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¿Sigue vigente el médico ideal? El Doctor Stanton

Stanton
Shepperd Strudwick como el doctor Adam Stanton en “El Político” (1949)

¿Qué es un ideal? En su quinta acepción, el DRAE nos lo define como: “modelo perfecto que sirve de norma en cualquier dominio”. Sin embargo, interesa también la segunda acepción: “que no existe sino en el pensamiento”. Combino ambas acepciones, intentándolas aplicar al médico o la médica, mi profesión. Nos afecta, la verdad. Porque detecto que la población, con frecuencia, tiene elevadas expectativas de nuestra actuación. De encontrarse un ideal, vaya. Y ello redunda en el clima enrarecido que vivimos.

Escribo acerca de esto porque, hace poco, me lo topé sin querer en una espléndida novela. Que habrá otras figuras ejemplares, más de carne y hueso, pero en esta se daban los elementos del conflicto clave de la medicina contemporánea. Así que vamos al tema:

Os contaba el otro día que “Todos los Hombres del Rey”, de Robert Penn Graves, es una novela que me había impresionado vivamente. Y que, por tanto, en este caso había gasolina para un segundo post. Aquí lo tenéis, fiel a mi promesa. Porque, en esta obra — Premio Pulitzer de 1946 —, encuentro mucho de lo que el inconsciente colectivo aplica de modo automático a nuestra profesión. Y, mucho peor, a sus relaciones imposibles con el poder. A la clave, pues, del cabreo crónico en que estamos instalados los profesionales de la Medicina en nuestro entorno. Quedaos conmigo, pues.

Ya comenté lo fundamental de “Todos los Hombres del Rey” en mi post previo: el demagogo, el populista, el ansioso de poder Willie Talos luchará contra las élites de la Luisiana de los años treinta para construir su proyecto personal. Sin reglas. Solo las que él ponga. Y las que él rompa, a conveniencia.

El punto de vista del poder

Lo que nos interesa hoy es que el doctor Adam Stanton — que titula esta entrada — va a convertirse en alguien importantísimo para Willie Talos, para la desgracia de ambos. Porque no hay demagogo/populista que no eche un ojo a la Salud de aquellos que lo tienen que votar. Pero mejor atenernos a las palabras del texto:

“El rugido (de la muchedumbre) volvió a sonar, y de nuevo se extinguió del mismo modo.

—Os diré qué pienso hacer — habla Willie Talos en un mitin —. Voy a construir un hospital. El más grande y el mejor que pueda conseguirse con dinero. Y os pertenecerá. Todo hombre, mujer o niño que esté enfermo o tenga cualquier molestia podrá acudir a él, con la convicción de que recibirá el mejor tratamiento posible. Allí se curarán las enfermedades. Allí se aliviará el dolor. Gratis. No como obra de caridad. Sino como derecho. Es vuestro derecho. ¿Lo habéis oído? ¡Es vuestro derecho! —dijo entonces”.

Claro que el hospital solo es un edificio. El gran Willie cae pronto en la cuenta que “el mejor tratamiento posible” depende de una serie de profesionales y de que las enfermedades (al menos, las atendidas en su hospital) no se curan, si no las curan esos profesionales. Por ello, ordena a su asistente:

“—Y para dirigirlo (el hospital Willie Talos) voy a conseguir los servicios del hombre más jodidamente capacitado. ¡Sí, señor! El mejor que hay. ¡Sí, señor! En Nueva York me dijeron que consiguiera sus servicios, porque era el hombre indicado. Y tú, Jack…

—¿Sí? —le pregunté.

—Tú me lo vas a traer.

Me liberé de las garras que atenazaban mis solapas, las alisé y me dejé caer en una silla.

—¿A quién te he de traer? —le pregunté.

—Al doctor Stanton —me respondió—. Al doctor Adam Stanton”.

El punto de vista del amigo

Sin embargo, aún no sabemos nada del doctor. Y, ojo, tenemos que recordar que Robert Penn Graves escribe en los Estados Unidos de los años 40. Jack Burden — asistente de Willie Talos — nos describe al doctor, su amigo de infancia y juventud:

“Se había convertido en un cirujano famoso, y no tenía tiempo para operar a toda la gente que acudía a él con la esperanza de que la sanara con unos cortes de bisturí. Era profesor de la facultad de medicina, y siempre estaba ocupado preparando artículos que aparecían en las principales revistas médicas o comunicaciones que leía en congresos celebrados en Nueva York, Baltimore o Londres. No se había casado. Era por falta de tiempo, según decía. De hecho, aseguraba, no tenía tiempo para nada. Pero siempre encontraba un poco para mí, para que me sentara en una mullida—si bien un tanto ajada— butaca en su modesto apartamento, repleto de libros y revistas científicos y de cuyos muebles la asistenta negra quitaba el polvo de manera harto precipitada”.

