Un grupo humano débil. Gente sin tradición de acción colectiva. Un conjunto de profesionales perennemente en desacuerdo, los unos con los otros. Hipnotizados por la seriedad de su tarea e incapaces, por tanto, de ver más allá. Estoy hablando de nosotros, los médicos.

Lo dicho puede contemplarse desde ángulos diferentes. Desde una perspectiva amable, se nos ve como gente absorta en nuestros quehaceres. Es un punto de vista simpático; al fin y al cabo, se trata de lo que espera el ciudadano. «Centrado en mi problema de salud, y en nada más».

Desde una perspectiva empresarial o de Sistema Sanitario, la cuestión es diferente. Hace años, un director de Unidad de Gestión Clínica me comentaba que el fontanero — un ejemplo — trabaja por grifo puesto o reparado. Había poco más que hablar. Un médico — o mejor médica, que sois la mayoría — está deseando de ponerse a la faena. Es lo suyo; le puede. Le pones el consultorio y ya está. Se le olvida — casi — preguntar cuándo y cómo va a cobrar.

Estas dos perspectivas y cuarenta años de exceso relativo de mano de obra crearon una situación peculiar. Ignoro si tiene paralelo en otro país de nuestro entorno.

Por una parte, había una idea heredada de antaño sobre el médico aburguesado. En este sentido, se nos tildó de «clase médica» y se nos combatió con eficacia. Cabe ver esto en el contexto de la lucha de clases de los movimientos políticos contemporáneos. Lo que nadie supo prever es que los que sufrieron este impacto eran, con frecuencia, hijos e hijas de obreros. Gentes que, con dificultades, enviaron a sus hijos a las facultades de Medicina. Jóvenes que, superadas las mil y una pruebas, se encontraban atónitos ante un sistema hostil. Un sistema que les dispensaba un trato calificable como lejano, tosco o displicente.

Durante estas décadas, el terreno ha sido propicio para la construcción de una Sanidad Pública politizada. La profesión médica ha estado sumida en una grave crisis de autoestima. Aspecto comprensible si, desde la juventud, se somete uno a un puñado de gestores que acuñan el mismo mantra: “como tú, tengo a diez esperando en la puerta”. Uno era basura, después de dedicar diez años de su vida a formarse. Lo que no se le exige a los líderes de los partidos políticos, convertidos luego en cabeza de las instituciones.

El contrato precario, de fin de semana y de mes, y la renovación ad eternum de la provisionalidad se convirtieron en el paradigma de la Sanidad Pública de las taifas, bajo los Güemes, los Almuiña, las Montero y muchos más.

La pregunta es si el ciudadano se beneficia de una Sanidad Pública ejercida por médicas precarias, intimidadas, acosadas laboralmente, ninguneadas y tratadas a consignazo. Mujeres a las que el conciliar se les va a poner no cuesta arriba, sino misión imposible. E insisto: empleo el femenino plural porque se trata de la gran mayoría. Pregunto si este modelo de Recursos Humanos, que se implantó por igual en CCAA de uno y otro signo, conduce a un ejercicio de la medicina prudente y sosegado.

La respuesta viene dada coligiendo el ADN del ejercicio profesional en los últimos años en Andalucía. Según este, el médico o la médica son profesionales de segundo orden, «técnicos». E insisto: el término «técnico» es peyorativo; me lo espetó intencionadamente un director de Unidad de Gestión Clínica. Ateniéndonos a esta forma de pensar, los médicos o médicas deben limitarse a ejecutar un protocolo o algoritmo que les viene dado desde instancias más altas. La capacidad de interpretar libremente la ciencia médica se reduce a la mínima expresión. Y se pide permiso hasta para ir a hacer las necesidades de una o uno. O poco menos. Y todo ello envuelto en un lenguaje grandilocuente, hermoso.

Porque, no lo olvidemos, que tenga usted un médico diferente cada vez, sin continuidad en su tratamiento o sus cuidados es algo que se ha dado en todas las CCAA, con gobiernos de todos los signos políticos, con bonanzas económicas o en crisis. Es un desprecio solemne a su Salud, «garantizada» según esta gente, y protegida explícitamente por el artículo 43 de la Constitución Española. Cabe deducir que la dejadez es una política concreta. Y que la abulia social es una opción política. Y que la resignación y el abatimiento de una profesión, otra más.

¿Hay esperanza? Bueno, las cosas cambian. O, mejor dicho, podemos cambiarlas. Lo estamos viendo. Me crie con los conceptos imbuidos por nuestros gobernantes: el sindicalismo como nido de vagos. Los años, sin embargo, me han llevado a pensar que el desastre profesional que acabo de describir hubiera sido amortiguado por una profesión cohesionada. Una profesión vertebrada a través de un sindicalismo consciente de lo que nos jugamos.

Por todo esto, tengo que solicitar a todos mis compañeros de profesión que voten en las próximas elecciones sindicales del 20 de febrero. Y que lo hagan por el Sindicato Médico.

Firmado:

Federico Relimpio

 

Federico Relimpio, médico y escritor.

Twitter: @frelimpio

Ladridos en la NocheLADRIDOS EN LA NOCHE «La belleza y la singularidad de esta novela merece ser disfrutada por todos. La maestría y la valentía con la que está escrita es admirable. Jugar con estos elementos y conseguir que el lector no pueda dejar de leer su obra tiene un indudable mérito». Sioni Millán, reseña en el Blog «Tablón Cultural» Clic aquí .

 

 

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