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No estoy pa nadie, jefa. Ni pa ti, ni pa nadie.

Hola Gloria. Disculpa por este mail; sé que no te gustan. Disculpa doble; me ha salido un poco largo. Pero, aun así, te ruego que te lo leas hasta el final. Verás, a mí lo que no me gustan son tus whatsapps, y mi arranque de sinceridad es culpable. Y lo es porque llega tarde, porque debí decírtelo hace años y porque creo que el peor pecado es la debilidad, ese renuncio diario que nos lleva a no dar la cara con tal de no tener problemas, con el resultado de crear una bola de nieve: muchos más problemas, más asfixiantes, menos resolubles.
Nada más llegada al Centro me soltaste una de las tuyas: “Esto no es un trabajo de ocho a tres.” Dicho así, sin más, con tu mirada de convicción y la credibilidad que te otorga tu entrega a la causa político-sanitaria. Debí contestarte entonces, pero no lo hice. Hice lo que los otros, lo que yo misma: meter la cabeza y asentir, evitar la tormenta. Herencia de mis mayores, de todos: no te signifiques, no te crees problemas, no te opongas al jefe. A la jefa, en este caso.
Porque un jefe es un problema. Siempre lo es. Para las vacaciones o para un fin de semana largo. Para los días de libre disposición. Para que te cambien una auxiliar displicente o ineducada. O para conseguir mejor habitáculo. O para conseguir desarrollar un proyecto profesional: en mi caso, la monográfica de enfermedades de transmisión sexual. Y lo que vino después: el ringorrango y el ego. Las relaciones con la Industria y con la Administración. Que cuenten contigo. Ser alguien, tras pasar los años. Participar en la redacción de protocolos y documentos. Tener acceso a proyectos de investigación financiados. Todo eso vuela en una relación tensa con la jefatura. La labor de dos décadas, en el cubo de la basura. Como si no hubieras hecho nada. La estúpida pretensión que ser tú mismo en este mundo exige algún que otro “sí, bwana”. De un modo u otro. Desayunarte un sapo todos los días. Y si no, todos los lunes.
Para mí, desayunarme un sapo es que me mandes un whatsapp cuando te da la gana. Y que me tengas fiscalizado si estoy conectada o no, y me pidas explicaciones si tardo en contestar. Gloria: tengo cuarenta y seis, y Ramiro – el cielo ganado – aún me aguanta. Y tengo los ovarios en pie – como un reloj, coño, y nunca mejor dicho -. Si a tus cincuenta y cinco no te queda más que la profesión, es cosa tuya. A mí no se me acaba la vida con esto. Y no me respondas que estoy hormonal, que tengo un calentón y que el lunes hablamos. Porque eso ya me lo dijiste hace tres años, y sigues mandándome whatsapps – si no llamadas de voz -.
Toco fondo, Gloria; es sábado, y son las 23:42. El lunes es fecha límite para lo del proyecto, y no se presenta. No te lo pregunto; te informo. No puede ser. No me quedo otro sábado sin salir, con el Ramiro llamándome a cenar y luego, viéndose la peli en la tele él solito. Se me pasan los años – a todos -. Y han sido duros – para todos -. Y el trato dispensado por esa Consejería que “tanto cuenta con nosotros” no ha sido precisamente suave. ¿Se te han olvidado ya mis primeros años renovando mes a mes – o casi -, sin saber si tendría que desmontar la casa a cada instante? A mí no. ¿Se te han olvidado los años en que la gerencia no nos reconocía el derecho al saliente de guardia? A mí no. ¿Y el tiempo en que, una vez reconocido, admití tus chantajes emocionales – la debilidad, de nuevo – para que no hiciese uso de dicho derecho y trabajase tras haber mal dormido de dos a seis horas? Tampoco se me ha olvidado. Podría seguir así y hacer un mail de seis páginas, pero estoy agotada. Solo te cuento lo último, Gloria: las tardes, las malditas tardes gratis. Las tardes que tú llamas de Rajoy, lo de las treinta y siete horas y media, pero que todo el mundo ha aplicado de modo suavito. Todos, menos nosotros en el SAS, donde todo parece caer a plomo fundido, y especialmente contigo, cariño, especialmente dispuesta a levantar la mano en las reus de jefes, sacar pecho y gritar: ¡Lo que haga falta! ¿Comprendes ahora mis irritantes evasivas cuando me preguntabas estos meses atrás qué me disponía a votar? Tu partido se me ha hecho algo insufrible, odioso.
Pero en fin, Gloria, que quiero terminar, y todavía me queda el domingo entero. Como cantaba Serrat: hoy puede ser un gran día… Dalo por hecho y confirmado: he escrito a los residentes que dejo los proyectos, los trabajos y las comunicaciones pendientes. A los grupos de trabajo en las sociedades científicas acabo de mandar correos formales informando que abandono la pertenencia y que pongo mi cargo a disposición. Del mismo modo, he escrito a la responsable de la comisión interniveles para enfermedades de transmisión sexual para dimitir de modo irrevocable de mis responsabilidades. He presentado igualmente la dimisión en el grupo de trabajo de la Consejería. Puedes designar a quien creas conveniente y reasignarme puesto según las conveniencias de la organización asistencial. De ocho a tres, lo que haga falta. El resto va a ser para mí, Gloria. Para mí y para los míos. Y no contesto whatsapps, ni llamadas. No estoy pa nadie. Ni pa ti, ni pa nadie.

@frelimpio

2 thoughts on “No estoy pa nadie, jefa. Ni pa ti, ni pa nadie.

  1. Anónimo says:

    Hace años que descubrí que lo mejor es, a pesar de dar doble ganancia a los ladrones de las empresas de telefonía, tener una segunda línea telefónica: una para dar en el trabajo, a los compañeros que te llaman para cambiar guardias, al jefe que te quiere clavar in extremis una guardia de fin de semana porque alguien se ha puesto enfermo… Y otra para la familia, amigos y gente que realmente importa. La primera se silencia o apaga por las tardes y noches, los festivos y los fines de semana. En la segunda, los teléfonos del hospital, del jefe o de los compañeros van directamente a la "lista negra", junto con los números de "spam" de Vodafone, Jazztel y demás, por si acaso algún imbécil se va de la lengua y desvela mi número privado a los indeseables. Si intentan llamar, salta directamente el buzón de voz, y pueden dejar uno, diez o diez mil mensajes, si les apetece, o bombardearme con Whatsapps. Y que le den por culo al jefe y a la dirección del hospital. En cuanto a las demás responsabilidades, como la docencia de residentes, etc., hace tiempo que me he desmarcado de ellas porque nadie me ha pagado jamás un euro por ello, ni me ha liberado horas para dedicarle, y ya me he hartado de sacar esas horas de mi tiempo libre, que pertenece a mi familia, a mis amigos y a mí mismo para descansar y dedicarme a hacer otras cosas. ¿Es eso lo que quieren? ¿Médicos desmotivados? Pues eso están consiguiendo. No le robaré ni un minuto a mi mujer o a mi hijo para regalárselo al tiralevitas de mi jefe, ni a la gerencia. Otra cosa será que un paciente operado por mí me preocupe, y yo decida dedicar tiempo fuera de mi horario a reoperarlo, si lo creo conveniente, por una complicación. Sobre todo si no confío en el equipo de guardia. Pero eso será mi decisión, no el capricho de un jefe puesto a dedo por ser ambicioso, pomposo y dócil con sus amos de la gerencia. (Fdo: Jose, desde el SERGAS)

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