Al principio, me preguntaba por qué vivía de aquel modo, teniendo en cuenta que sus ingresos debían de ser considerables, pero llegué a la conclusión de que lo más probable era que a muchos de los pacientes a los que operaba no les cobrara. Tenía fama de desinteresado por lo que se refería a su profesión. Lo cierto era que no le faltaba lo suficiente para vivir, y la gente que lo sabía se aprovechaba de ello para contarle historias lacrimógenas. Lo único de valor que había en su apartamento era el piano, el mejor que podía encontrarse en el mercado

Luego, el mismo Jack Burden se dirige a su amigo el doctor, intentando comprender su postura ante la vida:

—Es evidente, porque el dinero no te interesa. Si te interesara, les cobrarías a tus pacientes lo mismo que les cobran tus colegas de profesión, o, por lo menos, serías más ambicioso. No quieres divertirte, porque, si quisieras, tendrías toda clase de diversiones, ya que eres famoso, relativamente joven y no tienes ningún defecto físico. No te interesan las comodidades de la vida, porque, si te interesaran, no trabajarías como un negro ni vivirías en este apartamento ni en este barrio. […]

—No puedes ver a nadie que esté enfermo sin ponerle las manos encima. No puedes ver a nadie con un hueso roto sin intentar volvérselo a colocar en su sitio. Así que ves que alguien tiene algo que se le pudre en las entretelas, sólo ansías coger un bisturí con esos dedos tuyos tan fuertes, tan blancos y tan expertos para extirpárselo”.

Conclusión

Ante el doctor Stanton, no pude evitar un momento de reflexión. Reflexión que quiero compartir con vosotros. Porque esta figura ideal, literaria, junto con otras muchas, estas reales, carne y hueso, han trascendido para convertirse en inconsciente colectivo, arquetipo del médico. Lo que el ciudadano espera del médico, vaya. Cualquier otra cosa raya en la decepción. Un arquetipo que pesa sobre cualquier forma de concebir la profesión y, ojo, de relacionarse con sus patrones y con la población.

Vemos, por tanto, que el ideal descrito se basa en una figura ascética, laboriosa, entregada al conocimiento y al sufrimiento de su comunidad, y que prescinde de las comodidades, por ser un estorbo en su camino y su misión. Nada necesita, o lo mínimo, en cualquier caso. Podría alojársele en el hospital o en su centro sanitario, en un catre de campaña de donde se le despertará a cualquier hora, según las necesidades del servicio y de su comunidad. Porque tal es la vocación de entrega demandada al escalón más cualificado de las profesiones sanitarias.

El otro plato de la balanza lo forma Willie Talos. Y todos tenemos una cara para un Willie Talos contemporáneo. Un déspota de nuevo cuño que, subido a cualquier estrado, a cualquier plató, prometerá el oro y el moro con tal de hacerse con las riendas del poder. Siendo siempre parte de ese oro y ese moro una Sanidad Pública maravillosa, sonriente y eficiente que solo es posible en el país de “Muy, Muy Lejano”. Valiéndose para ello del idealismo y la abnegación de una cohorte de ingenuos que, al modo del doctor Stanton, acabará como él, en “Todos los Hombres del Rey”.

Llevo treinta y pico años en esto y, sí, conviví con Willie Talos y con Stanton. Y he visto consumirse a cientos de Stanton en la angustia, el estrés, la fibromialgia, la depresión, la falta de autoestima y mil formas más de carcoma interna que podrían agruparse en variantes del burnout debido a la caducidad del arquetipo. Que no puede ser de otro modo si, a un lado, se sitúa el político demagogo y sus secuaces, una clase cínica y sin escrúpulos que no conoce límites a la explotación del idealismo, y al otro, una población donde una proporción nada desdeñable campa por sus anchas y agrede, abusa o lleva la exigencia mucho más allá de lo razonable.

***

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Federico Relimpio

Firmado: Federico Relimpio

Mis libros

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