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El Contrapoder de los Clínicos

Un país, dos sistemas. Dos sistemas públicos sanitarios, quiero decir. Parece mentira o una exageración, ¿Verdad? Pues piénsenlo, que de eso va la cosa. No tenemos un Sistema Nacional de Salud, ni tampoco diecisiete. Realmente tenemos dos. Y me explico:

A un lado, las comunidades regidas por el partido popular, con un referente clarísimo. Lo negarán siempre, pero ahí está: Margaret Thatcher y detrás, los Estados Unidos. La rentabilidad y el negocio. ¿Que no? Al tiempo. El médico con la calculadora en la mano. Y el pinganillo en la oreja. A lo que le quieran dictar: “Este paciente no es rentable…”


El otro lo tengo en mis propias carnes: la república socialista soviética sanitaria del sur. Con un referente lejano, pero claro: Cuba y su militarización sanitaria. Una pirámide bien estratificada y escalonada de cargos transmitiendo órdenes precisas hacia abajo. El médico con sus respectivas estrellas, galones o saludo marcial. Al paso de la oca: ¡uno, dos!

Y no hay otra cosa que elegir o que votar. Pero hay algo que los une, en el fondo. Es la medicina basada en la desconfianza. El poder no se fía del clínico, porque es díscolo y gastoso.

Pero los clínicos se rebelan. Contra el individualismo anglosajón, con la #mareablanca. ¡No, señor!: el sistema es público. No es perfecto, pero es lo mejor que tenemos. ¿Que no se fían? Pues se joden. Pactamos y lo arreglamos, pero público se queda. Pero la reacción también alcanza al sovietismo de más allá de Sierra Morena, ejemplificado en la rebelión #EIR y el mal de fondo de sus mayores. Como sucediera en la URSS en los ochenta, nadie se cree ya la palabrería oficial, las cifras oficiales. Y el miedo se va esfumando. Vamos exigiendo nuestra ración de perestroika y de glasnost y enterrar o relegar la sobredosis de “calidad”, “gestión”, “ciudadanía” y otros términos sobreempleados para ocultar con descaro el machaque cotidiano.

Hoy más que ayer los clínicos somos contrapoder. Todavía desorganizado. Pero tenemos el prestigio de lo que hacemos y de lo que significamos. Prestigio que tienen pocas, muy pocas instituciones en este país. Si al contrapoder de los clínicos asociamos el contrapoder de los jueces – ejemplificado en la resistencia a los desahucios – y la emergencia de otros contrapoderes callejeros o civiles, podemos ver que al fin algo muy serio se empieza a mover en este desdichado país.

Y el que quiera saber mis motivos o mi trayectoria, las tiene noveladas a un sólo click.

PD: mis felicitaciones al cabesa y al culebra por el éxito innegable de “El Mundo es Nuestro”. Parece una peli de risa, pero es mucho más que eso. Ayer la vi, con una sonrisa en los labios. Pero, al igual que “Carmina o Revienta”, da mucho que pensar acerca de la realidad cotidiana. Tenemos un país por construir. Buenas tardes y buena suerte.

1 thought on “El Contrapoder de los Clínicos

  1. Anónimo says:

    Los clínicos tenemos poder… Un poder que se ha coartado y menospreciado, aprisionado y ocultado, encadenado por unas cadenas que otros han fraguado eslabón a eslabón, metro a metro, hasta convertirse en las cadenas del miedo. Miedo a la pérdida de empleo. Miedo al comisario político. Miedo a "ir demasiado lejos", a ir contra el juramento hipocrático… Tal y como antaño se "metía en vereda" a las masas (Aleccionamiento doctrinario más férrea disciplina militar), lo mismo se ha hecho en la sanidad. Y les ha funcionado… Hasta ahora. Hemos consentido condiciones de trabajo espantosas, sueldos misérrimos, no-contrataciones… Hemos permitido impasibles que nuestros residentes cubran puestos de adjunto y bajas, sin decir ni pío, muchas veces sin tutorizar, incluso. Les hemos dejado nuestra responsabilidad, y muchas veces nuestra labor asistencial a estos jóvenes por pura desidia y desesperanza, o por pura comodidad escudados en la formación. Y precisamente ellos, han sido los que nos han enseñado el camino. Ellos han luchado, me avergüenza decirlo, sin casi apoyo (abierto) por nuestra parte, salvo muy honrosas excepciones (Como es tu caso, Federico). Y JUNTOS, UNIDOS, han conseguido que haya esperanza. Esperanza de derrocar a la KGB y a los especuladores Thatcherianos, y de que la Medicina vuelva a ser una profesión honrosa, y no lo que es ahora. La cuestión es: ¿Tenemos nosotros, sus mayores en edad, que no en dignidad y autorespeto, la capacidad de romper nuestras cadenas?¿O es el Gulag o el Arbeitslager lo que nos espera?¿Seguiremos rodeados de Kapos o comisarios políticos?¿Seguiremos ciegos? Ahí dejo la pregunta. Feliz 2013.

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