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Obesidad: ¿Por qué fracasan las dietas?

Decir a estas alturas que el sobrepeso y la obesidad es la pandemia del siglo XXI y que constituye uno de los límites fundamentales a la expansión social de la esperanza de vida media – y el lastre más importante para la morbimortalidad en nuestro medio – es subrayar cien veces lo obvio. Y para decir lo que ustedes ya saben acerca de la importancia de la educación en el buen comer y de la necesidad de practicar ejercicio desde la infancia, mejor callarse. Lo sabe todo el mundo. Pero las cifras siguen ahí, aterradoras, y parece que nada puede hacerse, salvo operar los casos más dramáticos o gastarnos las pelas en tratamientos novedosos y carísimos que a ver qué juego dan. Seguiremos años discutiendo que si la dieta Atkins o la dieta de la zona. Que si ésta es mejor o ésta peor. Todas sirven, de algún modo. Pero al final, en obesidad, casi todo tiende a fracasar. Y es ahí donde quisiera atreverme a dar dos pinceladas. ¿Por qué, hasta ahora, hablar de obesidad, es hablar de fracaso – y por tanto, de negocio para tantos -?

1. Porque comer es un placer. Un placer relativamente barato o, desde luego, más barato que otros. Más barato que viajar o que la práctica de muchos deportes y que, además, no defrauda. No necesita la aquiescencia de otra persona, como el sexo – que puede practicarse en solitario, de cualquier modo -, pero es compatible con la práctica simultánea de otras actividades, especialmente si son sedentarias, como ver la tele o charlar con los amigos. Comer es un placer, y más placer aún si lo que se come tiene muchas, muchas calorías. Lo siento amigo, cualquier restricción calórica creará una intensa disforia, soportable sólo un tiempo limitado. Y además, un día es un día. Máxime si esta vida son dos días.
2. Porque eso de comer es mucho más que meter comida en la boca. Es reunirse con los amigotes o amigotas. Es la entrañabilidad o la confidencia. O cerrar un buen negocio. O presentar tu nuevo retoño a la familia y aledaños. O decirle al mundo que te casas. Sobre todo nosotros, los sureños, gente jovial, simpática y gozadora, amante del jolgorio y de la fiesta – o eso dice el tópico, claro -. Que la comida se entrelaza profundamente con lo sociológico y lo antropológico. Y si no, se lo preguntan ustedes a mis pobres pacientes cuando me los envían poco antes de Navidades: “Doctor, empezamos después del seis de enero… ¿Vale?” (Pues vale, hijos… ¡No va a valer!).
3. Porque usted se habrá creído a lo mejor que al perder peso se pierde grasa. Pues le han informado mal, que para eso estoy yo, para sacarle del error. Se pierde grasa, pero también se pierde masa magra. ¿Qué es masa magra? Muy fácil, es lo que se desperdicia de usted si le quitamos todo el tocino. En la práctica, si usted pierde peso, pierde tocino, pero también pierde músculo y hueso. ¿Y a dónde me quiere llevar con eso? Pues mire; le interesa más de lo que usted cree. Al perder músculo y hueso, pierde capacidad de quemar calorías. Es por ello por el que todas la dietas, que tan efectivas son el primer mes, dejan de serlo el cuarto o el quinto, para desesperación del abnegado obeso – el que lo haga bien y resista las tentaciones arriba mencionadas, claro -.
4. Dejo para el final lo más importante. La obesidad es una enfermedad en la genética juega un papel clave. Predisposición genética, que no quiere decir genéticamente determinada, que es otra cosa. Lo que quiere decir que los hijos de obesos están predispuestos a serlo, pero pueden evitarlo de múltiples maneras – no me venga usted a justificar su obesidad mirando la chicha de sus papás -. También la obesidad es una enfermedad que recae sobre estructuras sociales y económicas determinadas y en ciertas regiones y países más que en otros. Afecta más a gentes de origen menos favorecido, cierto es, pero ello, insisto, no es determinante. Fíjense, yo diría que, en el mecanismo final, va a ser importante la atención sobre la ingesta y fracasamos justamente por fatiga en la atención sobre la ingesta. Y me explico.

