Vocación médica. Que parece que se está perdiendo. O que se ha perdido irremisiblemente. Un aspecto más, de todo aquello que dábamos por sentado y sobre lo que basábamos nuestra convivencia.
La reflexión no es puntual ni aislada; va camino de convertirse en corriente de opinión. Solo así se explican hechos muy concretos. Por ejemplo, la preferencia de los primeros números de M.I.R. por especialidades como Dermatología y Cirugía Plástica. Especialidades estas sin guardias médicas y con excelentes expectativas en la sanidad privada. Preferencia que, por otra parte, ya no es una moda, sino una tendencia instaurada.
¿Ha huido el idealismo de los médicos en el momento de sus vidas en que dicho idealismo tendría que ser máximo?
Podemos refugiarnos, si queremos, en el sentimiento trágico de la vida y en el inútil y erróneo consuelo de que cualquier momento del pasado fue mejor. Ello sirve, eso sí, a los perezosos que se alivian la faena de rebuscar las raíces del problema.
Y el problema es que los chicos son listos y aplicados. Lo mejor académicamente de su generación. Y los primeros números de M.I.R., la crème de la crème de lo que digo. Sucede, además, que en sus larguísimos años de aprendizaje han tenido tiempo de sobra de contactar con sus mayores en el oficio. A veces, estos están en la propia familia de los aspirantes a médicos.
De este modo, los recién egresados de la Facultad se han visto expuestos, aunque sea de modo indirecto, al amargo baño de realidad que la vocación médica depara en este país (ignoro en otros). Así, los jóvenes tuvieron ocasión de saber de larguísimos años en precariedad y contrato basura, ya fuera bajo el gobierno de tirios o de troyanos. Supieron, además, que entrega y vocación sirvieron de muy poco para aliviarles un insulto, una amenaza o incluso una bofetada por un sí o por un no, sin que los administradores del sistema movieran un solo músculo más allá de la consabida palmadita en la espalda.
Supieron los estudiantes del modo en que la vocación de investigación llevó a sus mayores a comprometer sus horas libres desatendiendo en ello sus hogares. Abnegaciones y renuncias que muy raras veces proporcionaron una contrapartida: los administradores siempre replicaron con la rigidez de la norma, aplicada casi siempre del modo más antipático o severo. Conocieron los chavales la existencia de vidas machacadas por guardias frecuentes, a veces hasta la extenuación, así como de las dificultades por parte de tantos cargos de responsabilidad para conceder el beneficio del saliente de guardia o la libranza.
Conocieron al fin del modo en que su país congeló tantas veces sus sueldos y honorarios, sea en la sanidad pública o la privada, invocando supuestos privilegios de clase, o simplemente por el hecho de tener trabajo. Un mundo mediático, político y administrativo que puso siempre unos servicios mínimos garantistas ante cualquier convocatoria de huelga y que, ante la menor protesta por nuestra parte, invocaba a la vocación médica y al derecho de la población a ser asistida.
Podría seguir, pero es cansino. Ya lo saben todo y, a excepción de los profesionales, poco o nada ha interesado hasta el momento. Si preocupa ahora a alguien, es en interés propio, sopesando alarmado el aprendizaje generacional que están demostrando los médicos jóvenes. Una nueva generación de facultativos que vienen a transmitir a todo el mundo que su vocación es… ser gente normal.
Gente que vive y trabaja, ama y sufre, como todo el mundo. Ciudadanos corrientes, que pagan sus facturas y sus impuestos, como los demás. Gente, por lo demás, que aspira construir un equilibrio personal de vida y trabajo, obteniendo, eso sí, los rendimientos considerados como justos en tantos países de nuestro entorno. Rendimientos proporcionales a la duración y a las dificultades de la formación, así como a las exigencias y responsabilidades del desempeño.
Firmado por Federico Relimpio, médico y escritor.
P.D. especial dedicación a Carlos Colón, cuyo reciente artículo en Diario de Sevilla (CLIC AQUÍ) inspiró este artículo.


Mi querido compañero de promoción nos sigue poniendo frente a otro gran problema que quizas sea la solución, porque la pérdida de la vocación entre las nuevas generaciones médicas les va a proteger de los poderosos actores que operan en la Sanidad y que han abusado de la que era nuestra mayor grandeza, pero que en realidad era nuestro talón de Aquiles y nuestra mayor debilidad. Incluso a la que recurrian nuestros Colegios de médicos cuando unos pocos acudimos en busca de ayuda y de amparo.
Ahora en la Sanidad privada un grupo de médicos nos hemos unido para recuperar otra de nuestras fortalezas pérdidas, el ejercicio de la medicina como profesión libre.
Compañero de promoción y, desde hace días, de centro hospitalario en Dos Hermanas. Pero ahí sin compañías, eso sí.