
La anécdota histórica es muy conocida, pero viene bien rescatarla y reverdecerla. La Francia del siglo XVI estaba desgarrada por guerras inagotables entre católicos y protestantes. El último rey Valois, Enrique III, acababa de morir asesinado. Los vericuetos de la legitimidad llevaron la corona a Enrique de Borbón, protestante declarado. Le impusieron, eso sí, una sola condición: la de abjurar solemnemente del protestantismo y abrazar la (entonces) fe oficial de la muy católica Francia. El buen hombre no lo dudó: proclamó “París bien vale una misa” y fue coronado como Enrique IV.
Volvemos a nuestro país, a fecha de hoy. Estamos viendo, boato, pompa y circunstancias, la visita del Papá León XIV. No se trata de un simple viaje pastoral. Como jefe de un estado extranjero sui generis, se le dispensa un trato en consecuencia: recepción a pie de avión por la Jefatura de Estado no elegible de España y, después, cálida acogida en el órgano máximo de la soberanía popular: el Congreso de los Diputados.
Allá, de la mano de la afable presidencia de la socialista Armengol, el Santo Padre dirige un discurso cuidadosamente estudiado (¿pactado de antemano?) para exhortar a reconsiderar las peligrosas prioridades nacionales, por pecaminosas y poco evangélicas. Hasta ahí, lo esperable.
Tengo que decir que me sorprendió la prolongadísima ovación al discurso del Pontífice. Y me sorprendió, sobre todo, lo extendido de la misma en el arco parlamentario. Hago el esfuerzo de imaginarme a Pablo VI en el 77, realizando lo que acaba de hacer León XIV. Supongo que, en aquel entonces, medio hemiciclo se habría mantenido en silencio, de brazos caídos, recordando la firme alianza de la Iglesia Católica con Franco y su régimen (por mucho que Pablo VI se dignara a propinarle algún que otro tirón de orejas).
Me sorprende, además, porque buena parte del hemiciclo, mañana mismo, volverá no solo a su ateísmo habitual, sino a su acostumbrado anticlericalismo. Pasma, por tanto, esta actitud reverencial y complaciente con la cabeza visible de un estado-institución tildado (y no sin fundamento) de reaccionario, antifeminista y aliado habitual de los poderes tradicionales.
¿Cómo se explica este acomodo? ¿Acaso la izquierda española (sobre todo Pedro Sánchez) y León XIV se han encontrado en el antitrumpismo? ¿Se han encontrado acaso en los recelos suscitados por el avance imparable de la IA? Podría ser, sin duda. Permítaseme, sin embargo, plantear una hipótesis alternativa.
“No es nada personal; son negocios”, que dijo el mafioso en El Padrino I antes de ser asesinado. En este sentido, hay que decir que el negocio nacionalcatólico renquea. Aunque un observador ingenuo podría plantearse otra cosa a la vista de la ovación parlamentaria y de las misas multitudinarias del viaje papal. Pero la inteligencia vaticana (tan eficiente como la israelí, y mucho más antigua) aporta a la Curia datos concretos del retroceso del catolicismo en España en favor de los evangélicos, musulmanes o los simples ateos. Me imagino que los curas habrán pensado que algo hay que hacer al respecto.
Por otra parte, podría proponerse que los papas previos no han priorizado a España. La veían segura. Uno se centró en Polonia y el comunismo, y al siguiente le cayó encima el escandalazo de los curas pederastas. El siguiente quiso concluir la cuestión, y tampoco se centró en un país que, según parece, no gozaba de sus simpatías. Ha tenido que ser este, León XIV, que habla español y goza de una larga experiencia pastoral en Perú. Había que darle un toque a nuestro rincón del mundo, que se estaba haciendo demasiado irreverente. Claro que todo en esta vida es un “quid pro quo”.
De Pedro Sánchez y los suyos ya saben por la prensa. Huelga decir que el término “los suyos” se extiende a los que tienen o tuvieron un cargo de confianza en su gobierno o en el PSOE, así como a otras personas en esta esfera de influencia. Destaco al respecto un frase breve y descriptiva: “no pinta bien”, que dijo Ione Belarra del auto sobre Zapatero. Es cierto: no pinta nada bien.
Algo hace falta al respecto. Un soplo, un asidero. Algo que permita mirar hacia otra parte, tomar un poco de aire y alejar la atención de los tribunales durante unas semanas. Si los hechos lo permiten, claro. Nada mejor que un viaje multitudinario del Papa. Siempre que uno no esté de uñas con el clero, claro. Pero no llegará la sangre al río, y hoy menos que nunca.
De la no agresión a la concordia, al menos aparente. Cabe intuir que, a día de hoy, Iglesia Católica y gobierno se necesitan. Aunque sea para no hacerse daño mutuamente, dada la relativa debilidad de ambos. Solo así se entiende el calculadisimo discurso del Papa en el Congreso, tan enteramente adscribible: algo así como “paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, de los portalitos de Belén. Pero poco, muy poco sobre cuestiones que, a priori, habrían enfrentado al gobierno y la Iglesia, como el aborto, la eutanasia o el matrimonio gay. Un “toda vida debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural”, dicho por el Pontífice como de pasada, como sin querer ofender sensibilidades pero, por otra parte, sin que se le haya quedado sin decir.
Un mensaje, en cualquier caso, «valiente» y «absolutamente concordante» con la acción política oficial, según las declaraciones de nuestro gobierno. Como afirmando: “Su Santidad tiene en la Moncloa a su más seguro valedor”. Está claro: seguir en la Moncloa bien vale una misa. Y las que hagan falta. Cualquier apoyo o asidero es bienvenido. Así lo usemos como muleta o como cortina de humo.
(P.D. ¿Aún no ve usted la relación en todo esto? No importa. En la Curia sí que la ven. Y en la Moncloa, también. Recuerde lo dicho de los purpurados: tan listos como el Mossad, pero con dos mil años de historia).
Firmado: doctor Federico Relimpio Astolfi, médico y escritor.
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