
Carrera profesional. La de los trabajadores de la Sanidad Pública de la Junta de Andalucía. Para los que la hemos padecido, un laberinto tedioso y confuso. Dicho sea especialmente para los médicos, ahora que estamos en conflicto. Y para los que aún no saben de qué va el tema, ahí van algunas pinceladas:
La carrera profesional te reconoce cosas. Cosas que hace uno a lo largo de su vida profesional. Y te las reconoce oficialmente. Se entiende mejor con un ejemplo: un médico de Atención Primaria que, unos años después de completar su formación básica y obligatoria, decide realizar un curso de cuidados paliativos. Un curso serio, formal, acreditado, solvente. La institución para la que trabaja, en este caso el Servicio Andaluz de Salud (SAS), lo reconoce oficialmente. El curso y otras muchas cosas, claro está. De este modo, las instituciones sanitarias públicas promueven que sus profesionales estén en mejora continua de conocimientos, habilidades y capacidades de cara a la ciudadanía que atienden. Además, este reconocimiento conlleva una mejora económica. Si no, se quedaría en simple medallita o palmadita en la espalda.
Visto así, gloria bendita. Claro que el demonio, como es bien sabido, encuentra un grato acomodo en los detalles. Veámoslos:
Desde 2006, los profesionales del SAS arrastramos un modelo terrible de carrera. Era la época de María Jesús Montero al frente de la Consejería de Sanidad y Consumo de la Junta de Andalucía. Y mediaba en ello la puntillosa Agencia de Calidad Sanitaria (ACSA). Lo sigue haciendo, de hecho. Y, de nuevo, hay que dar una explicación:
Según dicho modelo de carrera (aún en vigor), uno tenía que comparecer – telemáticamente – ante la agencia de marras y someterse a un complejísimo proceso de acreditación de competencias, habilidades, desarrollos, cursos, publicaciones, fidelidad expresa al sistema – tal y como se exigía en la época -, y un larguísimo etcétera. Todo ello, por supuesto, fuera del horario habitual de trabajo. Tan fuera del horario reglamentario como el tiempo preciso para ejecutar y escribir los trabajos científicos que había que presentar. Una presentación, además, zandadilleada por un sinfín de límites y rigideces, entre los que se cuentan la caducidad de las publicaciones. Por citar un solo ejemplo de esto último: un artículo de primer firmante en New England Journal of Medicine – para los extraños, el sursum corda del factor de impacto -, dejaba de contarte pasado un tiempo relativamente corto tras su publicación. Y así, tantas otras cosas.
La perfidia/crueldad de los inspiradores del sistema no tenía parangón. Como muestra, un botón: tu acreditación caducaba a los 5 años. Por tanto, tenías que reacreditarte cuando buena parte de tus méritos iniciales ya habían caducado. Un buen estímulo (o látigo) para que publicaras continuamente. ¿Cuándo hacerlo, en una vida profesional fustigada y exhausta entre guardias y salientes de guardia? Pues en tardes, noches y fines de semana, vaya. Para que tu cónyuge y niños te preguntaran qué demonios estábas haciendo. Y para que tú mismo te preguntarás, incrédulo, si la carrera de obstáculos no había concluido al finalizar el M.I.R.
Por si fuera poco, se atribuyó en aquel momento a la antes mencionada María Jesús Montero la idea e intención de hacer reversible la carrera y sus complementos salariales. De quitarte las dos perras adicionales que te habían concedido si, a los cinco años, no te sometías de nuevo al calvario. Afortunadamente, no llegó la sangre hasta ese río, aunque sí que tu jefe / jefa te pusiera anualmente en los objetivos de gestión – que es otro tema – la necesidad de reacreditarte. Miserias de la gestión clínica en Andalucía.
Esto es un simple resumen de la cuestión. Hay otras ramificaciones que no caben en un artículo como el presente.
La carrera profesional monterista se nos convirtió en un dislate. Un ladrillo de refinadas crueldades, casi imposible de tragar. Un servidor de todos ustedes se acreditó en 2009, y entonó el nunca más. Al caducar mi acreditación en 2014, me adscribí al “suicidio profesional” que me auguró entonces una destacada compañera prosistema y promontero.
En ese “suicidio” hemos caminado desnortados una miríada de profesionales que optamos, a lo largo de los años, por realizar nuestras obligaciones lo mejor posible sin dedicarnos a coleccionar medallitas o papelitos – muchos de ellos, de dudoso valor o utilidad para la ciudadanía -. Un colectivo inmenso calificado por la Junta como parias o marginales porque, a fin de cuentas, no “ensanchábamos el conocimiento” ni “mejorábamos nuestras competencias”. Es posible que la compatibilidad entre la vida profesional y la familiar no permitiera demasiados ensanches. Y más, en esta época. Y en esta tierra.
Es por eso que parece alentador el reciente acuerdo al respecto entre la administración y los sindicatos con representación en el sector. Pendientes todos, por cierto, de su concreción última y de su llegada al BOJA. En cualquier caso, lo firmado hace dias suena a música celestial – les invito a leer lo que se sabe al respecto -. De entrada, una doble vía de acceso, respetando el ínclito papel de la ACSA y la vía tradicional. Pero, por fin, una vía alternativa para todos aquellos cuyo único mérito reconocido es el de currar abnegadamente. Para que podamos abandonar la condición de paria o marginal. Buena noticia, pues, a la espera de la concreción, ya digo.
¿Electoralista? Muy probable. Juanma ha simultaneado la firma del acuerdo (y su difusión a bombo y platillo) con la convocatoria de elecciones andaluzas. Hace años, en un contexto político muy diferente, escribí que la forma “peculiar” en que María Jesús Montero implementó la prolongación pepera del horario de 35 a 37.5 horas enajenaría medio millón de votos, más o menos, al PSOE de Andalucía. Uno por cada trabajador del SAS y, además, tres familiares por currelante, grosso modo. Es curioso: esta es la cifra que Susana Díaz atribuyó a la abstención en 2018 y que María Jesús Montero pretende recuperar de cara al 17M.
Disculpen la broma; no pasa de coincidencia / conjetura chusca. Pero subyace una realidad: el Servicio Andaluz de Salud es la empresa más grande y transversal de Andalucía. Una medida como la que Moreno Bonilla acaba de acordar cala e influye mucho más de lo que parece. Nada es casual. Por otro lado, y viéndolo desde el punto de vista del paria, a nadie le amarga un dulce, qué quieren que les diga. Nunca es tarde si la dicha llega. Y si no, que se lo pregunten a UGT y CCOO, cofirmantes del acuerdo y nada sospechosos de correligionarios del actual presidente de la Junta de Andalucía.
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor. Delegado del Sindicato Médico de Sevilla.
La sanidad y la política hacen extraños compañeros de cama. Una mezcla salvaje y canalla, capaz de alumbrar una novela negra como “La Mole“. “Una historia trepidante, que te atrapa desde los primeros renglones” (comentario de lector).
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