primera vez en la Clínica de Fátima, asistido el parto por el profesor don José María Bedoya. Quiero decir con esto que a ver quién me gana en sevillanía. Ni El Pali, redivivo, ni don Miguel de Mañara. Pero todo esto a ustedes les da lo mismo. Cada quien va a lo mismo: a lo suyo. Como debe ser, en esencia. Que no les cuente historias. 

Sólo presentaba el DNI, para poder decir alto y claro:
Que no me gusta la Feria. Hasta las narices, oiga. Como tantos otros, con tantos blasones sevillanos como yo o más, pero que no se atreven a hablar. Porque es tabú. Porque aquí nadie se atreve. Aquí hay que tocar las palmas, aunque se venga de un entierro. Aunque lo entierren a uno. Ahí va uno, con la caña y el tambor, camino de San Fernando, sin atreverse a decir que maldita la gracia que le hace. 
La gracia. La grasia, como decimos todos. La gracia es salir pitando el viernes de Feria, y no volver hasta el lunes, cuando la cosa esté despejaíta.
Podría decir mil cosas de la Feria de abril, y todas malas. Que si la estafa, que si lo cara, que si lo molesta, que si el polverío, que si la calor. Lo que ustedes quieran. 
Pero me voy a centrar en dos. La primera, que una jartá de gente – sí, mire usté alrededor – está de acuerdo con lo que estoy diciendo y no se atreve a piar, año tras año. Ahí va el pobre mío, cetrino, porque hay que ir, porque a ver quien se atreve a rebelarse contra la corriente, riá pitá. Y mucho menos en público, como yo lo estoy diciendo. 
Y la segunda, jartitos de aguantar improperios. Que si esaboríos, que si malajosos, que si tristes, que lo que ustedes quieran. 
Pues sépase ya: no bailamos, no cantamos, no tocamos las palmas y no nos gusta que nos sirvan jamón malo al precio de cinco jotas. No nos gusta tener que ir de punta en blanco a cubrirnos de albero, o de lo que sea. De manzanilla o de gin-tónic. O de vómito mismo. 
Y podría entrar en un análisis sociológico que reservo para un rato más relajado.
¿Que soy un malaje? Y bien malaje. Y contento de serlo. Orgulloso de mi condición, cada vez más. 
En esta tierra en que cuotas hay para cada minoría, reivindico la cuota del malaje y el día del Orgullo Malaje – en Sevilla, por supuesto -.
En fin, les dejo. A los fastidiados, el castellano antiguo: “el que se pica, ajos come”. A los que se reconozcan en este post, mi credo:
 “Pero cantar… soñar…. reir, vivir, estar solo
ser libre
tener el ojo avizor
la voz que vibre
ponerme por sombrero el universo,
por un si o un no batirme o hacer un verso
despreciar con valor la gloria y la fortuna,
viajar con la imaginación a la luna,
sólo al que vale reconocer los méritos,
no pagar jamás por favores pretéritos,
renunciar para siempre a cadenas y protocolo,
Posiblemente no volar muy alto,
pero solo.”

Cyrano de Bergerac.

@frelimpio

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