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Presentación de K.O.L. (Líder de Opinión)

Presentación de la novela K.O.L Líder de Opinión a cargo de su autor, Federico Relimpio, en el Excmo. Ateneo de Sevilla el 25 de abril del 2013.

Queridos amigos;

Buenas tardes a todos. En primer lugar, quiero daros las gracias por haber venido a acompañarme a la presentación de mi primera novela, a compartir esta alegría y esta emoción en este día tan importante para mí.
Creo que la primera pregunta que se os puede ocurrir es simple y obvia: ¿De qué va esta novela? 
Voy a comenzar diciendo que siempre me gustó aquello de «Que veinte años no es nada», de Gardel…  Pues este año hacemos veinticinco. Los de mi promoción de Medicina, digo. Creo que alguno que otro anda por aquí.
Veinticinco años dan para mucho, ¿Verdad? Todo un proyecto de vida. Una especialidad, una familia… Tantas vivencias, tantos recuerdos… Parece que hablo del fin de un camino y sin embargo, tengo que darme un pellizco para despertar y darme cuenta de que nos queda aún mucho por delante. Es por eso que esta novela está hoy a vuestro alcance.
Acabo de decir veinticinco años pero tengo que desdecirme: llevo algunos más. Confieso hoy que no llegué inocente a la cabecera del enfermo. Venía enriquecido con las experiencias, pero también los sinsabores de la larga lucha de mi padre en el quirófano. Durante estos años, un poco al modo de Hamlet, he dudado si me hallaba ante un Sistema Sanitario benefactor, con el que debía colaborar o, por el contrario, ante un Sistema Sanitario posiblemente un poco duro de oídos del que, del algún modo, debía defender a mis pacientes y también a mí mismo.
Porque toda mi actividad y mis ilusiones profesionales se han desarrollado dentro de este Sistema Sanitario Público, al que creo una de las instituciones más respetables y respetadas por la ciudadanía, pese a sus problemas.

Me gustaría hacer aquí un punto y aparte para hacer un breve comentario acerca de nuestras instituciones. Porque da la impresión que, de un tiempo a esta parte, el andamiaje trabajosamente ensamblado desde la Transición no parece tan firme. Y ello sacude desde la más alta magistratura del Estado a la capacidad del mismo para intervenir en la esfera privada. A los valores y las libertades. A la esencia de la ciudadanía y a aquello por lo que estamos dispuestos a luchar. Y de qué manera, claro. En este contexto y yendo ya un poco más a lo particular, podríamos proponer que las instituciones académicas de nuestro país, en términos generales, son poco competitivas, burocráticas y endogámicas. Un muro disuasorio. En la misma línea, podría plantear si el desarrollo de las autonomías no ha impactado desfavorablemente en la coordinación interna del Sistema Nacional de Salud y sus recursos humanos. A modo de ejemplo, podemos proponer que la capacidad real de un facultativo para cambiar de comunidad autónoma hoy es mucho menor que hace un par de décadas. Del mismo modo, está en la mente de muchos la idea de que la batalla política ha afectado demasiado a la vida y funcionamiento de las instituciones sanitarias y condicionado la actividad de consultorios y hospitales. 
¿Pero esto a qué viene ahora? Creo no equivocarme si digo que ustedes no han venido a que yo diserte acerca de lo que otros pueden opinar de modo más informado, sino a enterarse de por qué un médico de nuestra Sanidad Pública se pone a escribir una novela en vez de dedicarse a estudiar Medicina y ver sus pacientes, que es lo que tiene que hacer. 
Sin embargo, la circunstancia del contexto institucional es un elemento necesario para comprender la extraña deriva de un chaval ilusionado y estudioso y su progresivo enredarse con las amistades peligrosas de la Industria Farmacéutica. Sin que ello le valga de justificación, eximente ni de atenuante, vaya ello por delante. Quiero decir con esto lo que cualquier campesino sabe bien: que cualquier cosa que se recoja del campo es producto del terreno, del clima, del año de aguas, del abono y del carácter de la simiente. Sólo que hay cosechas que se recogen sólo a los veinticinco años de sembrar. Cuando queda tiempo sólo para una cosecha más, si hay suerte. Y a ver qué se recoge.
Como es lógico, no voy a desvelaros el contenido de la novela. Ahí está, para el que la quiera leer. Decir sólo: no busquen ahí una autobiografía, aunque sí que está inspirada en hechos y experiencias. Uniendo y atando de aquí y allá. 
Es preciso volver sobre la Industria Farmacéutica, actriz secundaria de renombre y personalidad en esta obra. 

Quisiera sin embargo evitar caer en un discurso simplista de blancos y negros. Siempre he sostenido que no puede llamarse maquinaria demoníaca a aquélla que pone en el mercado la cimetidina, la ranitidina y por fin el omeprazol. Y, de este modo, la cirugía de la úlcera empezó a entrar en el desván de la Historia. Hay muchos otros ejemplos: los antibióticos, antihipertensivos, los antirretrovirales o simplemente la insulina, hace casi noventa años. No; se trata de una Industria benéfica y necesaria, que debe aportar muchas cosas más a nuestras vidas.