Es comentario común entre mis pacientes con sobrepeso u obesidad el no explicarse lo gordos o gordas que están para lo poco que comen. El otro día hablaba yo con un compañero de gran categoría científica que me comentaba la necesidad de identificar y actuar sobre estos hipometabolizadores. Cierto es que estos sufridos pacientes, se han topado con uno de los problemas no resueltos de la medicina contemporánea. Hace unos años, un elegante artículo de una revista científica de impacto abordó el tema de modo cabal mediante técnicas sofisticadas. El resultado fue contrario a las tesis de mi compañero y de mis pacientes: los datos demostraban que el paciente obeso – casi sistemáticamente – informaba o reportaba comer cantidades sustancialmente inferiores de lo que comía realmente. De algún modo, se nos cuelan las calorías en la boca, sin darnos cuenta. Están ahí, simplemente, y entran. Lo que digo: una enfermedad de la atención. Comemos cuando vemos la tele, picoteamos cualquier cosa en el trabajo, tomamos un mini piscolabis aquí o allá o aceptamos un trozo de chocolatina de éste o aquél. O me tomo unos frutos secos mientras abro el correo electrónico. Pero tengo la sensación de restricción mientras almuerzo. Vivo a dieta, pero no pierdo. Y ése es el éxito – transitorio – de las dietas.

Hay una cantidad sustancial de literatura científica, precientífica, pericientífica, esotérica, divulgativa y mística en torno a las dichosas y odiadísimas dietas. Que si Atkins, que si Montignac, que si la Zona, que si Duncan y veinticinco mil cosas más que sin duda saldrán. Veinte interpretaciones fisiopatológicas, que no faltan. Que si macro o micronutrientes. Que si insulina y carbohidratos. Permítanme que dude todo eso – no que lo niegue, válgame Dios -. Yo creo que todas son válidas y todas actúan igual. Y les pondré un ejemplo. Por ser un país de antigua tradición católica: la dieta del Ave María. Mire, cada vez que vaya usted a comer lo que sea – luego le dan un papelillo de la dieta que ustedes quieran -, antes se va a santiguar y va a rezar un avemaría para que la dieta le haga efecto. Seguro que es santa palabra – y nunca mejor dicho -. Y no creo que sea por la intervención divina, que si algo creí a pies juntillas del mundo ultraterreno, fue aquello de a Dios rogando y con el mazo dando. Es por el hecho de haber transformado la alimentación en algo consciente, algo objeto de atención, algo de lo que depende tu salud o tu enfermedad. En ese momento, se ha hecho el milagro.

Pero no se preocupe, nuestra recién bautizada dieta del Ave María – como si la hacemos del mantra o si cantamos una canción de John Lennon o cualquier cosa en la que usted crea antes de comer – todo, todo va a fracasar al final. Porque el mismo mecanismo que la hacer efectiva termina por hacerla fracasar. Al final de largos meses sobreviene una terrible fatiga de la atención. Somos humanos y nos cansamos. Nuestras energías son limitadas. No podemos vivir con la escopeta cargada hacia la caloría como si fuera una inspección inesperada del tipejo de Hacienda. Al final todo regresa a su sitio y la chocolatina vuelve a nuestra boca, nadie sabe por qué ni de qué modo. Y los kilos a la barriga. Y de nuevo, la jodida operación bikini. De nuevo a la consulta del endocrino. A ponernos a dieta. A ver qué se inventa ahora.

***
No les voy a dejar con un “No Future” a lo Sex Pistols. Sí hay future, pero jode. Como el future económico de esta nación. Tenemos que aumentar masa magra (ver más arriba, que ya se les ha olvidado lo que es, que ejercitan poco la memoria). Y, para ello, tenemos que acostumbrarnos a hacer ejercicio – moderado, pero con mucha frecuencia -. Y hagan el puñetero favor de no pesarse antes y después del ejercicio. Porque a corto plazo NO sirve. Sirve a largo plazo. Y sirve, sobre todo para NO ganar peso y encontrarse mejor. Y tener más ganas de hacer cosas. Y quitarse la mugre emocional. Que no es poco. Y sirve, sobre todo, para no reganar con tanta facilidad el peso perdido con toda la dificultad del mundo haciendo la dieta que a usted le dé la gana. La que sea. Que estaba yo pensando en patentar lo del Ave María, pero siempre he criticado a los escritores facilones de libros de autoyuda, que tienen mucha cara. Que si ustedes no andan mal de dinero, mejor se compran mi novela – que si no aprovecho yo esto para hacerme un poco de propaganda, a ver cómo -. Buenos días y buena suerte.

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