Los MIR tienen razón. Y no es por una cuestión puntual. No se trata de un problema concreto de los MIR de Madrid. Ni siquiera es de ahora. No, tienen razón desde hace décadas. La tienen por lo que son, y por lo que hacen. Y por cómo les han tratado y les siguen tratando. Por cómo nos trataron a tantos cuando estábamos en esas. Que las cosas no han cambiado, y a mí no se me ha olvidado. Y me explico.

El MIR (o EIR, si incluimos a especialidades no médicas) es un sistema de formación excelente. Tanto lo es, que ya no concebimos otro. Que es legalmente imposible el contacto con un paciente sin haber accedido y superado las piedras miliares de este sistema formativo. Y, por si fuera poco, dicho sistema homologa a nuestros especialistas en la mayor parte de los países de nuestro entorno, donde terminan yéndose muchos, hartos del desierto patrio. Pero ese es otro cantar.

Recuerdo que al MIR se accede tras superar la carrera de Medicina. Y, para ello, es preciso superar primero el bachillerato y las pruebas de acceso a la Universidad con unas calificaciones elevadísimas. Por lo tanto, el examen MIR es una prueba objetiva de evaluación de una élite académica del país. Tras acceder al contrato formativo, el médico interno residente se percata de que su posición en la vida sanitaria va mucho más allá de lo formativo, y perdóneseme por la reiteración.

A su llegada a su centro, el pobre chaval que acaba de superar una larguísima carrera de obstáculos académicos se encuentra en la triste situación de chiquichanca o mindundi, chico o chica para todo, último en un escalafón rígido y disfuncional de un pseudofuncionariado rancio denominado “Estatuto Médico”.

¿Cómo explicar, pues, lo de sistema formativo “excelente” cuando, a continuación, tenemos que subrayar lo deficiente de la tutorización? Insisto: el o la residente se forma como puede y quiere, mejor o peor según el lugar y la dedicación de sus maestros, pero con una sempiterna característica: que vendrá a realizar una serie de tareas menores, incómodas o engorrosas de las que huyen sus mayores. E insisten los hechos, de igual modo: la excelencia no la da el interés de sus maestros — salvo honrosa excepciones —, sino un sistema que enfrenta al pobre aprendiz con el enfermo, sin más ayuda, tantas veces, que sus nervios e internet. O, en algún caso, el raro colega que no se cree lo de la competición y el individualismo. Poco más, la verdad.

Así es hoy, y así fue siempre. Con frecuencia, se les acusa de blandengues y de que “cualquier tiempo pasado fue más duro”. Que en los “viejos y buenos tiempos” no se libraban las guardias y se quedaba uno hasta las tantas, a lo que dijeran sus mayores.

Discrepo radicalmente. Si siempre fue un puteo, la culpa fue de los sumisos de ayer, y el mérito de los rebeldes de hoy, que reivindican que la residencia es momento de ilusión, aprendizaje y trabajo, y no una época de terror y angustia, “porque así fue siempre”.

No, señor: un erre uno o erre lo que sea no tiene por qué aguantar una guardia de veinticuatro horas. Ello es obsoleto y peligroso para el paciente. Debería ser erradicado por ley. El cerebro del chaval no carbura pasadas las diez horas, y mucho menos en ambiente de tensión y masificación.

No, señor; no están debidamente tutorizados. Ni lo estuve yo, en el 89, ni lo están ahora en el 2020. La misma queja, la misma figura: MIR. Porque, sépase, se forma un “ambientillo” en todas partes donde se “premia” y se “valora” al “resolutivo”, aunque este pretenda “resolver” aquello para lo que no tiene experiencia ni capacidad. La consecuencia: “comerse la angustia y el marrón” a las cuatro de la mañana, cuando eres incapaz siquiera de teclear de modo adecuado. Y todo porque refleja un defecto de organización de guardias de veinticuatro horas que los médicos mayores no son capaces de soportar. Simplemente porque es insoportable. Pero, insisto, esto es otro cantar.

No, señor; no están adecuadamente pagados. Ni lo estuve yo, en el 89, ni lo están ahora en el 2020. La misma queja, la misma figura: MIR. Porque, sépase, se forma un “ambientillo” según el cual está feo que el médico hable de dinero, y mucho más si es residente. Llevamos soportando dicho “ambientillo” varias décadas. Pero amarga es la verdad, y quiero echarla de la boca. Y la verdad es que el salario mínimo interprofesional en España es 950€/mes, y el MIR cobra 1003€ brutos/mes hasta el tercer año de residencia (complementado con las guardias a 10,85€ la hora). Una élite académica puesta en una trinchera sanitaria y social a las cuatro de la mañana – por ejemplo – a decidir si usted o su hija se van de alta o tienen algo terriblemente grave.

Y si usted, después de leer esta nota, sigue creyendo que las cosas para ellos no están tan mal y que solo se trata de “cuando seas padre, comerás huevos”, plantéese por qué cada vez más esta famélica legión – y no es una figura literaria – está deseando terminar el MIR para largarse al extranjero donde sus méritos están sobradamente valorados. Écheles entonces un lazo.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor

 

KOL Líder de OpiniónKOL Líder de Opinión “Un libro que debería ser de obligada lectura para todos los estudiantes de Medicina y para los médicos residentes” Fernando Fabiani (@FernandoFabiani)

No te pierdas los comentarios de los lectores en Amazon.

LINK: rxe.me/4NJZ5J