Parto de una idea que elevo a la categoría de consenso: la Sanidad Pública es como la Educación o la Justicia. Una parte irrenunciable del armazón del Estado. Segundo, y también de Perogrullo: la Sanidad Pública es carísima. Un euro de cara tres del presupuesto de Andalucía, sin ir más lejos. Y con tendencia al alza. Sopla a favor del gasto el envejecimiento poblacional y la acumulación de enfermedades crónicas. Y el coste disparado de las nuevas tecnologías y medicinas.

Es caro, pero importa. El ciudadano percibe desde hace décadas su derecho a recibir una asistencia que le evita la muerte o sufrimientos. Yendo a otro aspecto, cabe interpretar que el deterioro sanitario se paga en las urnas. Mucho más que los asuntos de corrupción o malversación. Porque todos pasamos por el quirófano o por urgencias, antes o después.

Vaya por delante que Sanidad es un asunto antipático para los gobiernos autonómicos. Por caro — ya se ha visto —, y por difícil de manejar. Lo difícil depende de la ciencia médica, gestionada a su manera por un colectivo profesional de manejo laboral complejo conocido como “clase médica” — detesto el término, prefiero, con mucho, el de “profesión médica” —.

En Andalucía, hace unos quince años, el asunto se intentó regentar mediante una dosis de autoritarismo nada desdeñable. La actual ministra de Hacienda y entonces consejera de Salud y otros asuntos, María Jesús Montero, impulsó un sistema de gestión basado en el poder de los cargos intermedios. De modo resumido, se trataba de darles prerrogativas y autoridad a determinados profesionales sobre la base de la implantación de un sistema fuertemente jerarquizado y piramidal denominado “contrato-programa”. Cabe afirmar que ahí menudeó la intimidación y la amenaza velada, a fin de conseguir la obediencia. Pero aquello funcionó, qué duda cabe, y Andalucía contuvo el gasto sanitario respecto a lo que pasaba en otros lugares de España. No extraña que ello pavimentara la carrera política de la actual ministra.

Claro que hace diez años la crisis complicó la cuestión. La necesidad de recortar gastos en un sector tan sensible fue mal recibida por la población y los profesionales. Sin embargo, son varias las voces que sugieren que las altas instancias del poder andaluz decidieron que era preciso recortar por ahí, que no por otros lugares considerados más sensibles para las bolsas de voto del partido entonces en el gobierno de la Junta de Andalucía. Porque de los recortes siempre se podía culpar al gobierno central del Partido Popular.

De todo ello devino un estallido a cámara lenta a partir de 2016, que cristaliza en la crisis socio-sanitaria de las fusiones hospitalarias — concebidas en la época de María Jesús Montero —. Granada fue el epicentro, sin lugar a dudas. Manifestaciones ciudadanas, una tras otra, que desbordaron a la ciudad, para extenderse a Huelva, Málaga, otros lugares de Andalucía, y terminar en aquella multitudinaria que plantó sus reales en la misma sede de la Presidencia de la Junta. Pero Susana Díaz no se dio por aludida. Pensaba que su maquinaria propagandística y electoral era perfecta. La mujer asumía que más adelante escamparía.

Se equivocaba, y ahora lo paga en la amarga soledad de su despacho de la calle San Vicente. No entendió nunca que, a partir de 2010, se inauguraba la época de las redes sociales, donde la espontaneidad y la frescura — incluso los bulos — son difícilmente controlables. Atrás quedaban los tiempos de la opinión maleable a través de los medios adictos o en nómina. Y los médicos nos zafamos por fin de la coraza de miedo a nuestros jefes, para comunicar alto y claro nuestras dolorosas verdades a los ciudadanos. Ya no sería posible, como en el 87, descalificar la huelga médica desde la prensa y RTVE. Ahora, el ciudadano sabía que el malo se escondía en los despachos de la administración y que los profesionales iban con ellos a las manifestaciones.

Hoy, son muchas las voces que reconocen que la caída del Quirinale de San Telmo tuvo bastante que ver con la torpeza del susanismo en el manejo de la crisis socio-sanitaria. Y que la alianza de los profesionales con los ciudadanos tuvo un papel destacado. Lo reconocen incluso excargos del PSOE, sin atreverse a alzar demasiado la voz.

Sin embargo, el nuevo gobierno andaluz no acaba de hacer propio este análisis. Ven a la Junta como un regalo del cielo, sin que acierten a saber cómo fue posible. Y en consecuencia, se han hecho cargo de la Sanidad Pública como al que le regalan una nave espacial, sin instrucciones, brújula ni expertos. Sin saber, ni querer consultar. Como el que espera desnortado a que, cuando los otros sustituyan a Susana, el próximo verano, vuelva María Jesús Montero – un poner – a decirnos: “¿veis cómo no podéis curaros solos? ¡Os hace falta mano dura!”.

(Artículo aparecido en la versión impresa del ABC de Sevilla el 6 de febrero del 2020 como Tribuna Abierta)

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, Observatorio de la Sanidad del Real e Ilustre Colegio de Médicos de Sevilla.

Twitter: @frelimpio

«Adiós a Rubén y a su Nuevo Orden. A sus vigilantes y sus chivatos. A sus colas repletas de gente famélica serpenteando por calles decrépitas. Y a tantas otras cosas…».

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Escapar del Paraíso

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