No sé por qué me enredé en esto. Porque no me gusta el fútbol; todos mis amigos y familiares lo saben. Y no tengo nada que ver con el Betis. Tal vez me envenenó la pasión que se adivinaba tras el tatuaje y, detrás de él, vino toda la historia. Y ahí me dieron en el punto flaco: soy narrador de pasiones humanas. De cualquier cosa que se me ponga por delante, con tal de que se atisbe el calor de la sangre. Carne y hueso.

Lo que les voy a contar es de hace un rato, de esta mañana. Oído por estos oídos. La foto es mía, de mi móvil, no pescada en internet. Dirán ustedes que como tantos tatuajes que se ven en el metro, en el autobús, aquí y allá. Pero aquí había una piel morena, canela en rama. Incluso podría decir virada a tabaco. Y encima, unos ojos oscuros, oscurísimos, que sobrevolaban a una sonrisa.

Le pregunté de dónde era, y me dijo que de Bolivia. De Santa Cruz, para más señas, como la mayor parte de la comunidad boliviana de Sevilla. Le señalé el tatuaje, sorprendido, y la sonrisa ya le rompía la cara quechua.

Asumí el lugar común: que, en esta ciudad, el Sevilla prefiere la sevillanía de pedigrí y el Betis es «Sevilla acoge», casa abierta, hogar del forastero. Pero la mujer se sintió tentada a explayarse y habló de su pasión futbolera. De ir al Betis, llueva o ventee — futbolísticamente hablando —, a la exaltación o al sufrimiento. Aprender lo del “manque pierda” en sus carnes morenas, venidas de allende los mares. De acudir a la ciudad deportiva con el bocata. Y confesarme que semana sin su Betis es semana de mortal aburrimiento. Pero no se me vayan, que viene lo sobrecogedor.

La mujer no aprendió la pasión aquí, sino que vino heredada de Bolivia. Su papá se crio en Alemania, hijo también de emigrante. Y este, su abuelo, trabajaba allá en un restaurante con uno de aquí. E hicieron buenísimas migas, a lo que se ve. Y en las horas libres que el menester les dejaba, nuestro emigrado bético inculcó al abuelo de la mujer de hoy la pasión verdiblanca viendo partido tras partido: UEFAs, amistosos, torneos y otros desplazamientos. El padre de la mujer, niño entonces, se crio en la religión del «manque pierda» y el final de la Palmera, y bautizó a su progenie en la fe, aun en la distancia.

Y cuando la mujer, entonces muchacha, aterrizó en el centro del universo futbolístico, solo le faltó ponerse de rodillas frente al Benito Villamarín y darle un beso al suelo. Porque todo esférico jugado sin esos colores carecería de sustancia, de significado.

Bueno, miento, que algo faltaba en su vida. Meses después, conoció al que habría de ser su marido. Dos sonrisas, un guiño y una pregunta obligada: «¿De qué equipo eres?». «Del Betis«, dijo él. «Bien vamos…», dio ella por respuesta.

(Quiero dedicar esta nota a dos buenos amigos: Álvaro Marín Bueno — mi compañero de bicicleta de hace la tira — y Emilio Soto — «Salud y República» —. Fracasasteis en vuestro intento de hacerme bético… este año, el que viene ya veremos)    

Firmado: Federico Relimpio, médico y escritor.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

Ladridos en la NocheLADRIDOS EN LA NOCHE

 

 

Esta ciudad engendra historias como las que acabo de narrar y otras terribles, violentas, imaginadas. Atreveos a bucear en la noche oscura, de donde emerge la fiera.

 Ver comentarios de los lectores en Amazon  Clic aquí

Si te gusta, comparte y sígueme
error0