Una enfermedad. Una enfermedad crónica, antaño mortal. Hace dos décadas, lentamente destructiva. Hoy día, convertida en una rutina molesta, fastidiosa, para la mayor parte de los pacientes, si se cuidan y aceptan sus disciplinas. Eso es la diabetes mellitus tipo 1. La que precisa tratamiento con insulina, sí o sí. Que no es la diabetes mellitus tipo 2 que se trata con insulina, que es otro cantar. Pero sigan conmigo.

Les pongo un ejemplo, y nos aclaramos. Usted tiene una niña de seis años, tiene que pincharla varias veces al día. Cuatro veces, para la insulina. Y mínimo, tres más, para ver cómo anda el azúcar en sangre. Aunque ahora, en muchos lugares, se está aprobando la financiación de un lector de azúcar que no precisa el pinchazo. Lo que no le quita a usted todo tipo de esfuerzos para que su criatura tenga todo lo más parecido a una infancia normal. Difícil, nadie lo niega.

Tampoco se lo niega nadie a los adolescentes o a gente de otra edad, puteados por un mundo laboral que nada quiere saber de bajadas de azúcar. “Si tienes problemas, a la calle; a mí, no me vengas con milongas”. Resultado: el paciente oculta celosamente su diabetes tipo 1. Y, en la edad laboral, no suele haber cobertura con el sistema Flash – el que te evita el pinchazo – para medirte el azúcar en el dedo. Realidades de la diabetes tipo 1, de las que pocos hablan.

Todo esto explica que la sociedad esté esperando “la cura” como agua de mayo. Porque la enfermedad no mata, pero te jode la vida. Te la fastidia bastante, vaya.

Supongan que un grupo de investigación, en una Institución Pública y con fondos públicos, desarrolla un nuevo medicamento que, en una fase inicial – ratas y cultivos celulares – demuestra resultados prometedores. Supongan que estos resultados son publicados adecuadamente siguiendo los estrictos estándares de la ciencia contemporánea. Y, en consecuencia, hay una campaña de prensa que viene a difundir los resultados. ¿Qué sucede a continuación?

Pues lo que estamos viendo. Ni más, ni menos.

No me cabe la menor duda acerca de la pureza científica de los investigadores del IBIS de Sevilla. La saludé en su momento con el vídeo que adjunto a este post.

De hecho, gentes próximas me comentaron si mis parabienes y felicitaciones al Doctor Soria eran excesivas. Les comenté que, viniendo de donde veníamos, de una Andalucía con una raquítica estructura en investigación, lo primero era lo primero. Dicho lo cual, viene lo de hoy: que era preciso remachar por activa y por pasiva que la tan ansiada “cura” de la diabetes tipo 1 ni está, ni se la espera en los próximos diez a quince años. Y que ello era responsabilidad de los mismos IP, como se dice en ciencia. De los investigadores principales, o directores de proyecto.

Les pongo otro ejemplo, que suscitó en su día muchas expectativas, y de lo que ya nadie habla: ¿se acuerdan de lo muchísimo que se habló hace más de 20 años del trasplante de islotes pancreáticos y del protocolo de Edmonton, de los doctores Shapiro y Lakey? Pese a la ilusión inicial de los resultados, el estado actual de esa vía está muy lejos de una generalización terapéutica.

Volviendo al nuevo medicamento del IBIS Sevillano, planteo que la campaña de prensa ha permitido a mucha gente interpretar lo que los investigadores no dijeron – ni los periodistas escribieron -: que “la cura” estaba ahí, a la puerta, y que solo precisaba una financiación adicional, una patada adelante presupuestaria para poner en marcha la investigación en humanos.

Hemos podido ver en redes algo nada anecdótico: una campaña change.org con la siguiente petición:

“Firma para pedirle al Ministerio de Sanidad que financie los 17 millones de euros necesarios para probar en humanos el nuevo fármaco que podría frenar el tipo de diabetes de mi hijo.”

En el momento de la redacción de este escrito, ya son 162.911 los firmantes. Gentes de buena fe. Como, sin duda, el padre del chico con diabetes tipo 1. Gentes que creen que hay un proceso lineal entre el cultivo celular, la rata, los estudios en humanos y la presencia del medicamento en las farmacias, para el tratamiento de los pacientes. Algo que debía haber previsto el equipo investigador, cuando posó orgulloso para la plana mayor de la prensa nacional.

El equipo tenía que haber dicho las verdades acerca del desarrollo moderno de medicamentos. Que de la rata al humano, va un largo trecho. Que primero van los estudios de toxicidad, para ver que el medicamento no desarregle nada, antes de arreglar algo. Y establecida la SEGURIDAD, comenzaríamos una etapa primitiva en pacientes, en estudios pequeños, siempre muy atentos a la SEGURIDAD. Un larguísimo camino en el que – “pues amarga, la verdad, quiero echarla de la boca” – solo una minoría de los medicamentos probados en la rata llegan a los estudios en fase III en humanos. Por un proceso que busca – ¿tengo que ponerlo por tercera vez en mayúsculas? – la SEGURIDAD de los pacientes, una vez que el medicamento llega al mercado. Y, con todo y con eso, cuando el medicamento llega y se difunde…

En “Todo lo que era sólido”, Muñoz Molina subraya que se puede ser de todo, menos aguafiestas. Me toca serlo hoy. Por médico, endocrinólogo y diabetólogo. Termino ya, dicho queda. Que una cosa es ciencia, otra es periodismo, y la tercera es no calcular que un manejo poco atinado de la noticia puede terminar infundiendo expectativas inadecuadas en la población diana. Gentes que vemos y oímos todos los días, oiga.

Y a algunos siempre nos quedará la idea de que esta noticia y otras fueron utilizadas por un oficialismo juntero necesitado de promover la idea de “Andalucía imparable”. Pero no me lo tomen demasiado en cuenta.

Federico RelimpioDe  K.O.L. Líder de Opinión:

ANTONIO LEMUS

frelimpio

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