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Instinto sanador, manque te pierda

«Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate».
 Dante. L’Inferno.
 Esta semana comienzo con una vieja fábula, atribuida a Esopo. Se trata de la fábula de la rana y el escorpión. Pero no se me vayan, que seré breve, y le sacamos enseguida la aplicación a nuestro entorno profesional.
 De un modo muy resumido: a un escorpión – cuyas virtudes son de todos conocidas – le da por cruzar un río, pero se encuentra con sus limitaciones. Y en esas que se encuentra con una rana, que por la ribera se encontraba tomando tranquilamente el sol. Y el primero va y le pide a la segunda que lo pase al otro lado. Y esta, que a poco que sale corriendo al ver el aguijón venenoso. Pero el escorpión le replica que se pare a pensar que cómo le va a picar a media travesía, que se muere la nadadora y se ahoga el envenenador; no tiene sentido. Y, dando por bueno el argumento del bicho, va el pobre anfibio y carga con él, con el resultado previsible: que a media distancia, en el río, el escorpión le pega el consabido picotazo. Se va envenenando la rana, ahogándose, aspirando las últimas bocanadas de aire, y le pregunta a su matador cómo y por qué. Y responde este que no hay cómos ni porqués, que simplemente no ha podido sustraerse a sus instintos naturales, aunque le termine costando la vida. Enseñanza, la lógica: que no te fíes de argumentos o razones, cuando por encima siempre se te impondrá la naturaleza.
 Reflexionaba yo con la fábula, pero al revés. Y me explico: que los sanitarios somos un poco como escorpiones, pero al contrario – y no se me cabreen antes de la cuenta, por favor -. Sólo que nuestro aguijón no inyecta veneno: inyecta insulina, quimio, antibióticos o es un bisturí salvador. Y que, sobre una rana o sobre lo que sea, se nos impondrá nuestra naturaleza sanadora, aunque nos cueste la misma vida. Se nos programó de esa manera, o nos programamos nosotros mismos. O nos instalamos el programa residente en memoria, y así funcionamos, llueva o ventee. Incapaces, pues, de otra consideración o planteamiento. Obviamente, en toda cadena de montaje, siempre salen especímenes defectuosos, ovejas negras o ángeles caídos. Yo hablo en general, y las excepciones no hacen sino poner a prueba la regla la regla.
 Que esta forma de ser – que digo yo que es así, que ustedes pueden decir lo contrario, y tan amigos -, es bien conocida de propios y extraños, y parece beneficiosa en su conjunto, pero que entraña algunos riesgos. Es bien sabido que amigos, conocidos y amistades de hace cinco minutos te abordan en cualquier lugar con una duda sanitaria, apelando a tu instinto natural, que siempre está ahí, y que no lo puedes negar, estés en una boda o de copas. Pero eso lo gestiona uno a su manera, que se trata de la vida privada de cada cual. Yo quiero ir hoy a otra cosa. La naturaleza sanadora es tan universal y tan conocida por los altos responsables de la gestión sanitaria que nos hace prácticamente inhábiles para cualquier tipo de acción colectiva. Incapaces de llevar a cabo nada parecido a lo que hicieron los controladores aéreos hace pocos años, o a lo que hacen los de transportes metropolitanos cada vez que el mosqueo se les sale de madre. Nosotros, no; imposible – o casi -. El síndrome de Estocolmo invertido puede con nosotros. Todo lo más, aguantamos cuarenta y ocho horas. Y los de arriba lo saben de sobras: podrían bajarnos el sueldo un cincuenta por ciento y hacernos ir los sábados, y ahí iríamos, con las orejas gachas. A poner la sonrisa sin rezongar. A dejar los bebés a quien sea y como se pueda. Cantando lo que escribía Calderón para los tercios:
 Aquí la más principal
hazaña es obedecer,
y el modo como ha de ser,
es no pedir ni rehusar.
 Nuestro aguijón – benéfico, eso sí -, nuestro instinto, aunque nos hundamos en el río, aunque perdamos el norte…
@frelimpio

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