Pero herramientas benéficas, como el automóvil o un simple cuchillo de cocina, pueden ser mal empleadas en un acceso de locura. Desprovista de un adecuado sistema de inspección o contrapoderes y primando el mecanismo de hacer dinero, una maquinaria destinada a modificar nuestras vidas para bien puede hacerse autónoma y sacar los pies del plato.

Los años ochenta, pero sobre todo los noventa fueron un buen ejemplo de lo que estoy diciendo. La competición de unas compañías con otras, las fusiones, la dinámica de mercado, la emergencia apresurada de nuevos medicamentos y la necesidad de financiar costosas redes de investigación y encima obtener beneficio hizo a las cúpulas de las multinacionales apretar el acelerador. 

Es preocupante plantear si en esa carrera infernal, las multinacionales de la Industria Farmacéutica se hicieron con una cuota inaceptable de influencia en las sociedades científicas, en sus órganos oficiales de expresión y si compraron de algún modo la voluntad de los líderes de opinión de la comunidad médico-científica internacional: aquellas personas que dirigían los ensayos clínicos, que presentaban sus resultados en exóticos saraos y que redactaban las Guías de Práctica Clínica. Aquéllos que nos susurraban al oído qué estaba bien y qué estaba mal, qué estaba desfasado y qué era lo moderno. La Industria inventó sus moléculas – algunas excelentes, y otras no tanto – y, de alguna manera, compró a toda la cadena hasta llevar la pastilla a la boca del paciente. Porque para nosotros, los facultativos, era cómodo y agradable ser traídos y llevados a viajes de lujo y que se nos dieran masticadas las verdades convenientes. Ni teníamos tantas herramientas de discernir a nuestro alcance ni queríamos molestarnos en adquirir la metodología necesaria para sopesar esa información en otra parte y de modo más completo. Y nuestras queridas administraciones sanitarias, aún hoy, delegan casi todo el esfuerzo formativo en los líderes de opinión de la Industria Farmacéutica… ¿A qué quejarse, entonces, de que se nos vaya a todos el gasto en novedades terapéuticas cuyas ventajas comparativas son muchas veces cuestionables?
Cuando escribí la novela pensé que retrataba una época cuyos manejos eran felizmente el pasado. Desgraciadamente, me equivocaba. La reacción de las administraciones públicas a partir de comienzos de este siglo fue un cambio posiblemente bien intencionado, pero torpe, como todos los que no se basan adecuadamente en una relación de confianza mutua. Muchos sostenemos la tesis de que el Código Deontológico explicitado por Pharmaindustria no fue más que un cambio cosmético. Hoy, la Industria es aun más poderosa que en los noventa, aunque sus prácticas sean menos ostensibles. En los últimos dos años, he sostenido algunas iniciativas a varios niveles para expresar una protesta contra este predominio lesivo: desde promover un debate  sobre Farmacología, diabetes y sostenibilidad del Sistema en el 36 Congreso de la Sociedad Andaluza de Endocrinología y Nutrición a dos cartas al director en revistas clínicas pasando por varias entradas de blog. Pero hoy no es día para aburrir con los detalles. Sólo deseo dejarles una idea clara: que la historia reciente de la Farmacología Clínica ha conocido avances, sí, pero también con frecuencia fármacos bluff, terribles errores de mercado o pastillas que no sirvieron para nada y que nos costaron y nos siguen costando un dineral, mientras lo mejor de nuestra juventud sanitaria sigue con el contrato basura o mira ya al extranjero, donde sabe de sobras que la consideración laboral suele es diferente. En algunos aspectos, veinticinco años después, la vida sigue igual, como cantaba Julio Iglesias…
Al ver a este triste doctor Rafael, protagonista de la novela, muchos dirían que anduvo a bandazos. Tal vez. O quizás, pidiendo mil perdones por osar compararlo con el clásico, sólo tenga algunas cosas en común con Hamlet. No sé, la verdad… Dudas, demasiadas dudas. La búsqueda del propio camino. La cuestión es que, aún sin abandonar las amistades peligrosas, nuestro personaje se va a internar en su laberinto personal e intenta colaborar en lo que puede con esta Revolución de Octubre, detectando ahí cierta honradez de principiosY ahí tocamos otra de las comparaciones favoritas de la novela. Pero, de nuevo, me niego a ser más explícito. Ahí queda. ¿El resultado? Léanlo. El previsible. Lo que dan de sí los cambios bruscos de timón. Sólo que, entre unas cosas y otras, van pasando los años y, de los ideales de antaño, poquito va quedando, ¿Verdad?

Hoy quiero compartir con vosotros el largo camino emprendido para aclarar todas estas dudas:
¿Cómo es uno de mayor utilidad? ¿Siendo un empleado obediente y callado de un Sistema a cuya cúspide se supone buena voluntad y sabiduría? ¿O un díscolo protestón posicionado frente a una organización calificada como monolítica incluso por gente muy comprometida con la misma?
Sé bien que algunos piensan que hay una tercera opción: integrarse en el Sistema a intentar introducir tus puntos de vista al modo del condimento que penetra en los buenos guisos. Hoy tengo que confesar que, en alguna medida, esta novela es el resultado de mi experiencia en ese intento. Tal vez me faltara una dosis suplementaria de paciencia para soportar sus interminables reuniones. O quizás sea preciso aprender un poco de diplomacia. Pero también puede que sea verdad el rumor que va camino de convertirse en clamor: que puede sugerirse que el gobierno de nuestro Sistema Sanitario Público es reticente a asumir las percepciones, experiencias o contribuciones de su periferia. 
Todo lo que nos lleva de nuevo al hilo principal. Que veinticinco años de profesión dan para mucho. Incluso para llegar a plantearte si has elegido la profesión equivocada en el lugar y momento equivocados. Y la idea no es mía; es la conclusión de varios afamados expertos en la materia. Sin embargo, nuestro Sistema Sanitario Público proclama su autodefinición como organización de profesionales. En este sentido, voy a enfilar la salida con una propuesta que hace tiempo me ronda la cabeza: tomar una idea de las organizaciones modernas y realizar lo que se denomina diagnóstico de clima interno para evaluar en qué medida somos profesionales satisfechos o no, en qué dimensiones la satisfacción es mejorable y qué acciones concretas pueden emprenderse a tal respecto. Pero, sea cual sea la política de recursos humanos adoptada, sería deseable que el sistema de valores del Sistema Sanitario Público se articulase visiblemente en torno a la idea del respeto. Respeto al ciudadano y al profesional. Porque en la base profesional a la que perteneceré siempre hay mucho y se aportan muchas cosas que escapan a la frialdad del objetivo y del indicador. Y hay mucho que decir acerca de la calidad real del producto sanitario y de la calidad humana y organizativa de los cargos intermedios.

Termino ya y quiero dejarles una idea clara. Esta obra no va contra nada ni contra nadie. Es la historia de un reencuentro, de una reorientación. Después de veinticinco años y a mitad de camino, podemos y tenemos que buscar un sentido a lo que hacemos porque es importante. Probablemente, entendiendo que éste sí es un país para pacientes, vendrá por añadidura que forzosamente es un país para profesionales sanitarios. Pero profesionales sin miedos. Profesionales expresando su opinión. En una organización vertebrada de arriba abajo, pero también de abajo arriba, prescindiendo de grasa inútil o ruido de fondo que sólo contamina y no enriquece.
 

Por último, me gustaría intentar ser justo y citar aquí y ahora a todas las personas con las que estoy en deuda en este proyecto. 
Mi infinito agradecimiento a Manuel del Valle. Su compromiso con mi obra y mi persona han sido algo fuera de lo común. Gracias, Manuel.
Gracias a mi entrañable amigo Emilio Molina, veterano sénior de mi hospital y cardiólogo batallado. Gracias por todo, Emilio.
Gracias a Alfonso Pedrosa por su atención sobre la obra y sobre mi persona. Ha sido el inicio de una relación personal estrecha y de una complicidad enriquecedora y divertida. 
Gracias a la amistad con mi compañero José Javier Ruiz Pérez (Pepe) – de treinta y un años de andadura -, que me lleva adelantados unos kilómetros en esto de la novela. Sin aquella cena reencuentro en El Rinconcillo a fines del 2008, hoy no estaríamos aquí. 
Gracias a mi compañera, amiga y vecina Reme Otero: nuestra larga amistad fue la que le permitió en la primavera del 2009 tener toda la confianza para decir: “Federico, esto es sólo el boceto de una novela.” Gracias, Reme. 
Gracias a mi hermano Pablo, compañero de habitación durante veintitantos años, durante los cuales adquirió maestría en el sano deporte de no darme nunca la razón. Gracias por no permitirme darme por vencido, Pablo; te la debo.
Gracias a todas y todos los que me acompañasteis desde el principio. A todos los que me dijisteis que así no. A los que me llevasteis de la manita. Porque en esto de escribir, no soy más que una criaturilla que da sus primeros pasos y tropieza. Gracias por supuesto a la atención de Ruth y de Ismael, de Anantes, que han evitado que la obra quedase perdida en Internet. Y quiero terminar diciendo que nunca podré olvidar la cálida llamada de Alberto Máximo Pérez Calero, presidente del Ateneo, poniendo a nuestra disposición la institución que preside para que el acto de hoy fuese la realidad que es. 
Sin esta tropa conmigo, nunca habrían caído los muros de la fortaleza más dura: la que llevo dentro de la cabeza; mis miedos, mis resistencias, mis “no puedo”, mis “es imposible”,  mis “no sirve de nada”. A todas y todos, gracias. 
Eso es todo, tengan mi más sincero agradecimiento por su presencia y su paciencia.

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